Marín y Doger vetaron a López Zavala y Blanca Alcalá para el Senado
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Hace algunos años fueron intensamente amigos.
Luego, como suele ocurrir, sobrevino un desencuentro.
Y luego otro.
Y otro más.
Total que a los amigos los cubrió el inevitable otoño de los desencuentros.
En pocas palabras: se hicieron enemigos.
Los peores.
Los mejores.
Y se enfrentaron con todo.
Enrique Doger, por ejemplo, buscó la caída de Mario Marín a como diera lugar, siempre en el contexto del affaire Lydia Cacho.
Como alcalde que era, todos los días descalificó a su amigo de antaño y lo llenó de sentencias brutales e ironías crueles.
En reciprocidad, Marín arremetió contra su ex amigo y le negó toda clase de participaciones económicas.
Uno, desde el Palacio Municipal.
Otro, desde Casa Puebla.
Los dos enfrentados con los fantasmas de antes.
El tiempo pasó y en la víspera del relevo gubernamental ambos se reunieron gracias a los buenos oficios de terceros.
El sitio del encuentro no podía ser otro: la ya otoñal y cada vez más fría y solitaria Casa Puebla.
Se saludaron como se saludan los amigos mutados en enemigos: con la mano extendida, férrea, distante, y sendas sonrisas de cartón.
El tono agrio se volvió gentil.
Ya lo sabemos: la melancolía del poder vuelve a la gente humana de nuevo.
Serios, pero amables, conversaron de los últimos acontecimientos políticos y convinieron pactar en aras de la civilidad.
Los dos cumplieron.
Pero ya era demasiado tarde.
“Cuando quisimos no pudimos”, pudo haberse llamado esta novela.
Nuevos días vinieron.
Doger votó a favor de la última cuenta pública de Marín y no lo crucificó en la tribuna del Congreso.
Antes ya había declarado que no dieran por muerto al ex gobernador porque podría regresar en el 2012 pero como senador de la República.
Luego de varios meses los amigos-enemigos se volvieron a encontrar.
Esta vez fue en el Camino Real La Vista.
En un privado.
Lejos de los ojos agoreros.
Cerca de un afecto que se niega a quedar en el pasado.
La charla giró sobre el tema del que hablan los políticos hasta en el baño: la política.
No podía ser de otra manera.
Y juntos, como en los buenos tiempos, compartieron el café y las claras de huevo a la mexicana.
Entonces vino la pregunta que siempre se guardó en el pozo de los deseos reprimidos: “¿Por qué Zavala y no yo?”.
La respuesta fue esquiva, pero crítica.
Y es que el ex gobernador se le fue con todo a su ex alumno favorito.
De hecho, ambos pactaron cerrarle los caminos a la Senaduría.
¿Y qué decir de Blanca Alcalá?
“Tú la conoces, Enrique. No es de fiar”.
La charla concluyó como terminan las charlas de los enemigos que quieren, otra vez, volver a ser amigos: con un abrazo parecido a un aletazo de caguamo y la promesa de volverse a ver, pero ahora con vinito, tequila y todos esos aguardientes que hacen que la amistad sea como un foco encendido en la noche del deshielo.