Lejana orilla
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Santorum y su mujer hablaban sobre el debate en Michigan; se lamentaban, se reconfortaban. Una entrevista desnudaba el trago amargo del político estadounidense.
Él fue un aspirante republicano a la candidatura que quedará en manos de Mitt Romney, quien pretende disputarle a Obama la Presidencia de los Estados Unidos.
Michigan fue uno de los muchos debates celebrados entre los republicanos.
Por supuesto, nada tiene que ver con lo que sucede en nuestro México, donde históricamente los debates electorales han sido monólogos divididos en secciones de cinco minutos y sin discusión de ideas.
Y parece que así seguirán, ya sin hablar del número de debates, que es un asunto vergonzoso. En un país en el que la campaña dura mucho más que lo que marca el calendario electoral, los candidatos de los diferentes partidos debatirán solamente dos veces.
Existen 31 Estados y un Distrito Federal, somos 120 millones de mexicanos, ávidos de información y de democracia, pero los señores candidatos no pueden “desgastarse” en debatir y que conozcamos sus propuestas. Y la autoridad los solapa.
El candidato que hoy quiere los debates, ayer los despreciaba. Tiene razón en que las televisoras y el gobierno le atacaban. Nadie lo duda (¿o sí?) Pero debería aceptar que no debatir en 2006 también le marcó y que en eso se equivocó. No más; no menos.
Por su parte, el candidato que hoy no quiere debatir, Enrique Peña Nieto, minusvalora al pueblo de México, porque: la gente se está percatando que huye del debate (su imagen es de una persona “corta”) y que la Televisora más importante del país le apoya descaradamente, lo que pretende ocultar él y la televisora (ingenuos ellos) y solo una turba de seguidores fieles y obcecados dejan pasar por alto. Sus spots, por ejemplo, son réplica de una campaña de la misma televisora, lanzada hace ya muchos meses. Burdo, por donde se le quiera ver.
De la candidata del PAN poco habrá que decir. Muere de sí.
El punto es que llegamos al mes de mayo con nulo debate, con campañas basadas en el spot, el dinero y en la concentración masiva que poco dejan a los candidatos, pero que sangran al electorado.
¿La autoridad electoral? Ella nada en el Mar Muerto, donde basta salir a flote y eso con muy poco se consigue.
Hay dos perjudicados en esta historia: el electorado, que no conoce a los candidatos, sus ideas, y a quien se le ningunea; y también es damnificado ese impulso de democracia mexicana que no termina de fraguar, cada vez se ve más alejado de la orilla que parecíamos alcanzar. La orilla en la que, con todas sus imperfecciones, un tipo como Santorum, tan impresentable él, puede debatir y exponer sus ultraconservadoras ideas. No solo puede debatir; también debe.
Pero eso allá; en aquella orilla.