La herencia de Moreno Valle (III)
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Melquiades siguió abrevando en todas las norias políticas, sapiencia que, como se lo enseñó el general Moreno Valle, guardó para transmitirla en el momento en que el destino así se lo indicara. Y llegó otra experiencia más, quizá la menos esperada, la que produjo el arribo al poder del extraño que había jurado no regresar a Puebla porque era la tierra de sus desdichas personales.
1987-1993
El desgaste natural de quienes constituían la clase política, permitió que Mariano Piña Olaya fuera designado gobernador sin más protestas que las caras duras de algunos poblanos. Nadie impugnó su postulación. Tampoco les importó su conocido desarraigo ni su origen natal. Como muchos poblanos, Melquiades también aplaudió esa nominación, quizá porque gracias a la recomendación de Alberto Jiménez Morales, su hermano Jesús formó parte de la campaña política de Mariano.
En esa época Luis Donaldo Colosio Murrieta se hizo cargo del Revolucionario Institucional, y como conocía de las trampas inmobiliarias perpetradas por el gobierno de Puebla, se negó a crear compromisos con el gobernador Piña y su poderoso asesor y factótum. Los veía como operadores de la venta extra legal de las más de mil hectáreas expropiadas a los ejidatarios de Momoxpan. De ahí que mandara llamar al diputado Melquiades para decirle que él sería el nuevo presidente del PRI poblano pero tendría que alejarse de la mala influencia del gobernador: “No le pidas ni les aceptes nada. El partido se hará cargo de tus gastos y del pago de la nómina”, le dijo Luis Donaldo convencido de que Melquiades cumpliría sus instrucciones.
Aquella petición-advertencia perdió fuerza cuando Melquiades acudió a Piña para someterse a su poder, acción que –según Lydia Zarrazaga– provocó que Luis Donaldo lo borrara de su lista. Empero, la buena ventura siguió protegiendo a Melquiades porque el de Magdalena de Kino fue asesinado dejando en su tintero los taches contra quienes le habían fallado o engañado.
El crimen de Luis Donaldo y las muertes violentas del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y Francisco Ruiz Massieu, marcaron la vida política de México. Le mostraron al entonces joven profesionista Rafael Moreno Valle el lado negro donde domina el mítico Tezcatlipoca y operan sus modernas reencarnaciones. Estoy seguro que el abuelo lo puso al tanto de las traiciones del poder y la forma de afrontarlas; quizá lo hizo pensando en aquellos campesinos masacrados en Huehuetlán El Chico, matanza que endilgaron al general para obligarlo a dejar el cargo de gobernador.
1993-1999
“Si Bolaños fue presidente del PRI y Piña gobernador de Puebla, Manuel Bartlett también puede ser gobernante y rescatar el prestigio de la política poblana”. Estas frases deambulaban por las mentes de los poblanos hartos de las imposiciones. Y la posibilidad de que Bartlett “rescatara el prestigio de la política poblana”, aplazó para mejores tiempos la animosidad en contra de los políticos desarraigados.
Bartlett, que por cierto conocía bien la vida de casi todos los poblanos, se encontró con Melquiades, primero como diputado federal y después como senador de la República. Lo vio brincar de un cargo al otro sin tomar aire ni impulso. Pudo constatar la popularidad del legislador de oficio y comprobó su buena memoria, cualidad que lo había hecho el amigo de todos. “A Melquiades lo conocen y le mueven la cola hasta los perros del pueblo más alejado de la mano de Dios”, dijo Bartlett al que esto escribe. Lo curioso es que a pesar de saber cómo se movía, cuando don Manuel soltó la sucesión que le había prometido a José Luis Flores Hernández, se olvidó de la fama y de los miles de compadres que entonces tenía el senador de la República.
Aquella omisión o desconocimiento permitió a los Morales Flores entrar de lleno al proceso del cual Melquiades salió airoso y como candidato del PRI a la gubernatura.
Para esos días y con casi treinta años de edad, Rafael Moreno Valle Rosas ya estaba integrado con el senador de la República: su madre y Armando Labra habían convencido al padre de Rafa para que lo apoyara en su ánimo político. El abuelo avaló gustoso la decisión del nieto que había truncado su carrera en el sector financiero internacional. Y aquel fue, creo, el momento para que el general “cobrara” los favores que hizo siendo gobernador; uno de ellos: el impulso a su secretario auxiliar, espaldarazo que adquirió la fuerza de un acuerdo generacional. Por esta razón, sin mediar requerimiento o petición formal, Melquiades abrió su enorme corazón a quien era el acreedor sustituto de su deuda con el doctor y general que, como ya se dijo, lo había puesto en el camino que lo condujo al éxito político, ruta en la que se encontró con Rafa, el treintañero…
Continuará…