La iglesia política
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México no se puede entender sin la relación entre la Iglesia (católica) y el Estado. Un cura llamó a tomar las armas para lograr la independencia, otro reflejó el ideario político en los Sentimientos de la Nación, la Reforma juarista fue el intento liberal por lograr que el Estado tomara las riendas del país, y la imposición a Salinas del reconocimiento de las asociaciones religiosas no fue sino la fanfarria que anunció el desembarco brutal de la Iglesia católica en el último tramo del siglo XX mexicano.
La Constitución mexicana prohíbe a los ministros de culto inmiscuirse en asuntos políticos, pero, cada semana, los medios de comunicación recogen las declaraciones políticas del Cardenal Rivera, quien atiza el fuego político. El vocero de la Arquidiócesis mexicana -Hugo Valdelamar- se ha vuelto una especie de símbolo hitleriano de la política, ante su intolerancia a los demás (sobre todo ante los homosexuales) vertida a través de la crítica a las políticas emprendidas para el reconocimiento de derechos de los homosexuales y el derecho de las mujeres a abortar (particularmente políticas y leyes del Gobierno del Distrito Federal). Valdelamar, junto con el estúpido (dicho en el sentido literal del término) del cardenal de Guadalajara, Sandoval Íñiguez, ya han sido señalados como discriminadores por la CONAPRED (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación), lo que no hace sino confirmar su intolerancia.
México es un país con una mayoría abrumadora de creyentes católicos y las decisiones, discursos y políticas emanados del el Vaticano, o de la Nunciatura en México, tienen un gran impacto. Por eso es que resultan vergonzosos los casos de pederastia que han salido a la luz pública y que, en la vorágine del día a día, los medios -creo que algunos intencionalmente- han dejado en el cajón del olvido.
Es preciso que el Estado encuentre responsables de los casos como los de Marcial Maciel, en los que es claro que el difunto sacerdote no actuaba solo, sino que tenía cómplices, quienes sabían de su segunda vida y de los casos de jóvenes que habían sido abusados por el líder de los Legionarios de Cristo. En ese aspecto, hay que reconocer a Ratzinger (Benedicto XVI), porque hizo lo que no se atrevió Wojtyla (Juan Pablo II): desafiar a los Legionarios de Cristo, una organización poderosa y rica, que a la iglesia católica le significa varios millones de dólares al año y que, juzgando a su líder y ordenando una auditoría a dicha organización, Ratzinger ha encarado. Le faltará lo que todos sabemos: declarar culpables y sancionar. Pero, al menos, dio el paso que, por amistad con Maciel, Wojtyla rehusó dar.
Exactamente ahí cabe la acción del Estado Mexicano. Si algún político quiere un tema que sume adeptos, no tiene más que aplicar la ley y buscar que se juzguen y sancionen a los prelados como el cardenal Rivera. Este, en contubernio con el cardenal de Los Ángeles, Roger Mahoney, cubrieron y “escondieron” a Nicolás Aguilar -un párroco en Teziutlán, Puebla- que había abusado el decenas de niños y que, después de haber sido encubierto por ambos cardenales, volvió a abusar de más niños.
Es el Estado el que debe distanciarse de la iglesia, porque a ésta el poder le fascina y peleará hasta el último momento por hacer política e incidir en el comportamiento político de los ciudadanos. La iglesia está haciendo política y el gobierno -desde Salinas y hasta Calderón- la ha dejado. Falta un mensaje claro de que las creencias se respetan, pero las iglesias no deben entrar al juego político. Las iglesias deben dedicarse a concientizar moralmente (lo que ya de por sí hacen mal), porque políticamente dividen -y este país es lo último que necesita- En ese sentido, se extraña la voz certera de Saramago, cuando afirmaba: “…En ningún momento de la Historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar”.
TIEMPO EXTRA
LIBRO: LET THE GREAT WORL SPIN: A NOVEL, es el libro de Colum McCann (NY: Random House Mondadori, 2009), ganador del National Book Award.
Una novela electrificante, como bien lo denominó The New York Times.