Convidando está la noche
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Noviembre de 2001.
El músico poblano Juan García de Céspedes nació, vivió y murió en Puebla durante el siglo XVII. Era niño cantor en la Catedral bajo la dirección del Maestro de Capilla Juan Gutiérrez de Padilla. A sus 51 años tomó el prestigioso lugar de su maestro y lo ejerció durante 8 años hasta su muerte. Un Maestro de Capilla era el responsable de la música en las grandes iglesias y catedrales, lo cual incluía la atención a los coros de niños, que vivían con él, y a los instrumentistas o cantores adultos y ministriles.
Además tenía obligación de componer música, en lo general sacra. Así es que García de Céspedes compuso un día una pieza llamada Convidando está la noche, cuyo subtítulo es juguete a 4 y guaracha, y que tiene nexos con los villancicos tanto en la intención como en los temas.
Tiene una parte moderadamente festiva de espíritu europeizante a 4 voces, alternada con estrofas mucho más festivas cantadas y tocadas en un vivo ritmo decididamente americano, la guaracha, que se presta para la explosión instrumental de flautas, laúdes o guitarras y percusiones como panderos y tamborcillos acompañando al coro.
Su tema exalta el nacimiento de Jesús. Esta pieza, que se interpretó muchas veces en la Catedral de Puebla, forma parte hoy del repertorio de muchos coros mexicanos y europeos.
Pueden encontrarse en YouTube interpretaciones muy diversas, algunas excelentes como la del Maestro catalán Jordi Savall, o la del grupo mexicano Ars Nova.
También se encuentra ya en ese sitio la ejecución in-situ más reciente, de octubre de 2011, de la agrupación poblana Coral ACapella, en la que tuve el gusto de participar como cantante invitado entre los bajos y barítonos. Y digo in-situ refiriéndome a que tal ejecución se dio en el lugar mismo donde alrededor de 1670 la pieza se cantó y tocó por primera vez. Con esta interpretación sucedió algo especial: el que latentes ecos viejos de tres siglos y medio se encontraron en algún rincón de la magnífica nave de la Catedral más bella del continente, con otros ecos más recientes para cerrar un hermoso círculo.
El estupendo coro, las flautas, la guitarra, las percusiones, rendimos todos honor a tal encuentro de ecos en el tiempo y en el espacio, categorías absolutas para Kant y Newton pero relativas para Einstein. Pero también otro pequeño círculo se cerró, uno personal: el de aquel niño de doce años que transido de reverente emoción se sentaba en las bancas de las Cofradías de Catedral a escuchar la Tocatta y fuga en Re de Bach que ejecutaba el Maestro Salazar en el órgano monumental.
Tal era el efecto de aquella música retumbando en las majestuosas cúpulas que el niño llegó a pensar alguna vez en ser sacerdote para poder estar siempre cerca de aquella prodigiosa mezcla de música, arquitectura, pintura, escultura y espíritu.
Cuarenta años y uno después, ese niño, que no fue finalmente sacerdote, pudo poner su pequeño grano de arena o de sonido en aquel magno recinto como humilde y conmovido barítono invitado. Entre los testigos habría quizá algunos niños que a lo mejor recordarán la experiencia cuarenta años y uno después. “Convidando está la noche, aquí de músicas varias, al recién nacido infante, canten tiernas alabanzas…”.
*El artículo expresa la opinión personal del autor, que es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla
*Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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