La estafeta del poder
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Al leer la nota oficial sobre el acuerdo entre Fernando Manzanilla y Valentín Meneses, el primero coordinador del equipo morenovallista y el segundo secretario de Gobernación, se me ocurrió compartir con el lector una digamos que anécdota relacionada con la sucesión en Puebla. Aunque el incidente es de hace 24 años sigue teniendo vigencia debido a que las costumbres son prácticamente las mismas.
La intención es mostrar cómo el que se iba protegía al que llegaba y de qué manera se articulaban los compromisos. Claro que eran tiempos de la hegemonía priista, época en que el gobernador saliente cubría la partida de sus colaboradores y el entrante hacía como si la virgen le hablara.
Esta es pues, la historia que parece cuento:
Mariano Piña Olaya llegó al gobierno con la espada desenvainada. Tenía facturas qué cobrar. Una de ellas: la guerra que le organizaron los priistas empeñados en impedir que él fuera gobernador.
Lo peor de la campaña que tanto ruido hizo en torno al prestigio del abogado, se basó en el dicho de que el dinero que éste presumía, no era de él sino de alguno de sus socios.
Otro de los argumentos de los anti piñaolayistas, fue el origen del entonces aspirante: “Es del estado de Guerrero”, dijeron. E incluso, alguno de esos detractores “demostró” que Mariano había sido miembro del ayuntamiento de Chilpancingo.
Piña supuso que Raúl Castillo era quien le había organizado esa campaña en su contra. No dijo nada pero se guardó los “agravios” para cuando se le ungiera.
Una vez en el cargo de gobernador, tal y como se lo había propuesto, Mariano ordenó una investigación sobre el jimenista que, supuestamente, había tratado de mal informarlo e incluso impedir su candidatura.
Fiel a sus habilidades investigativas, Raúl supo a tiempo que su destino había sido marcado con la persecución del gobierno que supliría al de Guillermo Jiménez Morales, su jefe y paradigma. De ahí que se amarrara el dedo allegándose documentos e información importante, datos algunos que podrían protegerlo contra las venganzas del poder.
EL INTERCAMBIO
Un día de Dios, Castillo Ramírez acudió a su ex jefe, el ex gobernador. Le informó sobre la persecución que le habían preparado, incluso, dijo, con instrucciones de consignarlo por quién sabe qué cosas y meterlo a la cárcel.
“Señor, quiero que tome usted nota de que si Mariano me hace daño o atenta contra mi familia, se publicarán varias copias certificadas de este documento, mismas que tendrán los periodistas locales y nacionales.”
El papel de marras mostraba el cheque millonario que el gobierno poblano había girado en favor y a nombre de Mariano para —después se supo— apoyarlo con los gastos de su campaña electoral.
Supongo que en otro día de Dios ocurrió el encuentro entre el ex y el nuevo mandatario. Y que uno le mostró al otro la prueba que a final de cuentas libró de la persecución a Raúl, quien, por aquello de las dudas, tuvo que moverse como si fuese uno de los más conspicuos prófugos de la justicia.
Así pues, en cuanto su nombre fue borrado de la lista negra, Raúl volvió a sonreír y a dejarse ver en todas partes con la actitud que distingue a los triunfadores.
Hasta aquí esta breve historia que, de manera sucinta, muestra el acuerdo que acostumbraban (y que en algunos casos acostumbran) los titulares (electo y en funciones) del poder Ejecutivo del mismo partido político. La razón: hacer más tersa y amigable la entrega-recepción del poder. Algo que cualquier exégeta draconiano llamaría: el cambio de estafeta con el sello de la impunidad que se fomenta al calor de los intereses políticos… o del dinero.
En el caso de la transición que se avecina, es obvio que no habrá complacencias; sin embargo, lo que sí podría haber son documentos secretos que hagan las veces de patente de corzo. Si ha ocurrido en otros relevos, en el que se avecina podría volver a ocurrir pero con alguna variante . Al tiempo…
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