Moreno Valle: últimas horas de la derrota
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Eran las 21:00 horas del sábado 3 de Julio del 2010. Rafa había convocado a los “doctores” a su casa. Se sentía terriblemente solo. Estaba exhausto. Lucía demacrado. Su respiración era entrecortada. Estaba muy callado. Hojeaba, una y otra vez, las últimas encuestas sin encontrar lo que buscaba.
Sentía una ansiedad espantosa que le oprimía el pecho. Recordaba intermitentemente las advertencias implacables de la “maestra”. Tenía miedo, mucho miedo. Retrataba en su mente las ocho columnas de todos los periódicos locales y nacionales: “López Zavala arrasó, Moreno Valle fue humillado”. Sintió náuseas. Corrió hacia el baño. Levantó la tapa del excusado. Vomitó bilis negra. Empujó la palanca. Dio seis pasos hacia el lavamanos. Abrió la llave del agua. Se lavó la cara. Se miró en el espejo. Vio el rostro del fracaso. Se horrorizó. Después de tres meses de agonía, habían comenzado los estertores de la derrota. Sabía que era el fin. Adiós a la gobernatura. Se secó la cara. Caminó hacia la sala. Vio a Martha Erika sentada en love seat Roche Bobois.
Prefirió sentarse en el sofá individual. No soportaba más los comentarios complacientes de su esposa. Miraba insistentemente el reloj, como si al hacerlo adelantara el tiempo. Por fin sonó el timbre. Se levantó. Caminó hacia la entrada principal. Abrió la puerta. Ahí estaban todos: Fernando Manzanilla, Eukid Castañón, Luis Banck, Jorge Aguilar, Marcelo García y Cabalán Macari. El primero en entrar fue Fernando. Como presagio funesto, saludó de mano. Tenía la palma helada. Miró a Rafa a los ojos. Desvió su mirada hacia abajo. Apuró el paso. Después entraron los demás. No hubo abrazos. No hubo sonrisas. No hubo comentarios. La tensión era sofocante.
Una vez sentados en la sala, comenzó la que sería la reunión más breve de toda la campaña. Rafa pidió a Fernando que expusiera el pronóstico real del resultado de la elección. Fernando fue sucinto: Perdemos por 200,000 votos. Hubo silencio. Un silencio helado y paralizante. Nadie habló. Todos esperaron la reacción de Rafa. Pasaron los segundos. Pasaron los minutos, que se hicieron eternos. Al fin, un Rafa devastado, diferente al de siempre, preguntó sin ira, sin soberbia y sin ofensas: ¿Podemos hacer algo? ¡Lo que sea! Fernando respondió con voz casi inaudible: Nada. Nuevamente, hubo silencio. Después de unos segundos, Luis, conocido por siempre saltar primero de la nave, sugirió terminar la reunión para que todos los presentes pudieran continuar con sus “robustas” responsabilidades. Todos asintieron de inmediato. Se levantaron y se despidieron. Rafa permaneció sentado. No fue necesario que los acompañara. Conocían bien el camino, un camino de retirada con alforjas llenas, llenísimas.
Rafa tomó unos minutos para recuperar el aliento. Estaba desolado. No dijo una sola palabra. No miró a Martha Erika. Se levantó. Caminó, con paso lento y pesado, hacia su recámara. Martha Erika lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Junto a él, también se esfumó el poder omnímodo que siempre ambicionó. Lloró de rabia. Gimió de odio. Imprecó a los panistas. Maldijo a los poblanos. Se preguntó si todo este montaje había valido la pena.
Finalmente, se levantó. Al pasar por la habitación de Rafa, se detuvo un instante. Miró como traspasando la puerta. Esbozó una risa sardónica. Siguió su camino. Entró a su recámara. Cerró la puerta. Descolgó el auricular. Ordenó masaje relajante, jacuzzi, con esencias de lavanda y velas, y huevos poché en salsa de bechamel, acompañados con una copa de Dom Pérignon Vintage 1992, para cenar.
Amaneció a las 5:30. Fue una noche muy tortuosa para Rafa. A pesar de haber tomado 4 tafiles, no pudo dormir ni un solo minuto. La voz de la “maestra”, impregnada de reproches, estuvo perforando su cerebro con berbiquí. La imagen de Calderón, enfurecido, se estrelló en sus párpados cada vez que intentó cerrar los ojos. El recuerdo del debate fue un suplicio de ridículo y escarnio público. Las recurrentes carcajadas de Marín y López Zavala fueron como toques en los testículos. Por un instante pensó quitarse la vida pero la sensatez volvió de inmediato. “No puedo privar a México de mi presencia” pensó. Se levantó de la cama. Se bañó. Se vistió. Llamó a Fernando y le ordenó detonar la operación “blows up”. ¿Estás seguro? Preguntó el “cerebro de campaña”. ¿Qué no oyes? ¡Chingada madre! Gritó enloquecido, el Rafa de siempre. ¡Revienta la elección! y después arrojó su teléfono, haciendo añicos el espejo de su recámara.
El engendro aún respiraba; unas horas más.