¡Los nuevos gobiernos! (II)
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¡Eficacia y Honestidad!
28. Con los medios de comunicación buen trato, no por contrato sino por convicción, con
respeto y disposición. Ni tan cerca que quemen ni tan lejos que enfríen.
29. Si te equivocas, reconócelo. Así el pueblo te lo perdonará y te verás enaltecido.
¡Recuerda: el juicio que haga de ti el pueblo es implacable e imposible de cambiar!
30. ¡No defraudes la confianza de los electores!¡Cumple tus compromisos con ética pública!
Dictámenes políticos de Juan de Palafox y Mendoza
No es lo mismo haber vicios en un Reyno, que ser vicioso un Reyno.
En todas las crónicas han parecido bien los leales, aunque hayan sido vencidos; y mal los traidores aunque hayan sido vencedores.
De los hombres que no gobiernan, la mayor culpa es obrar mal: de los que gobiernan, no obrar bien: de aquellos la de comisión, y de estos la de omisión.
En las elecciones pueden errar los príncipes en tres maneras. La primera, dando las ocupaciones a los que no tienen experiencia, y negándolas a quien la tiene; este es un gran error. La segunda, dando los puestos a quien no tiene la capacidad, ni se ha experimentado en otros con aprobación: y este es grandísimo error. La tercera, trocando los puestos, y las inclinaciones a los Magistrados, y dando a los de armas los de letras, y a los de letras los de armas, al inteligente en la pluma, la espada; al valeroso, la pluma: y este es error.
Las personas se han de buscar para los puestos, y no los puestos para las personas, mirando qué sujeto conviene a aquel Reyno, no que Reyno le conviene a aquel sujeto.
Ninguna cosa es tan dañosa a los Reynos, como que pese más en los particulares una onza de propia comodidad, que una arroba de utilidad pública; y cuando esto prevalece ya está el Reyno perdido.
Los Reynos que se gobiernan por remedios y no por prevenciones, van perdidos.
Desdichada la república, en la cual el celo se tiene por inquietud y por quietud el dormir profundamente al ruido de los públicos escándalos.
El mayor mal de los Reyes, es escarmentar los buenos consejos y enfadarse con los buenos consejeros.
El príncipe, que escarmienta al leal, alienta y anima al traidor.
La codicia de los Ministros, llega como la navaja hasta los huesos de la república; pero la codicia y la sensualidad, universalmente ejercida en los Reynos, corta la carne y pudre los huesos.
Las leyes que no se guardan, son cuerpos muertos, atravesados en las calles, donde los Magistrados tropiezan y los vasallos caen.
Las Monarquías cuando se van acabando, primero pierden la reputación, luego lo conquistado y después sirven a la Nación: como cuando se forman, primero cobran reputación, luego salen de servir a otras Naciones y después dominan a las demás: con este juicio se ha de ver y conocer en que estado se halla una Monarquía.
Donde los excesos pueden más que las leyes, presto podrán los vasallos más que los Reyes.
Como cuando se sube toda la sangre a la cabeza, se ahoga ella y perece el cuerpo, así cuando todas las utilidades van al fisco se queda sin sangre el Reyno.
Al Príncipe mozo, se le han de dar los criados ancianos, para que le contengan: y el viejo ha de escoger mozos, para que aprendan.
En el Reyno, que los mozos son perdidos y los viejos relajados, corre lo público como caballo sin freno y navío sin timón.
Desdichada será la república, cuando se puedan contar los honestos, por no tener número los livianos.
Dañarán más siempre a una Monarquía los propios desaciertos, que las fuerzas enemigas.
Cuerpo sin sangre y Reyno sin virtud, todo es uno.
Cinco cosas aseguran la felicidad de un Reyno. Primera, tener la Nobleza honrada; segunda, el pueblo abastecido; tercera, la virtud favorecida; cuarta, los soldados bien pagados y disciplinados; quinta, los Ministros contenidos y respetados.
No hay caso en que los Príncipes no deban oír a sus vasallos, aunque sea para condenarlos.
Así como se publican premáticas contra el Pueblo, se había de publicar contra los que las publican, porque más necesidad tiene de sanidad la cabeza, que los pies.
Los Magistrados y validos, que atemorizan a los consejeros para que no digan su parecer, sacan los ojos de la cara de sus Príncipes, para que no vean lo que han de ver.
No hay más diferencia del buen gobernador al que no lo es, que ver el uno las desdichas antes que lleguen y el otro después de sucedidas; con que uno las previene y el otro las padece sin remedio.
La república sin tesoro, es cuerpo sin sustancia y sin prudencia y es navío sin timón.
La república que gastare en lo superfluo, le faltará para lo necesario, y llorará después en desdichas, cuanto gastó en deleites.
Lo mismo es Reyno sin tesoro, que gobierno sin providencia: y el tesoro que no se hace en tiempo de paz, mal se hará en el de guerra.
Que cuando el Rey desea una cosa, y el Reyno la contraria, se suspenda aquella materia, pase; pero que cuando el Rey y el Reyno lo desean y les conviene y aquello que ha de ejecutar en el mismo Reyno, se suspenda por la maña de los Ministros, esto es malísimo.
A los gobernadores, tal vez se les ha de limitar el poder, porque no siempre lo han menester; pero a los Reformadores, o visitadores, se les ha de dar más poder, porque todo lo han menester. La razón de esto es, porque los gobernadores obran con rendidos, y el visitador con armados: el uno contra pobres, y el otro contra Ministros: el uno contra quien está acostumbrado a obedecer, y el otro contra quién está acostumbrado a mandar.
Es menester saber saber y saber ignorar: el uno callando disimula la ignorancia y el otro, hablando a su tiempo, logra la sabiduría.
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