miércoles, 03 junio 2026
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La prudencia (II)

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La prudencia (II)
STAFF PUEBLA ON LINE 2009 20 de noviembre de 2012
“No lo hagas si no conviene. 
No lo digas si no es verdad”
Marco Aurelio 
En el tiempo futuro, la prudencia tiene su papel capital. 
Proviene del latín procul videre, mirar en lontanansa, prever, anticipar los escenarios, eso es lo que debe hacer una persona prudente, es lo que aporta un consejero prudente.
Cuando es llamado a aconsejar a una persona, el consejero escucha y recomienda de acuerdo a escenarios, al menú de opciones que se desliza a partir de sus decisiones: a, b y c.
Previsión se le llama a la anticipación de escenarios.
Una persona prudente sabe de ante mano si tiene un mínimo de prudencia cuando piensa su decisión, la estructura y ve las consecuencias positivas y negativas.
No hay decisión en este mundo que esté inmune de efectos buenos y malos.
La persona prudente toma precaución, anticipa escenarios, prevé medidas cautelares que se deben adoptar para atemperar el rigor, el daño, el dolor de los efectos malos.
Siempre hay que mirar con sentido de circunspección. Expectare es mirar. 
 
Circunspectare significa mirar en círculo, ver todas las circunstancias que rodean a una decisión.
Antes de que nos puedan engañar, primero hay que ver, observar. 
En una oferta, hay que saber qué ofrecen: quién, cuándo, por qué, dónde, a qué precio, por qué medios, etcétera.
El asunto es complejo, pero es necesario para no ir a la ruina, a la banca rota. 
No hay que irse con el primer impulso, con la oferta. Lo importante es no dejarse engañar o embaucar, hay que averiguar todo. 
Cada circunstancia debe ser moderada. 
No siempre la primera opción es la mejor.
 
Hay que ser avezado, prudente.
No bastan los atractivos o alicientes, hay que ver las circunstancias. 
Se debe mirar hacia todos lados y luego tomar la decisión. 
¿Qué debe inclinar la balanza en una decisión?
La prudencia siempre elije entre bienes de distinta ponderación y entre males. 
Por eso, las decisiones prudenciales son complejas y difíciles, más que otras virtudes. 
El justo no tiene otro remedio que escoger entre el bien y el mal, no puede perderse. El prudente, en cambio, se queda perplejo, no sabe qué hacer, para dónde inclinarse. 
La intuición sagaz debe inclinar la balanza, esa voz que proviene más del corazón que de la razón, de la conciencia. 
Entonces, una vez que el corazón se alimenta de la recta razón, de los siete momentos descritos anteriormente se toma la decisión.
Paralelamente hay que identificar los tres principales enemigos de la prudencia: la avaricia, la lujuria y la depresión.
¡Cuántas locuras comete una persona llevada por su ambición de dinero, por la avaricia!
Esto es como un juego que nunca dice basta, siempre dice más, más y más, como el poder y el dinero. Una persona llevada por esta ambición está dispuesta a cometer cualquier imprudencia. 
La lujuria, dice Aristóteles, ciega, paraliza la capacidad de juicio. 
La prudencia necesita lucidez, perspicacia, inteligencia del amor. 
Cuando alguien se deja llevar por la lujuria, no ve otra cosa que la acuciante necesidad de satisfacer o poseer a la otra persona a como dé lugar, como las bestias. 
También está el que se deja llevar por una tristeza depresiva, que lo lleva al extremo de cerrar la puerta de la habitación por dentro, que se niega a llamar al médico y a elevar el alma desgarrada hacia Dios. 
Quien deliberada y culpablemente se deja llevar por esa depresión cometerá tremendas imprudencias, puede irse hasta el infierno, con el suicidio.
San Bernardo, doctor de la Iglesia identificó tres señales que permiten saber si una persona es prudente. 
¿Eres capaz de reconocer tus propios errores, culpas y pecados?
Sí así es, no es sólo señal de humildad, es señal de prudencia, de sabiduría.
¿Eres capaz de dar gracias y gloria a Dios? 
La alabanza y la gratitud son la típica señal de sabiduría. 
¿Eres capaz de pronunciar palabras de edificación de los demás?
Cualquier necio es muy diligente y prolífico a pronunciar palabras de destrucción, de la honra y del descrédito de los otros. 
La sabiduría se nota en la capacidad y en la habilidad que tiene una persona de pronunciar palabras de edificación de los demás. 
Por eso, la Virgen María es virgen prudentísima, trono de la eterna sabiduría, madre del buen consejo. 
Jamás se ha dicho que alguien en la tribulación, en la angustia, en la perplejidad, en el desvalimiento, haya sido rechazado.
Ella está siempre presente, cerca de Dios y si le pedimos con humildad nos ayudará, para saber qué decir o qué hacer.
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Staff Puebla On Line 2009
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