El legado de Mario Marín
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Además del preciosismo que se le endilga a los poblanos, el ex gobernador Mario Marín Torres dejó muchas aportaciones políticas que es necesario valorar. Se trata de un llamémosle testamento, mismo que el nuevo mandatario tiene que ponderar y asimilar si quiere salir bien librado de la misión que los electores le encomendaron. Vea usted a qué me refiero:
Al inicio del mandato marinista, el jefe de la llamada burbuja hizo público su menosprecio a la prensa escrita.
En La Jornada de Oriente dejó asentado ese criterio y casi al mismo tiempo le tundió fuerte al periódico Síntesis definiéndolo como un “pasquín de quinta”. Nadie dijo nada. Los periodistas callaron. Vaya ni siquiera la entonces dirección del diario ofendido levantó la voz para hacer un reclamo directo. Al finalizar el periodo del gobierno anterior, el medio de comunicación aludido se desquitó de la definición dedicándole al tema varias páginas en distintos días: resaltó todo aquello que había hecho mal don Mario, en especial algunas de las maniobras que tenían el hedor de la corrupción. El siguiente es, pues el primer legado:
Nunca menosprecies a la prensa escrita porque lo que ésta puede responder y publicar es lo que orienta y sirve de guía a los comunicadores de la radio y la televisión.
Marín decidió administrar la cosa pública con sus cuates y algunos recomendados de esos amigotes creando así la famosísima “burbuja”. Gobernó con ellos a partir de un dicho campirano común cuando la diosa fortuna se encuera ante cualquiera que la quiera violentar: “ahora sí nos llegaron los tiempos de las vacas gordas”. El grupo en cuestión se dedicó a mamar y exprimir la ubre gubernamental sin reparar en los cientos de miles de ojos que observaban esa fanfarrona y casi faraónica operación. Ello no lleva al segundo legado:
Nunca menosprecies al pueblo porque ya aprendió a observar para encontrar los excesos de lo que sea, incluso de la confianza que trastoca el sentido común de los servidores públicos.
El ex gobernador escuchó el canto de las sirenas que le organizaron algunos empresarios hábiles para el lavado de cerebro. El caso más patético y mediático fue el de Kamel Nacif. Éste había colaborado con los gastos de campaña y se sintió con el derecho comercial para hacer varias peticiones. Una de ellas, la consistente en agilizar el procedimiento e incluso manipular la ley: se persiguió a la periodista cuyo nombre empezaba ya a ganar los espacios de Google. Marín ordenó a la Procuradora ayudar al empresario textil para efectuar la aprehensión o “sabadazo” sin permitirle a Lydia Cacho ser oída y defenderse de aquella denuncia que se sustentó en algo equivalente al daño moral. Ya sabe usted lo que ocurrió y cómo se produjo el gran escándalo que me lleva al tercer legado marinista:
Nunca hay que poner la ley al servicio de una persona o usarla como método para satisfacer las peticiones de los amigos o financieros y menos aún adoptar el papel del Rey Sol (Luis XIV): “el Estado soy yo”.
Decía Mario que él no leía la prensa porque publicaba puros chismes. Ese su estilo campechano le indujo a buscar y hacerse amigo y mecenas de un selecto grupo de periodistas o dueños de medios de comunicación. Los apapachó, impulsó y enriqueció al grado de sentirse que tenía el control absoluto de la prensa. Los beneficiarios de la bondad financiera y política le construyeron un castillo de arena. Al perder la elección el candidato Javier López Zavala, Marín también perdió al puñado de comunicadores que habían estado a su servicio pa’lo que se ofreciera. He aquí otro legado:
Nunca hay que manejar el presupuesto que el gobierno destina a la propaganda o publicidad, como si el dinero fuera propio o etiquetado para mantener a los empresarios vividores que se amparan en el poder de la prensa.
Desde el inicio de la administración marinista se escuchó el estruendoso tronido de los chicharrones del gobernador. Todo lo político se movía al ritmo de esos chasquidos. La Justicia y el Congreso local adquirieron la consistencia chiclosa que tiene el cuero de los marranos, según esta sonora y culinaria alegoría. Los diputados se transformaron en operadores del gobernador. Y casi todos los honorables miembros del Poder Judicial acataron sin rechistar las órdenes del jefe Marín. Ello incrementó el desprestigio del ejercicio legislativo así como la incredulidad en el sistema de justicia, fenómeno que creó el siguiente legado:
Además de la sordina a sus actos, sugerencias e instrucciones políticas, el gobernador tiene que fortalecer la separación de poderes. Dejar que los diputados representen al pueblo y que los jueces y magistrados honren su cargo.
Por razones de tipo personal, el resentimiento entre esas causas, Mario Marín se aisló de la gente del sector digamos que urbano. Nadie o casi nadie lo vio en los espacios donde las clases media y alta suelen convivir o utilizar para hacer vida social y buscar entretenimiento. Prácticamente desapareció para sólo dejarse ver en las zonas rurales. Su vestuario y algunos objetos personales fueron adquiridos en el extranjero o, en el peor de los casos para su fama pública, por catálogo o pedido en línea. Este talante lo aisló de los ciudadanos cuya opinión llega a formar lo que se llama el voto indeciso que define las elecciones. Semejante costumbre elitista produjo otro legado más, a saber:
Jamás te alejes de quienes son factores de opinión social e incluso mediática o demoscópica. Hacerlo podría influir en la derrota de los candidatos que lleven el sello del gobernante en turno.
Con este extraordinario legado, el gobernador poblano no puede darse el lujo de fallar. Tendrá éxito si respeta a la prensa escrita, al pueblo, la soberanía los poderes, el ejercicio pleno de la ley, los factores de opinión y la inteligencia de la sociedad. Ése podría ser su legado si quiere ser diferente a Mario Marín.
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