El PRD en el diván
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Hay una contradicción en quienes quieren que el PRD se comporte como la segunda fuerza política, pero no quieren que tenga trato alguno con Enrique Peña Nieto y su gobierno.
Es imposible asumirse como segunda fuerza si no se actúa como tal. No existe posibilidad de comportarse como fuerza política, sino desarrollando su papel de senadores, diputados, Jefe de Gobierno o Gobernadores del PRD.
Si el PRD quiere cumplir y aprovechar las preferencias que el electorado le otorgó, debe legislar y desarrollar las tareas ejecutivas que le corresponden. Entre ellas, no hay opción: debe interactuar con el Ejecutivo, porque forma parte del proceso legislativo y porque, en el caso del Jefe de Gobierno del Distrito Federal y de los Gobernadores, la ejecución de funciones se da dentro de una federación que necesita el intercambio de información y la colaboración entre Estados y la Federación y, en ella, el Jefe del Ejecutivo y el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas es Enrique Peña Nieto.
Asimismo, aunque lo nieguen, porque es la única forma de controlar al Ejecutivo. Sólo la interacción permitirá ejercer los mecanismos de control.
Por otra lado, hay un impulso de pleitesía en entender que mostrarse como la segunda fuerza política significa decir que sí a todo lo que propone el ahora Presidente.
En otras palabras, hay un erróneo entendimiento de parte de algunos dirigentes y seguidores del PRD que se comportan como comparsas del Presidente.
Olvidan que oponerse también es democrático. El papel del PRD se verá fortalecido si en verdad se opone a lo que debe oponerse y acepta y apoya lo que sea para el bien de la colectividad. En ocasiones dejan la sensación de que el Presidente del partido es parte del Gabinete y hace el trabajo sucio a Peña (como en la reforma educativa).
El PRD debe ser oposición. Por eso, si su respuesta automática a las acciones y propuestas del Ejecutivo es sí, perderá credibilidad electoral. Si su respuesta automática es no, perderá simpatía, porque parecerá extremista.
Lo mejor es que no haya una respuesta automática. Que sea un “analicemos”.
Por último, existen quienes piensan que el PRD es sólo un partido de vendidos, que no debe tener relación institucional con el Presidente Peña Nieto, de la misma forma en que se pretendió que no tuviera relación con Calderón, y creen que la respuesta automática del PRD a las acciones del Ejecutivo debe ser negativa y, sin oír razones, debe seguir siendo negativa por los siglos de los siglos.
Ello demuestra una contradicción con el mandato ciudadano expresado el 2 de julio. El PRD pidió el voto. No ganó la elección presidencial, pero ganó gubernaturas, la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, diputaciones y senadurías. Voltear la mirada y negar cualquier interacción con Peña Nieto significará dejarle el protagonismo a Acción Nacional y dejar de lado los mecanismos de control al Ejecutivo. Otros seis años, como con Calderón, en los que el protagonismo lo tenga la tercera fuerza electoral es una mala apuesta.
En otras palabras, lo que se pide al PRD, el partido de izquierda más importante, es que ejerza el poder. Es la opción más complicada, porque implica tener una relación política con Enrique Peña nieto, hacerlo negociar, controlarlo y legislar. Significa dejar atrás dogmatismos (de todo tipo), porque el ejercicio del poder no significa ni pleitesía, ni oposición obcecada. En la posición del PRD, significa hacerse mostrar como un partido de acuerdos, que no un partido de pactos sin contenido concreto.
Las posiciones que aprueban toda acción del ejecutivo, son demagogias escondidas bajo el manto de la institucionalidad.
Tan malas como los dogmatismos que niegan el ejercicio del poder.
De ambas debe alejarse el PRD, porque son como cantos de sirenas en la ruta de Ulises.