¿Quién se puso en sus zapatos?
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Diariamente nos vamos a la crítica y el juicio inmediato respecto a un tema ó a una situación que se ventila públicamente. Comentarios van y vienen ante la sola invocación de una información resaltada en diferentes medios de comunicación. La sorpresiva y dolorosa muerte de un amigo como Salomón Jauli ha causado tremendo impacto en todos aquellos que logramos conocerlo a lo largo de muchos años.
Con mayor ó menor cercanía, Salomón siempre se mostró afable y gentil con todas las personas con las que se topaba día a día. No sabemos bien a bien como era su vida familiar, pero la sonrisa que invariablemente le acompañaba y su proclividad a ver siempre el lado más optimista de la vida, hacía pensar que vivía agradecido, estable y feliz su día a día.
Cuando conocimos la penosa información del lamentable accidente de su hijo, la verdad es que muchos de sus amigos preferimos hacer un mutis respetuoso ante la imposibilidad de tener, aunque fuera una sola palabra para hacerle saber lo mucho que lamentamos ese hecho.
Quienes lo conocieron de cerca sabían que a pesar de su actitud alegre y positiva, se escondía un corazón muy sensible y tendiente a la depresión ante situaciones difíciles de superar. Había muchas cosas que a Salomón le podían apachurrar el corazón.
Un corazón de pollo como mucha gente le pudo adivinar en más de una ocasión. La sensibilidad y generosidad a flor de piel lo llevaron a dar de más, a gente que no valía la pena. Pero, así era su naturaleza. Y con esta forma de ser, logró cosas que muchos de sus congéneres- con más posibilidades y armas- no lograron hacer. No solo en el plano deportivo, sino también en el político y por supuesto en lo personal.
Salomón pudo demostrar que a pesar de su enorme emotividad ante injusticias sociales- especialmente en niños con deficiencias físicas, económicas ó emocionales- siempre había manera de superar obstáculos y conquistar lo que realmente se quisiera. Lo que nunca imaginó el amigo, es que Dios le pusiera una prueba tan dura y difícil de superar. Una circunstancia en la que solo los seres más centrados- hombre ó mujer- se pueden enfrentar.
Cronológicamente, naturalmente no es entendible que un padre ó una madre entierren a un hijo ¡Toco madera con solo decirlo! Menos cuando se tienen 20 deliciosos años y una idílica vida por delante. Tal vez se puede comprender una pérdida de esta naturaleza cuando hay una enfermedad de por medio ó un daño físico irreparable que no brinde la mínima calidad de vida a un ser nacido de tu sangre y de tu piel. Pero cuando su partida resulta súbita, sorpresiva, de repente…las cosas cambian.
Y no hay gesto ni palabra alguna que traigan alivio a un corazón de pollo como el que Salomón Jauli guardaba en su pecho. Era lógico suponer que el amor de su esposa y sus otros hijos- tan choqueados y lacerados como él mismo- le ayudarían a salir de este traumático dolor. Eso creímos estúpidamente muchos de los que tratamos inútilmente de saber de él luego de las exequias de su hijo.
Hubo quienes intentando ponernos en sus zapatos, optamos por no importunar con llamadas ni comentarios que solo terminarían por mantener abierta la terrible herida. Lo que nadie imaginó es que regresaría solo de Canadá- sabrá Dios con que pretexto no se dejó acompañar- y se dejaría envolver por la tristeza y la melancolía. Esa que el gran escritor mexicano Ricardo Garibay, tachaba como una profunda desesperanza ¡Y cómo no iba a sentirla si Dios le había arrebatado un intempestivamente un pedazo de vida!
Hay quienes juzgan duramente a los suicidas, pero no tienen la humildad de ponerse un momento en sus zapatos. Salomón no pudo resistir esta decisión divina. No tenía fuerzas para ver pasar los días y los años sin alguno de sus amados niños ¿Quién no lo entendería? Mi respeto para quienes han logrado sostenerse en la vida con un dolor de esta naturaleza. Yo tampoco podría. Lamento profundamente la opción tomada por Salomón porque estoy segura que tenía muchas otras metas por lograr todavía.
Que Dios ayude a Lorena y a sus hijos a superar estas incomprensibles ausencias en su familia. No es verdad que el tiempo borra ó sana heridas, pero cuando menos, las alivia. Un cariñoso abrazo para ustedes y todos los que lo queríamos bien.