Crónica: la parafernalia al servicio del nuevo gobernador
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“Lo mejor está por venir”, la frase pronunciada con emoción arranca los aplausos de los invitados a la toma de protesta de Moreno Valle. La euforia se apodera de algunos que comienzan casi a aullar. Y para mí, la pregunta queda retumbando en mi cabeza: ¿en verdad, lo mejor está por venir?
I
La parafernalia está en marcha al servicio del nuevo gobernador.
Lo veo frente a más de 15 mil almas, reunidas en el Centro Expositor, con la mano levantada jurando que guardará y hará guardar la ley.
Habla de patriotismo, inclusión, que la campaña se acabó, que fue víctima de calumnias pero que su mirada está fija en el futuro.
Escucho cientos de palabras sobre obras, millonarias inversiones, que no habrá persecución, que le quitarán los terrenos donde se asienta Valle Fantástico al empresario Ricardo Henaine; que ahora sí, Puebla será otra… que lo mejor está por venir.
Mientras lo observo, en mi mente aparece una y otra vez la imagen de aquel 8 de octubre de 1999, en el municipio de Teziutlán.
Ese día, en el salón de usos múltiples del lugar, cientos de personas esperaban el arribo de Ernesto Zedillo Ponce de León, entonces presidente de la República.
El luto era lo único que se respiraba en la Sierra Norte a causa de lo que el mismo mandatario llamó “el desastre de la década”, es decir, una depresión tropical que provocó el desgajamiento de cerros, carreteras, crecidas de ríos que arrasaron con viviendas, fábricas, comercios.
Casi 300 muertos, según el reporte oficial.
Afuera del auditorio de Teziutlán, Zedillo apareció enfundado en su chamarra roja, pantalones de mezclilla y botas color caqui.
Lleno de lodo hasta las rodillas, el presidente lucía contrariado.
La cantidad de barro impregnada en su ropa era muestra de que el mandatario había visitado los lugares del siniestro; acudió a supervisar personalmente los trabajos de rescate de los cuerpos.
Observó pasar, de mano en mano, las camillas con las sábanas blancas que cubrían a los muertos.
Vio el dolor, el llanto de las familias.
Y, sobre todo, escuchó los reclamos de la población.
El presidente iba acompañado por el gobernador Melquiades Morales Flores, que vestía chamarra y pantalones azul marino también manchados de lodo; así como por funcionarios federales y federales e integrantes del Ejército.
Pero, a lo lejos una figura rompía con el sombrío panorama del lugar. La figura parecía que irradiaba luz.
A unos 50 metros del salón de usos múltiples, el secretario de Finanzas y Desarrollo Social estatal de esa época esperaba a los mandatarios federal y estatal.
Impecable en su vestimenta: Una camisa blanca de fino tejido, con el botón superior libre que permitía observar el pecho del funcionario; pantalón azul marino, con cinturón con hebilla en oro; zapatos negros impecablemente lustrados.
Ni una gota de lodo. Ni una mancha de mugre que rompiera con el fino y pulcro vestido.
Aséptico en todos los sentidos, Rafael Moreno Valle Rosas, entonces secretario de Finanzas y Desarrollo Social estatal, recibía a cada rato, gracias a uno de sus asistentes, toallas húmedas para limpiarse las manos.
Eran los tiempos de luto en la Sierra Norte y tiempos en que una camarilla de jóvenes yuppies, graduados en el extranjero, controlaba la secretaría más poderosa de la entidad.
Eran los tiempos en que el aséptico Moreno Valle Rosas era jefe del Grupo Finanzas.
II
Salgo temprano rumbo a las oficinas de la revista Contralínea Puebla y en las calles me encuentro con decenas de taxis que son usados como vehículos de propaganda. “Bienvenido Sr. Gobernador”, “Éxito, gobernador”, “Bienvenido el cambio”, son las leyendas que aludían a la toma de protesta de Rafael Moreno Valle Rosas como gobernador de Puebla.
Recuerdo con precisión: Mario Marín Torres hace seis años pagó a cientos de taxis para que emprendieran la misma campaña.
La parafernalia al servicio del nuevo gobernador, con una gran diferencia: Ahora es de tez blanca y de una estirpe familiar de abolengo; hace un sexenio: moreno, indígena y raíces en la pobreza.
III
El Centro Expositor está a reventar. La toma de protesta congrega a hombres poderosos del país.
En las bocinas se escucha el mensaje del nuevo gobernador.
Premisas básicas: inclusión y respeto.
A esa misma hora, a cientos de metros y/o kilómetros de distancia, la realidad es otra: la nueva horda morenovallista cumple el cometido de tomar a su cargo las oficinas de las diferentes dependencias del gobierno del estado.
