UNAM y universidades privadas
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Cien años productivos se cumplieron la semana pasada. Productivos para el país. Para cuatro generaciones completas de mexicanos.
Todos nos enorgullecemos de esa vida centenaria. Incluyéndonos a quienes nos formamos y graduamos en Universidades particulares, que no desconocemos ni queremos negar, la influencia cultural que esa gran Universidad pública, la UNAM, ha tenido sobre todas las grandes instituciones de cultura, de la iniciativa privada.
Del 27 de septiembre de 1910, al 27 de septiembre del año 2010, el país, nuestro país, el de todos, se llenó de graduados de la UNAM, que iniciaron y expandieron el desarrollo nacional, hasta donde nos encontramos.
La UNAM, fue la madre, “la Maestra” de todas las universidades públicas y privadas de México, que surgieron después. Y, por ello, todos nos congratulamos de su existencia. Fue una madre generosa y protectora.
Recibió en sus aulas y en sus laboratorios, a jóvenes de todos los Estados y regiones de México. Y creo que, hasta de todos sus municipios, en estos cien años, primeros, de su existencia.
No discriminó a nadie por el color de su piel, su sexo, sus creencias filosóficas o religiosas o su credo político o militancia partidista.
Hombres y mujeres de todas las edades, a partir de que tuvieron la capacidad legal de ingresar a ella, fueron a nutrir su espíritu, su mente, su talento y sus capacidades, dentro de sus aulas.
Ateos y creyentes, todos fueron recibidos en ella. Agnósticos y anarquistas y personas de todas o cualquier religión han estado dando y recibiendo clases, sin que a ninguno, ni uno solo, se le persiguiera por sus creencias o se le coartara su libertad de expresión o se le impidiera ocupar algún cargo estudiantil, laboral, de investigar, de docente o de autoridad académica o docente dentro de esta institución. Y esto, es un logro para la nación y para todos los mexicanos.
La Universidad Nacional Autónoma de México, se convirtió, así, en un valladar contra cualquier intento inquisitorial o de censura, que siguieron después, casi todas las universidades mexicanas. Se garantizó, así, para todo individuo nacido en México o avecindado legalmente, el uso reiterado y consuetudinario de las libertades constitucionales al implantarse como de uso normal y común, la libertad de pensamiento en la cátedra y la discusión civilizada y culta de todas las ideas.
No quiere decir lo anterior, que esta institución hay estado exenta de problemas. No. En cuanto formación social, ha padecido los mismos que ha afrontado la sociedad en su conjunto a lo largo de esos cien años, y, además, los suyos propios. Así lo demostraron las batallas de 1929 por lograr su autonomía; las de 1933, por implantar, de manera irreversible, la libertad de cátedra. La de 1968, en contra del autoritarismo en la nación y las posteriores de 1999 y otras, las cuales cimbraron su estructura y obstaculizaron su funcionamiento, momentáneamente, pero de las cuales salió más fortalecida, en beneficio de México.
De todo esto y más,. Debemos estar orgullosos todos los mexicanos.
Las universidades privadas del país, que las hay, excelentes, como es el caso de la UDLA, el “Tec” de Monterrey, la Ibero, el ITAM, la Anáhuac, Tepeyac, Justo Sierra o Panamericana, no obstante su origen religioso, corporativo o financiero, han tenido, todas, desde su fundación y para su propio bien, así sigue siendo, profesores egresados de la UNAM, produciéndose, así, una simbiosis benéfica para estas instituciones y el país.
En México se ha llegado, ya, a la comprensión afortunada de que ambos tipos de universidades, las públicas y las privadas, no se estorban ni tienen porqué combatirse, sino que, al contrario, ambas caben en el país y se complementan para beneficio de la sociedad.
La competencia entre ellas, debe ser, ahora y para el futuro, la de la calidad. Quien sea mejor, es bueno para todos.
Emularse y superarse, mutuamente y constantemente, debe de ser el círculo virtuoso que saque a nuestro país del rezago que todavía tiene, en todos aspectos, respecto de los países más desarrollados del mundo. Y ese es el papel de las universidades mexicanas durante el presente siglo XXI. Por ello, todos los universitarios del país, debemos conmemorar, jubilosos, este Primer Centenario de la Universidad Nacional Autónoma de México, como si fuera la nuestra, ¡porque también es nuestra!