Un sexenio de Luto
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Hace apenas una semana comentábamos en este mismo espacio la nueva escalada de violencia que se vive en nuestro querido México. Para todos fue sorprendente y triste ser testigos de la balacera en las inmediaciones del estadio Territorio Corona en Torreón en que se encontraban más de 20 mil personas; así como del asalto en plena luz del día en un centro comercial de Morelia.
Después de estos dos episodios en que el crimen organizado invadió espacios públicos altamente concurridos, se dio una balacera a las afueras de una escuela en Ciudad Juárez que mató e hirió a varias mamás que esperaban a la salida de sus hijos; después vino el terrorismo cibernético en Veracruz, cuando en redes sociales se alertó sobre la posibilidad de bombas en varios colegios lo que originó una gran psicosis entre los padres de familia que se movilizaron al rescate de sus hijos; y, finalmente, el jueves pasado, la muerte de 53 personas en un casino de Monterrey producto del incendio provocado por criminales que aparentemente, según las líneas de investigación hasta hoy, exigían a los dueños una especie de derecho de piso que se negaron a entregar, independientemente de las irregularidades, corrupción y tráfico de influencias con que operaba este centro de apuestas.
Pero antes de esto tenemos las fosas de San Fernando, de Durango, de Coahuila, del Estado de México y las que se acumulen en lo que resta de este sexenio; los múltiples secuestros, asesinatos y demás “daños colaterales”.
Si bien, se ha recrudecido la reacción del narco en su enfrentamiento por apoderarse de mayor territorio e influencia, afectando cada vez más a la población civil en actos de auténtico terrorismo, las reacciones gubernamentales y políticas siguen siendo las mismas de cuando inició ésta errática guerra.
Indignante escuchar a nuestros políticos lamentarse cada vez que se conoce de la muerte de mexicanos inocentes en donde las frases huecas no se hacen esperar: es un acto condenable, de barbarie, bueno hasta de diabólico ya lo catalogaron; no pararemos hasta encontrar a los culpables; se aplicará toda la fuerza del Estado; y por supuesto no faltan quienes llevan harina a su costal como López Obrador que siempre vincula estos hechos a lo que llama “mafia en el poder” y su ejército de innombrables y la consecuente petición de renuncia de los funcionarios de Gobierno Federal encargados del tema, etc.
Después viene el envío masivo de elementos de las Fuerzas Armadas y de la Policía Federal al lugar; las reuniones in situ y sin sentido del Gabinete de Seguridad y hasta la visita relámpago del Presidente Calderón. A ello se siguen los llamados de TODOS a la unidad nacional, lo que sea que eso signifique en este contexto electoral en que están enfrentados todos contra todos; la invitación a la ciudadanía a colaborar que más que eso es a aguantar la embestida delincuencial, la estupidez gubernamental y la insensibilidad e irresponsabilidad política en general.
Muchos ciudadanos se han unido en marchas en repudio a la violencia que estamos viviendo, sin embargo, lo que debemos realmente mostrarles a los encargados del Estado por mandato popular es que no estamos con ellos en la postura que han asumido, ni con su toma de decisiones, ni con sus discursos estériles y minutos de silencio, ni con su promulgación de tres días de luto cuando en realidad serán seis años de luto nacional, ni con su interés en las elecciones del 2012 cuando lo que nos preocupa es regresar con bien a nuestras casas, ni con sus pleitos congresionales y su promesa de más y mejores leyes o reformas sustanciales que son solo reactivas y siempre van detrás de lo que realmente se necesita, ni con sus destapes o encuestas. Si ellos no son capaces de darse cuenta de cuan alejados estamos ciudadanos y políticos o, simplemente no les interesa, hagámoselos sentir.
A unos días del quinto informe de Felipe Calderón y a medio mes para el festejo del Grito de Independencia en que no hay visos sobre lo que se pueda informar o lo que debamos festejar, les invito a hacer un vacío absoluto a estos actos: ni sintonizar el acto de autoalabanza que seguramente hará Calderón ni a participar de los festejos patrios organizados por el gobierno federal y estatales. Si ellos no pueden y no renuncian, lo menos que podemos hacer es dejarlos solos en sus actos y eventos de autocomplacencia y baños de pueblo.