Enrique Agüera Ibáñez
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Al leer la nota sobre Enrique Agüera Ibáñez en Acento21, supuse que alguno de sus enemigos se la había “encargado” a la señora Monterrosa. Lo presumí porque ese tipo de solicitudes tienen cabida cuando los medios de información escogidos no cuentan con la historia completa. ¿Quién pudo aprovecharse del interés periodístico de la colega chiapaneca?, fue la primera pregunta que nos hicimos algunos periodistas poblanos. Para el que esto escribe sólo hay un sospechoso que el tiempo y las circunstancias nos dirán si fue él o si hay otros detrás de este golpe mediático.
Al leer la nota sobre Enrique Agüera Ibáñez en Acento21, supuse que alguno de sus enemigos se la había “encargado” a la señora Monterrosa. Lo presumí porque ese tipo de solicitudes tienen cabida cuando los medios de información escogidos no cuentan con la historia completa. ¿Quién pudo aprovecharse del interés periodístico de la colega chiapaneca?, fue la primera pregunta que nos hicimos algunos periodistas poblanos. Para el que esto escribe sólo hay un sospechoso que el tiempo y las circunstancias nos dirán si fue él o si hay otros detrás de este golpe mediático.
Hasta ahí la “noticia” no había causado mas que el deseo de conocer al o a los autores de la “filtración”. Sin embargo, el asunto adquirió otro matiz la noche del viernes anterior debido a que Denise Maerker adoptó la nota que le produjo su reportera, que también es Fátima Monterrosa.
Como lo he dicho en este espacio, antes ya se había dado una intentona similar misma que fue puntualmente aclarada por Agüera. Éste dijo que, en efecto, él era rico mucho antes de llegar a la rectoría gracias a su trabajo y visión de empresario, combinación que le indujo a fundar dos universidades privadas. No lo mencionó pero es obvio que conforme pasó el tiempo el dinero se multiplicó en la misma medida en que sus universidades ampliaron su matrícula. Según mi cálculo personal, el ingreso que producen las colegiaturas asciende a diez millones de pesos al mes, cantidad a la que habría que reducirle la inversión en salarios, mantenimiento, equipo, nuevos edificios, etcétera, inversión que por serlo se vuelve a multiplicar para producir más dinero.
Todos sabemos que la educación privada se ha convertido en un excelente negocio. Sobran los ejemplos de dueños o socios de ese tipo planteles cuyas fortunas son importantes. La ventaja para ellos es que pocos los conocen porque se manejan con bajo perfil. Su fama se constriñe al ámbito privado donde la obligada discreción los aleja de la curiosidad periodística.
El caso del rector de la BUAP (o el de cualquier universidad pública) es distinto porque de su fama mediática dependen muchas cosas, entre ellas la prudencia del gobierno federal que parece empeñado en disminuir el monto presupuestal del subsidio. Por eso todos los rectores formaron un frente común y cada uno por su lado ha sacado la cabeza para hacer valer la importancia de la institución que dirigen. La diferencia con Agüera podría estar en que pocos –o tal vez nadie– tienen su propia universidad privada.
Aparte del resabio o revancha del o los promotores del golpe, hay otras razones digamos que psicológicas o sociológicas. Me refiero al “modo de ser” de los poblanos que, según la fama que históricamente nos hemos ganado, no toleramos el éxito ajeno ni a los triunfadores de casa. Por eso “huyeron” de Puebla Manuel Espinosa Yglesias y Gabriel Alarcón Chargoy, por sólo citar a dos de los millonarios vinculados con William Jenkins. Si ambos hubiesen permanecido en Puebla, su recuerdo sin duda estaría ligado con la historia negra de míster Jenkins.
Por si algún lector dice que Enrique Agüera no es poblano, me anticipo a aclarar que lo es porque el Congreso local le otorgó su ciudadanía en la misma fecha en que se la dio a Blanca Alcalá.
Ahora bien, si nos olvidamos del supuesto autor intelectual de la estratagema contra Agüera, y tomamos en cuenta a los detractores que se han sumado públicamente a esa campaña de desprestigio, la mayoría panistas, incluido el propietario de Acento21 (subdirector de Notimex), la lógica nos obliga a colegir que atrás de todo está la mano de algún operador del gobierno federal. ¿Para qué? Pues para a través de Agüera desacreditar o incluso amedrentar a los rectores que han alzado la voz contra las intenciones gubernamentales consistentes en disminuir la importancia de la universidad pública. O lo peor: procurar que el rector llegue al próximo año arrastrando la cobija para que el nuevo gobernador empiece su mandato sin el “estorbo” de la universidad crítica.
Y mire lo que son las cosas: ninguno de los detractores de Agüera maneja que la BUAP ha pasado con éxito todas las auditorías que le han hecho, incluida la que revisó y validó el Complejo Cultural que la puso en los cuernos de la luna.
acmanjarrez@hotmail.com