La izquierda y el 2018
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Llama la atención la expectación por el futuro de Marcelo Ebrard Casaubón, de cara a la elección de 2018, en que se elegirá a un Presidente que sustituirá a otro Presidente que ni siquiera ha asumido el cargo. Es un galimatías que encuentra su fuente en dos razones: Ebrard ha dado su último informe como Jefe de Gobierno de la capital del país y, por otra parte, muchos le miran como la mejor opción de izquierda para la candidatura presidencial en 2018.
Que en la izquierda se debata el futuro de Ebrard habla de una izquierda preocupada por las elecciones, pero no por el ejercicio del poder. Es un izquierda que no entiende (y no escucha) el “mandato” ciudadano que arrojó la elección de 2012. Es una izquierda que está pendiente ya no del ejercicio del poder como segunda fuerza electoral, sino del elector de 2018. Que MORENA busque convertirse en un partido político refuerza esta hipótesis.
Ello es una mala noticia para la transformación del país. Que los partidos se preocupen por las elecciones y el acceso al poder es normal, pero la izquierda mexicana está olvidando que no es cosa menor tener un tercio de los escaños en el Congreso y que tampoco es desdeñable gobernar a una cuarta parte de los habitantes del país a través de las gubernaturas que ostenta. Está olvidando ejercer el poder.
Preocuparse por el candidato de 2018 (ya sea AMLO, Ebrard o Juan Ramón de la Fuente) es una señal que desilusiona. La izquierda debería estar planteando (y sería lo más sano) cuál será su papel como oposición durante el sexenio que comenzará el 1 de diciembre, las reformas que quiere plantear a corto y mediano plazo en sede del Congreso y qué políticas públicas pretende impulsar en los gobiernos que encabeza. A partir de esa actuación, entonces sí, proyectar plataformas que impulsen a candidatos.
Se trataría, desde esta perspectiva, de impulsar un proyecto común de cara al 2018 basado en el ejercicio del poder y en el papel digno como oposición durante el sexenio peñanietista. La izquierda olvida que, por fraudes o por estrategias erróneas, se le ha negado la posibilidad de encabezar el Ejecutivo del país (para cuando termine el sexenio de Peña Nieto serán 30 años) y si quiere alcanzar ese objetivo, la única vía es la unión, lo que hay que repetir, aunque sea un lugar común.
Un escenario en el que AMLO y Ebrard (e incluso Juan Ramón de la Fuente) unan fuerzas, significaría un desafío mayúsculo, pero aseguraría, al menos, pelear con verdaderas posibilidades de triunfo en las elecciones de 2018, con miras a implementar un programa de transformación del país. Fuera de ello, lo demás sólo servirá para aupar a uno u otro candidato, sin posibilidades reales de éxito, y serviría para que, una vez más, se le encasille a la izquierda en el corsé que tanto gusta a analistas de escasa reflexión: el caudillismo.
Esta ecuación (una unión) puede conducir al sometimiento de Los Chuchos en el PRD, quienes controlan el partido, pero se niegan a ver que se pueden convertir en un actor político menor. El dominio de Los Chuchos en el PRD y la desunión de los actores ajenos a ellos significaría una debacle enorme para la izquierda, porque el PRD (con Los Chcuhos dominándolo) carece de líderes que puedan tener “arrastre” en el 2015 y en el 2018 (de ahí su coqueteo con Mancera). El resto de actores, enfrentados entre sí, carecen de la estructura y presupuesto que proporciona el paraguas perredista.
En este debate hay un reduccionismo cancerígeno: pensar en el candidato significa perder la fortaleza que, como conjunto, la izquierda puede tener. Pensar que AMLO simboliza la izquierda dura y que los Chuchos o Ebrard ofrecen una izquierda “moderada” causa risa y tristeza, porque reducir el debate al puritanismo de izquierda es la reducción de la izquierda misma, popular y incluyente per se.
El puritanismo de izquierda es absurdo no porque a unos u otros les falte razón, sino porque el electorado no se convence desde la distinción puritana. Las elecciones se ganan convenciendo al electorado medio y, en esa tesitura, el puritanismo tiene escasas posibilidades de éxito. En otras palabras, la izquierda debe aprender que las elecciones se ganan en el centro (con pragmatismo, si se quiere) y el Gobierno de izquierda, ese sí, se debe desarrollar desde la izquierda (pura en mayor o menor medida).
La pregunta es ¿Prefiere la izquierda a cualquiera de sus “pre-candidatos” o al PRI/PAN?
La respuesta debería ser casi automática, pero no parece serlo.
Los grupos de izquierda deben ceder al interior. Ceder al exterior (con el PRI o el PAN) sólo le desangrará.
Es la izquierda la que debe responder a su encrucijada.
En su solución encontraría su éxito.
En una respuesta equívoca hallaría su hecatombe.