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La herencia de Moreno Valle (I)

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La herencia de Moreno Valle (I)
STAFF PUEBLA ON LINE 2009 9 de agosto de 2010

Si usted no cree que traemos marcado nuestro destino, quizás esté de acuerdo con la tesis de Ortega y Gasset sobre que el hombre es él y su circunstancia.

Pero si no le convence la disyuntiva enunciada, entonces le propongo leer lo que pareciera el argumento de una novela política cuyo desenlace, bueno o malo, podrá confirmar lo que ya sabemos por ser testigos e incluso protagonistas de la trama política que vivimos.

Esta es, pues, la historia de tres personajes de primera línea. Uno de ellos el patriarca, general y médico; otro el alumno de éste, a la sazón un joven diputado y pastor del rebaño diputadil; y el tercero el nieto a quien su sino lo llevará hasta el espacio que cuarenta y dos años antes ocupara el abuelo.

Claro que conoce usted a las estrellas del enredo. Son los dos Rafael Moreno Valle, abuelo y nieto, y Melquiades Morales Flores, ahijado político del doctor y general. Los tres coinciden a pesar de su generación. Esto porque cuando don Rafael tenía alrededor de cincuenta y dos años, su nieto acababa de nacer y Melquiades apenas alcanzaba el cuarto de siglo. Uno era gobernador, el otro el bebé destinatario de todas las ilusiones de la familia, y el tercero beneficiario de la benevolencia y confianza del mandatario que lo hizo líder de la XLV legislatura poblana.

Uno y otros han sido beneficiarios del poder que delegan los electores, mismos que votan sin saber si el votado llegará al mando lleno de resabios o complejos o con una cultura histórica que le ayudará a no repetir los errores del pasado.

Los diálogos que incluyo, aunque imaginarios, se ajustan a los hechos y están en sintonía con el ambiente que todos hemos visto, algunos con azoro y otros con el sentido lúdico que ayuda a eludir los estragos que ocasiona la decepción.

Son charlas tomadas de las conversaciones que escuché de terceros o porque fui testigo ocasional.
1969-1972

–Te tengo dos buenas noticias –le dice el gobernador Moreno Valle a Melquiades en cuyos ojos se nota la humedad que produce la emoción. –Por tu juventud el tiempo te da la oportunidad de ocupar esta silla, dependerá de tu disciplina. Yo sólo he puesto mi granito de arena para ayudarte a encontrar tu destino. Aquí tienes este dinero; repártelo entre los diputados. A cada uno dale quince mil pesos. Diles que es el apoyo que tú gestionaste para que se recuperen de los gastos de la campaña. Te ayudará a mejorar tu relación con ellos y, aquí viene la segunda buena nueva, tú serás el líder del Congreso.

La impresión le cerró la garganta a Melquiades que miró al general con la humedad cubriéndole sus ojos. El gobernador hizo un gesto amistoso para animarlo a decir algo pero el diputado sólo alcanzó a articular un “gracias” entrecortado.
Tres meses después de aquel grato encuentro volvieron a reunirse el gobernador y el líder de los diputados. Fue el día en que el general y doctor le participó a Melquiades una muy mala noticia.

–Melquiades –soltó el mandatario–, aquí tiene usted mi renuncia. Hágala del conocimiento de los diputados. Cumpla con su deber. Y cuídese porque usted forjará su destino…

–Con todo respeto, señor gobernador, no se la acepto. Somos un estado libre y soberano y los poderes están con usted…

–No, no. Espera. Te agradezco Tu lealtad pero recuerda que soy un militar que obedece al presidente de México. Además estoy enfermo. Así que haz lo que debas hacer. Y no te preocupes porque al fin podré disfrutar a mi nieto que en tres meses cumplirá los tres años.

Acongojado, Melquiades tuvo que acatar la instrucción y aceptar la renuncia de su hacedor para enseguida dar posesión del cargo de gobernador interino al abogado Mario Mellado García y horas después a Gonzalo Bautista O’Farril, el sustituto.

Meses más tarde se repitió la historia al recibir de Bautista la renuncia al cargo y tomar la protesta de ley a Guillermo Morales Blúmenkron, el cuarto gobernador de aquel accidentado sexenio donde fue determinante la participación de los universitarios y el periodismo local.

Así, en seis años, la carrera política de Morales Flores se enriqueció con muchas experiencias de tipo personal y público.

Entendió que el poder es efímero y que por este hecho hay que formar, orientar e impulsar a quienes podrían heredarlo, postura, estilo o prevención que permite mantener la vigencia política. En ese lapso acudió varias veces a la casa del general para llevarle algún presente o manifestarle su agradecimiento y lealtad. En alguna de sus visitas Melquiades vio a su ex jefe orgulloso, repuesto y contento con su condición de abuelo. Ahí estaba Rafita, el más pequeño de la dinastía.

Continuará…

Staff Puebla On Line 2009
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