Denuncian carencias y abusos en el Psiquiátrico de Puebla
joomla.2009
Una dotación semanal de dos quesos pequeños, dos paquetes de tortillas de harina, dos paquetes de pan blanco, junto con dos mermeladas y 20 yogurts, más la entrega de 10 latas de atún al mes, con dos tarros de mayonesa y cuatro de café soluble es la dotación de alimentación con la que deben sobrevivir 18 médicos –evaluados como los mejores del país– que son residentes en el Hospital Psiquiátrico Rafael Serrano, mejor conocido como El Batán. Esta es una de tantas vejaciones que sufren esos galenos que estudian la especialidad de psiquiatría, las cuales van desde no contar con dormitorios y tener que pernoctar junto a pacientes crónicos, violentos y algunos con tuberculosis, hasta sufrir acoso laboral, carencia de profesores, equipo y medicamentos para los enfermos.
Lo que no se entiende de este trato inhumano y lleno de carencias es que se supone que el gobierno federal destina un promedio de 2 millones de pesos anuales por cada uno de los 26 médicos residentes que hay en El Batán. Con esa cantidad, no tendría que existir escasez de todo.
Y que esas anomalías, lejos de acabarse se han agravado con la actual administración del gobierno del estado, a tal grado que varios de los galenos están amenazados con sufrir graves represalias si se siguen quejando.
Los más afectados son 18 de los 26 galenos que están ahí y pertenecen a los grados 1, 2 y 3 de la especialidad de psiquiatría. Algunos de ellos han formulado quejas y han sido ignorados sistemáticamente por Jorge Aguilar Chedraui, el titular de la Secretaría de Salud (Ssa), y por Patricia Leal Islas, la encargada de la Secretaría de Desarrollo, Evaluación y Control de la Administración Pública.
Una muestra de que se protege la corrupción que priva en El Batán es que Edmundo Chevalier Ruanova, quien fue nombrado a principios de octubre como nuevo director de ese hospital, en días pasados se reunió con los quejosos luego de que éstos redactaron dos escritos de queja –cuya copia tiene este columnista– y en lugar de comprometerse a investigar las anomalías, prácticamente despidió a estos galenos que llegaron a Puebla de diferentes partes del país, luego de aprobar el complicado y altamente reñido Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas.
Les dijo Chavalier que no haría nada contra las carencias y los abusos, que no les respondía a la solicitud de saber el destino de los fondos federales para sostener a los médicos residentes, que no les firmaba los escritos de protesta y que les tramitaba su traspaso a cualquier hospital del país.
Queda claro que si a Jorge Aguilar Chedraui no le interesa dar un trato profesional y humano a estos médicos, que forman parte de lo más granado del país, menos le interesa mejorar los servicios en general que presta su secretaría a la población más pobre del estado, la cual es la que acude a clínicas y hospitales de la Secretaría de Salud (Ssa).
SUICIDIOS, CORRUPCIÓN, INFAMIAS Y ACOSO
En el Hospital Psiquiátrico Rafael Serrano hay 320 pacientes internados que por tener problemas de salud crónicos deben estar en constante vigilancia. Sin embargo, eso no ocurre; se estima que 90 por ciento de los pacientes no tiene calzado –ver fotos de abajo–, muchos defecan en cualquier parte, se agreden y enferman con facilidad. Muchos de esos problemas son consecuencia de que no se tienen suficientes médicos de base para atender a los pacientes.
Mediante un escrito que mandaron el pasado 5 de octubre a Edmundo Chevalier Ruanova, 18 médicos residentes le exponen que de acuerdo con la Norma Oficial Mexicana: NOM090SSA11994 se establece que la Ssa –que preside Jorge Aguilar– debe dotarlos de profesores y asesores, lo cual nunca ocurre.
Al contrario, relatan, hay turnos laborales en los cuales no hay un solo psiquiatra de base en todo el hospital, sobre todo en el área de consulta externa. Esa labor se la dejan a los médicos residentes, quienes se supone que apenas están en formación. A estos galenos bisoños los dejan atender todo tipo de emergencias, sin apoyo de personal de enfermería y sin que El Batán cuente con un área de urgencias.
Los residentes son quienes deben llevar sus propias máquinas de escribir y papel para hacer los expedientes. Y ellos son quienes deben de resolver que no hay baumenómetros confiables, ni tapabocas, ni guantes de latex, ni material de curación, ni mucho menos medicamentos básicos como haloperidol, olanzapina, benzodiacepinas y antiepilépticos, que son fundamentales para pacientes agitados. Los consultorios tienen una puerta y fuera de sillas y escritorios viejos no hay mayor equipo. Además, no hay laboratorio clínico y tampoco gabinete de radiodiagnóstico.
Dichos problemas se agravaron entre noviembre de 2010 y febrero de este año, luego de que un paciente se suicidó como resultado de que no había personal de enfermería en el pabellón en que se ubicaba el enfermo.
Luego, una interna resultó embarazada y fue detectada que estaba en ese estado una semana antes de que diera a luz.
Esos problemas los tendrían que solucionar los psiquiatras de base. Pero como se carece de ese personal, se les echó la culpa a los residentes. Desde entonces se les somete a un trato despótico, ya que se les pone a atender hasta mil consultas externas al mes, así como levantar cientos de tarjetas de exploración médica, pese a que la norma no exige esas rutinas.
Se supone que con el presupuesto federal que se otorga para los médicos residentes permitiría se les debe de dotar de alimentación diaria, de un dormitorio, de material bibliográfico, de maestros y asesores. Resulta sorprendente que nada de eso existe. Empezando porque no hay todos los docentes y asesores. ¿Qué clase de formación es esa?
El jefe de Enseñanza es Jorge Espinosa, quien nunca atiende a los residentes. Y quien se hace cargo de ellos, es Alejandro Soto Chilaca, quien es un medico de base que tendría que estar dando consultas y no lo hace.
El 27 de mayo de 2009, de acuerdo con el oficio 10, 423, el entonces director del hospital, Guillermo Loaiza Cerón, reportó a la Ssa que el edificio de la residencia quedó dañado e inutilizado por un sismo que hubo el día 22 del mismo mes. Desde entonces nadie hace algo para reparar el inmueble.
Los médicos residentes deben buscar su propio alojamiento. A quienes les toca hacer guardias en el hospital, las cuales duran 32 horas seguidas, deben pernoctar en un cuarto que solamente tiene tres camas –cuando hay un mínimo de cuatro galenos–, y este lugar está junto a un área en donde hay enfermos con tuberculosis, VIH, con antecedentes penales y/o que son violentos.
El lugar está lleno de pulgas, y en ocasiones se han encontrado alacranes y víboras, esto último como consecuencia de que las áreas verdes están llenas de hierba.
La alimentación no solamente consiste en menos de media lata de atún al mes, sino que además los médicos no tienen comedor. Solamente cuentan con un horno de microondas.