¿Moreno Valle vs Rivera?
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Si por prudencia o estrategia personal, el munícipe Eduardo Rivera García no ha conversado de política con Rafael Moreno Valle Rosas, necesita hacerlo pero ¡ya!, y muy seriamente. Mirarlo a los ojitos y sacar a cuento el tema de la Constitución centrándose en el municipio libre y la autonomía que establece el 115 constitucional. Además, ya entrados en esa dinámica de cuates bien informados y respetuosos de las leyes, ponerse a filosofar con él sobre la esencia del federalismo mexicano que es, precisamente, el municipio libre.
De hacer esta terapia o ejercicio entre democrático e intelectual, le aseguro al lector que Eduardo Rivera encontrará la solución al menosprecio que en apariencia le manifiesta el Ejecutivo. Esto porque empezaría a dignificar el cargo para el que fue electo, iniciando además lo que por miedo o precaución ha tenido que frenar para, como dice el clásico, no sacar boleto con el góber.
Según los manuales elaborados por los gurús de la política (reglas no escritas, dicen los priistas), Rivera se ha tardado en decirle a Rafael, que en la medida en que se fortalezca la figura del presidente de la ciudad capital del estado, en esa misma medida el gobernador podrá impulsar su proyecto político personal y público, ganándose además la confianza y reconocimiento de los panistas.
Quizás ninguno de los dos se haya percatado pero, como van, ambos podrían perder parte de su capital político. El alcalde porque parece sometido a la dura directriz de Moreno Valle. Y éste debido a que genera la impresión de conducirse excedido en el ejercicio del poder, actitudes que pueden llevarlos hacia los conocidos escenarios del desprestigio político.
Además de lo apuntado, se percibe otra circunstancia que también tiene connotaciones políticas graves tanto para ellos como para su organización. Si Eduardo Rivera falla como presidente municipal, la dirigencia del PAN argumentaría la falta de apoyo del poder Ejecutivo. Y si Moreno Valle fracasara o cometiera un acto contrario a la ortodoxia, también afectaría al PAN. De una u otra forma, pues, Acción Nacional saldría perdiendo dado que sus miembros han sido rebasados por los neopanistas, muchos de los cuales lo son porque su afiliación respondió a intereses políticos ajenos a la ideología de ese partido.
Por ello es preciso y urgente que Rivera dignifique el cargo para el que fue electo, posición que en Puebla lo convierte en el salvador del prestigio y proyecto de su partido. Empero, para su desventura o incomodidad, la única forma de hacerlo sería convenciendo al mandatario del estado. ¿De qué? Pues de que lo ayude y le permita a cumplir su misión partidista partiendo del respeto a la autonomía y autoridad municipales. Que no lo margine ni lo ahogue ni lo menosprecie ni lo omita. En este último caso, el ejemplo más ostentoso y reciente ocurrió en el acto de los 100 días donde, en vez del segundo plano que le asignaron, debieron ubicarlo en la misma fila en que estuvo Moreno Valle flanqueado de sus cuates del gobierno federal.
Lo que pareciera menor porque se trata de la disposición protocolaria en una ceremonia casi gubernamental, créame no lo es debido a que Rivera encabeza el Ayuntamiento de la ciudad capital, sede por cierto de los tres poderes del estado.
En fin, además de lo que significa presidir uno de los cabildos más importantes de México, Eduardo Rivera representa el prestigio y la historia de Puebla y los poblanos o, como se le llamó en el pasado, de la Angelópolis, ciudad en la que sus habitantes pelearon para obligar a la Corona española a respetarlos y concederles lo que en América fue el primer antecedente de autonomía.
Lo demás, respetado lector, es lo de menos.
Me refiero a la lucha que el alcalde lleva a cabo con los regidores “fuego amigo” y los de la oposición, escaramuzas en las que han intervenido, con la intención de atemperar, algunos panistas del primer plano nacional y una que otra vaca sagrada del panismo local. Eso, insisto, no tiene la trascendencia como para rasgarse las vestiduras o tirarse al suelo. No. Lo que necesita y precisa el Presidente municipal de Puebla, es que el titular del poder Ejecutivo le dé calor político y además le brinde el respeto que merece su investidura. Que lo considere su aliado en vez de verlo como si fuese un rival al que necesita mantener de bajo perfil, por no decir que aplastado.
Pero que conste: no se trata de la voluntad de un buen amigo o compañero de aventura política. No. El tema va mucho más allá de esos contentillos: respetar la Constitución, nada más.
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