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No esperemos que sea la Primavera Árabe; poco se le parece y poco puede parecérsele.
Tienen elementos comunes: las redes sociales, los jóvenes y el hartazgo.
Pero el enemigo concreto es distinto: en uno era un régimen político; en otro, los medios de comunicación y un candidato; ambos poderes, cierto, aunque distintos en su ejercicio.
Su consigna es distinta: en la Primavera Árabe era la democracia; en el movimiento mexicano es un grito contra la teledemocracia.
Este es un movimiento político de liberación mediática; es un movimiento contra un candidato y una televisora; un candidato de la televisora.
No solo contra la televisora, sino contra lo que representa; contra su complicidad, su encubrimiento, su génesis.
Tampoco surgió de la espontaneidad. Hay un tufo político inherente, imposible de no encontrarlo; tal vez necesario. Pero su trascendencia no se encuentra en quién lo creó, sino en quién lo sigue, quién lo alienta.
Es un movimiento difuso, vivo e ingenuo y en eso radica su grandeza.
No hay que descalificarlo.
Por lo menos hay que escucharlo y respetarlo.
Después de cien años de revolución la pobreza no ha desaparecido, ni tampoco la corrupción. Los caciques han cambiado de traje, pero no de gustos; ahora manipulan de distinta forma. Y de otra forma debían atacarse. Las redes sociales han sido la daga adecuada.
Más allá de contextos y significados, el movimiento existe, es nuestro, es de todos.
¿Triunfará?
Probablemente ya triunfó, porque apareció y ha puesto contra las cuerdas a los poderes fácticos.
Quien lo minimice se equivoca: este es un movimiento contra el espíritu del PRI y ese está herido de muerte.
Somos 132 y, más que un número, somos una sociedad
Si el movimiento fracasa, también nosotros lo haremos.
Los buitres esperan que caiga.
Hay que alentar el lado bueno del movimiento; su lado ingenuo, romántico, rebelde, democrático.
Y ayudarlo.
Y levantarlo.
De lo contrario, todos pereceremos en el barco en el que navega.
En el mar de la apatía que nos ahoga.