Entre Obama y Peña Nieto (II)
joomla.2009
Es el 20 de enero de 2009.
El Primer Presidente de color en la historia de los Estados Unidos alza la mano y jura el cargo ante el Presidente de la Suprema Corte Americana.
El capitolio es el marco y dos millones de personas se acercan a ser parte de un hecho histórico.
En el mismo corredor, frente al monumento a Lincoln, Luther King había soñado con un país en el que un niño blanco y uno negro se tomaran de la mano como iguales.
Hoy es el día en que su sueño se cristaliza.
El acto es apoteósico.
Obama camina sobre la Avenida Pensilvania, la misma que recuerda el gesto más triste del hijo Kennedy.
La gente lanza vítores a Barack Hussein.
Es el hombre del cambio.
Todo es fiesta.
Pero hay un detalle.
El Presidente de la Corte cometió un error al tomarle el juramento.
El acto se repite en la intimidad que sólo las fotos y los videos mostrarán, pero que denotan la importancia del acto.
Veinticinco meses antes, un hombre entra temeroso a San Lázaro.
Sonríe con falsedad
Su gesto adusto refleja la incomodidad del momento.
Protesta el cargo de Presidente de México y se va como llegó: por la puerta de atrás.
Su sucesor no quiere lo mismo. Lo prevé.
Por eso se ha impulsado una reforma a la constitución (una raya más al tigre)
No importa que ahora San Lázaro sea tomado.
Ya no interesa la solemnidad del acto.
Lo que preocupa es la foto; la constancia de que se ha llegado al poder.
Peña Nieto podrá protestar en San Lázaro o en un baño.
¡Qué más da que no sea con la majestuosidad de Barack!
Entre la protesta de Obama y la de Calderón subyace la formalidad como pequeña similitud
A Peña le da igual.
No importa que se equivoque al protestar.
Llegar es lo más importante.
La forma es lo que menos le importa.