Mayte Perroni ama la navidad
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La ex RBD califica el 2010 como soñado para su carrera y vida personal
La revista Quién en su edición digital informa que Maite Perroni sonríe y, sin aguantar, suelta la carcajada. No es para menos, mientras saca adornos navideños y decora el árbol, la actriz recuerda cómo han sido las navidades en familia y hay un toque que las distingue: el amor y el buen humor.
Con cada adorno, Maite comparte las anécdotas y es difícil no verla sonreír. Lo primero que se le viene a la cabeza son los regalos que intercambiaban en familia. Cuando Paco, su hermano menor, tenía unos 5 o 6 años y bañarse o cepillarse los dientes no era lo más importante, su mamá, Maite Beorlegui, le regaló una pasta y un cepillo de dientes con todo un kit de limpieza.
El mensaje era que Paco comprendiera la importancia del aseo, comenta la ex rbd. Y el pequeño se llevó premio, pues también recibió chocolates y dulces para compensar y aprender la lección.
Las navidades con sus papás, Maite y Javier Perroni, y sus dos hermanos, Adolfo y Paco, eran momentos de compartir algo más que regalos. No se trataba sólo de comprar, sino de enseñar el valor del aprecio. La protagonista de El triunfo del amor cuenta que una vez se le ocurrió hacer una casita de dulces para su sobrina Inés, quien pasaba por un momento difícil y sensible: estaba a punto de tener hermanos trillizos.
Maite hizo la casita y se la dio a Inés, que probó apenas unos dulces y salió a jugar. Quien aprovechó el regalito fue un enorme labrador que lamió y terminó por engullirse la casita. “Por lo menos la vio”, dice Maite, “y eso es lo bonito de un recuerdo muy lindo”.
De ahí, la actriz pasa a las sonrisas al recordar la vez en que su hermano Adolfo destrozó sus Barbies a mordidas: “Lo encontramos con la cabeza de una muñeca en la boca”.
Santa claus sin pilas
Maite nos prepara unas galletas y se nota de inmediato lo práctica que es en la vida. Eso viene desde chiquita, cuando se pasaba el año pensando en Santa Claus y en un defecto, muy pequeño, del bonachón regalador: “Era el colmo que Santa te diera un regalo que necesitaba pilas y que nunca pensara en eso”. También recuerda la desesperación que le causaba no poder jugar de inmediato con algún juguete electrónico: “Era impresionante. No podías usar tu juguete hasta el día siguiente porque todo estaba cerrado”.
La cantante se atreve a darle una recomendación a Santa, para que lo tenga presente en las próximas entregas navideñas: “Es traumático. Es un punto que ojalá Santa Claus algún día pudiera corregir”.
Maite es la única niña en la familia. Le fascinaban las muñecas, las Barbies y los Nenucos, con los que le encantaba jugar a la mamá. También involucraba a sus hermanos cuando eran chiquitos, “entonces se dejaban”, dice la ex rbd. Pero les correspondía porque después la cantante salía con ellos y se subía a los patines.
La visita de Santa Claus a la casa de los Perroni era un ritual agotador: “Me pasaba la noche sin dormir esperando que llegara. Mi papá me decía que si no me dormía, no iba a llegar”.
Las ganas de conocerlo la agobiaban, por lo que pasó muchas vísperas de Navidad en duermevela. Dormitaba y despertaba hasta que llegaba la madrugada. La sorpresa era ver la sala invadida, “como zona de desastre”, con regalos de todo tipo.
La dura verdad
La cantante recuerda que a los siete años, una niña del salón hizo la gran revelación: “Santa no existe, son los papás”.
Al contarlo, el rostro de Maite se suaviza y comparte lo que su papá le dijo: “Tú decide si quieres creer”. Y le sugirió hacer la prueba de dejar una carta, galletas y leche para el viejo panzón. El resultado fue reconfortante. Santa no sólo se comió las galletas, sino que le contestó la cartita diciendo: “Gracias”. Pasaron varios años hasta que Maite descubrió a su papá colocando varias bicicletas junto al árbol.
La pequeña no dijo nada porque inconscientemente ya lo sabía. Eso lo guardó como un símbolo muy lindo que no cambia la emoción y la sorpresa.
Además, continuó con la tradición de conservar la creencia de sus hermanos. Las cartas, las galletas y la leche se siguieron dejando y Santa seguía llegando. Nunca faltaron las botas en la chimenea y zapatos para Reyes.