Y la realidad en el proceso de entrega-recepción dista mucho de la inclusión y el respeto.
Los burócratas que seguirán trabajando pese al cambio de poderes, por ser personal de base, comprueban que la soberbia y la altanería no se han ido… de hecho, siguen siendo la misma realidad.
IV
“Lo mejor está por venir”, la frase pronunciada con emoción arranca los aplausos de los invitados a la toma de protesta del nuevo gobernador. La euforia se apodera de algunos que comienzan a casi a aullar.
Y para mí, la pregunta queda retumbando en mi cabeza: ¿en verdad, lo mejor está por venir?
No puedo hacer otra cosa que recordar la llamada que recibí en mi celular el fin de semana pasado. Amigos de la burocracia estatal me confiaban las primeras andanzas del nuevo gobierno:
La tarde y noche del viernes pasado, así como el sábado, los teléfonos celulares de muchos burócratas que continuarán trabajando en el gobierno del estado comenzaron a sonar.
Del otro lado de la línea, los operadores morenovallistas dictaban la instrucción precisa que debía acatarse de inmediato: Pasar a recoger la fotografía oficial del nuevo gobernador de Puebla y colocarla en la oficina del titular antes de que se lleve a cabo la toma de posesión.
Mario Marín Torres –recuerdo- hizo lo mismo.
El mismo culto a la personalidad, la misma soberbia.
V
El informe terminó.
La gente sigue excitada por el mensaje.
Entre el mar de gente, Fernando Manzanilla Prieto, nuevo secretario de Gobernación, se abre paso para alcanzar a una persona.
-“¡Gobernador!”. El grito lo envía a Mario Marín, quien voltea para atender el llamado.
El funcionario morenovallista le agradece al ex mandatario su presencia en la toma de protesta y éste último responde la cortesía con una amplia sonrisa.
Acompañado de un séquito menor, el oriundo de Nativitas se retira del Centro Expositor con la tranquilidad que le da el pacto de la impunidad.
Lo escuchó con sus propios oídos: “no habrá persecución, pero tampoco encubrimiento”.
Y todos en el círculo rojo sabemos lo que eso significa.
Sólo el empresario consentido del marinismo, Ricardo Henaine Mezher, será el que pague los platos rotos. Le quitarán Valle Fantástico y, muy seguramente, el equipo de futbol Puebla.
Si opone resistencia será, tal vez, la única cabeza de peso cercenada por el morenovallismo.
Lo que sí es un hecho es que el “góber precioso” y el marinato murieron en la impunidad.
VI
Alegre, complaciente, Mariano Piña Olaya ha regresado de nuevo a los reflectores.
Su estirpe es ahora parte del grupo en el poder.
Piña Olaya necesitó a una figura como Mario Marín Torres para dejar de ser el peor gobernador de Puebla.
Hoy, el ex mandatario, el mismo en que cada vez que aparecía públicamente la gente le gritaba: ¡ratero!, goza del apapacho morenovallista.
Su hijo, Pablo Piña, nuevo Consejero Jurídico del Gobierno del estado y la verdadera carta debajo de la manga de Rafael Moreno Valle Rosas para el Tribunal Superior de Justicia, tendrá la encomienda de limpiar el apellido que su padre no supo cuidar.
Son los nuevos tiempos.
VII
Manuel Bartlett Díaz fijó ayer su postura respecto al nuevo gobierno estatal.
Evitó asistir a la toma de protesta.
VIII
Melquiades Morales Flores está de regreso.
Es el primer ex gobernador poblano que ha logrado mantenerse con vida en la arena política local y con verdadero poder después de dejar Casa Puebla.
Su vida política continúa y está proyectada para permanecer a través de su hijo Fernando Morales Martínez, su hermano Jesús Morales Flores, así como de sus antiguos subordinados, quienes serán enquistados en la nueva administración.
Tuvieron que pasar seis años de soportar exabruptos, maltratos, lapidaciones y ofensas por parte de los marinistas.
Melquiades entendió muy bien el juego de Moreno Valle Rosas, su discípulo y cuasi hijo. Por eso, alentó la aplicación de la vieja máxima del PAN nomás que reciclada a la versión priista: Para recuperar al partido hay que perder el poder.
La elección del año pasado fue una lucha del PRI contra Mario Marín y los marinistas.
Hoy, Melquiades es constancia de una paradoja del poder, desmenuzada hace unos meses por un querido amigo periodista: El ex mandatario puso a Marín en el poder y lo quitó, democráticamente; pero sobre todo comprobó que al final de cuentas “no es lo mismo ser mapache que ser brujo”.