El Smartphone y el Manual de Carreño
joomla.2009
En el tecnologizado entorno en que vivimos hoy día, sobresale por mucho el panorama invadido por adminículos para “comunicarnos”, en especial los teléfonos celulares.
No hay rincón donde no veamos personas con la mano en la oreja sosteniendo un aparato de estos, o lo que es peor, vociferando y gesticulando frente a nosotros sin ningún pudor, lo que nos obliga a enterarnos, queramos o no, de las vicisitudes, desahogos, negocios y chismes ajenos, cuando no a escuchar a los cuatro vientos las preferencias musicales del interfecto.
La otra imagen asociada y quizá aún más omnipresente es la del individuo inclinado hacia su aparato en la acción de “textear”, quizá por resultar más barato que la llamada telefónica.
Sería ocioso reunir evidencia para ponderar las conveniencias del uso de los celulares, algunos de los cuales pueden conectarse a Internet, es decir, a la avalancha universal de imágenes, texto, información y conexión a las redes sociales al alcance de un click, como el marketing lo anuncia.
Pero aparejadas con esa imagen, existen también otras caras del fenómeno.
La más obvia es la mencionada agresión que se perpetra a la privacía, a la paz y al respeto de los circunvecinos al teléfono. Hay también otras más sutiles: parece existir un problema que va más allá de la simple adicción a la conexión que proporciona el celular. Se trata del temor a estar o sentirse desconectados, lo cual parece equivaler virtualmente a no existir.
Se llama “nomofobia” y es un trastorno de ansiedad creado por el celular, o más exactamente, a la falta de él. Por eso vemos a algunas personas sintiéndose desnudas, desvalidas, marginadas y preocupadas porque olvidaron su celular en casa, o se les agotó el crédito o la energía de su aparato.
Resulta en cierta forma cómico verlas en ese trance pero en realidad se trata de un fenómeno preocupante. Otra cara sutil de este asunto es la paradoja según la cuál estamos más comunicados que nunca (por la capacidad tecnológica) y más incomunicados que nunca (por la enajenación a la que nos arroja el uso desmedido de esa tecnología).
Lo ilustran unas cuantas viñetas como las que circulan por las redes sociales con todo y fotografías, y por experiencias propias. Primera: se ha reunido un grupo de amigos en un bar. En un momento dado todos están “texteando” con otras personas dando al traste con la reunión. Segunda: llegan cuatro muchachas en un coche a un puesto callejero de antojitos.
Las cuatro ordenan lo que comerán y acto seguido se colocan una al lado de otra, esperando que se cocine su pedido, y se quedan ensimismadas en sus teléfonos celulares todo el tiempo de la espera, sin emitir palabra alguna ni a sus tres amigas ni a nadie más, como suele ocurrir en esos lugares. Tercera: una pareja se cita en un restaurant para tener una cena romántica a la luz de las velas.
De repente uno de ellos o ambos reciben o hacen una llamada o un mensaje de texto que les provoca una sonrisa de la que el otro es completamente ajeno. Esto los ocupa por algunos minutos o bien se extiende un buen rato al responder al intercambio de una serie de mensajes entrecortando sin respeto alguno el encuentro. Si el del teléfono es sólo uno de los dos, el asunto es más grave aún.
Mientras, se murió la intimidad que se había creado antes de la irrupción del teléfono.
Cuarta: la mitad del grupo de prepa se cita en la playa al atardecer. Frente a la puesta de sol, en la que convergen el azul intenso del agua con la gama de amarillos y naranjas del sol poniente, la mayoría tiene la cabeza inclinada y sostiene cada uno un teléfono, aislándose por completo del glorioso paisaje y de sus compañeros.
Quinta: en una universidad ha sonado la alarma de sismo.
Todos dejan lo que están haciendo y salen de los salones y oficinas siguiendo la ruta de evacuación señalada para ir al punto de reunión. En la escalera viene bajando la multitud en forma mesurada aunque con una tensión latente pues todavía se ignora si existe un riesgo real o se trata de un simulacro.
En esa situación, digamos especial, la mitad de los que vienen bajando la escalera codo a codo con la otra mitad, están texteando! Habría muchas viñetas más, como la de los inconscientes que usan el celular (o peor, reciben o envían mensajes) mientras conducen su coche o las reuniones familiares groseramente saboteadas por los parientes que no sueltan su celular. Pero no hay porqué abundar.
Tremendas paradojas: comunicación-aislamiento, mundo virtual-mundo real. Y preguntas incómodas: ¿dónde termina uno y empieza el otro? ¿qué hace al amigo virtual más importante que el que tengo enfrente? ¿cabe la posibilidad de regresar a una vida sin conexión? ¿qué se gana y qué se pierde con la invasión tecnológica? ¿a dónde nos llevará esto? No conozco las respuestas.
Pero creo que la irrupción del Smartphone, con la innegable seducción que despierta y con su también innegable cauda de capacidades y funciones (hablo, tomo fotos, las comparto en redes sociales, bajo y oigo música, busco información, consulto al médico, me entretengo con jueguitos), inaugura -entre otras cosas – también la necesidad de replantear algunos aspectos de la civilidad y las buenas maneras, si no de algunos rubros del famoso y vilipendiado Manual de Carreño para las buenas costumbres, dada la magnitud de las faltas de respeto en que incurre el propietario del teléfono en contra del resto de la humanidad…..pero….perdón….debo interrumpir mi texto……….me está sonando el teléfono.
*El artículo expresa la opinión personal del autor, que es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla
**Este texto se encuentra en: http://textoscirculo.blogspot.mx/
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