Los cruces y las cruces
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“Pocos ven lo que somos, pero
todos ven lo que aparentamos”,
Maquiavelo.
Entonces hubo muchos muertos, una que otra difunta y corrieron ríos de lágrimas por la patria y por los maridos o amantes perdidos.
Miles de maldiciones contra el invasor y miles de agradecimientos por su presencia. A los jóvenes y adultos de aquellos tiempos les hervía la sangre para unirse al extranjero o para combatirlo.
La patria que hoy tenemos no se construyó ayer; tampoco es el resultado de la acción de una sola generación. Es el producto de siglos de participación de todas las generaciones, desde la etapa precolombina hasta nuestros días.
Hoy celebramos el sesquicentenario de la Batalla del 5 de Mayo en la que los soldados de diversos pueblos y entidades defendieron a la nación del invasor francés.
En 1862 todavía no transcurrían ni dos décadas de que la república había perdido la mitad de su territorio en manos de la potencia emergente que ahora conocemos como USA. Dolió tanto que equivalía a perder la mitad del corazón.
En ese año, más de un norteamericano pensaba que era el momento de expandirse y adueñarse de la otra mitad de México.
Por esa razón, los vecinos del norte, celebraron que fuera derrotado el más poderoso ejército, el francés, pues se abría una rendija de posibilidad para sus intenciones expansionistas.
No hay que entrar en los detalles de la historia que muchos cronistas e historiadores han traído al presente.
Por varias razones nos ennoblece celebrar ese triunfo de Ignacio Zaragoza Seguin.
Los liberales encabezados por Benito Juárez se regocijaron por esa corona de laurel obtenida.
Los conservadores, en su mayoría, pobladores de esta ciudad de Los Ángeles, seguramente entristecieron por ese hecho porque no podían ver ni en pintura a sus adversarios.
Ahora en 2012 el gobierno que no es heredero de los liberales celebra con fasto y fiesta aquella epopeya. ¡Oh paradoja!, los liberales de capa caída no festejan, pero tampoco niegan el triunfo de Zaragoza ni la organización de los propios festejos.
¡Qué importa!, ni los liberales ni conservadores de hoy son responsables de lo que entonces sucedió.
Al fin y al cabo, como algún autor dijo, y lo repiten frecuentemente, los de un bando y de otro, con palabras o con hechos, las ideologías han muerto. Los desencuentros dividen al pueblo, aún cuando en realidad, la esencia y sustancia misma de la existencia de los partidos es pluralidad y no totalidad.
En el fondo, hoy como ayer, y como será en el futuro, lo que importa es tener el poder y desde él celebrar los triunfos que un 5 de mayo obtuvieron los mexicanos enlistados en un bando o en otro.
Pero bueno, no hay que negar que celebrarlo es una obligación, sin importar ideología o bando, pues si no se hubieran organizado los festejos entonces sí habrían existido condenas y rasgamientos de vestiduras.
Por eso, qué bueno que se celebran a los héroes, inmersos en un mar de conflictos, en un océano de contradicciones, en un contexto actual de tragedias que envuelven a gran parte de la población que no vislumbra ni presente ni futuro.
Sí, millones de pobres, de marginados, de condenados para padecer toda la vida, pero ese es su problema.
Lo que importaba era celebrar el sesquicentenario.
Encabeza los festejos el Presidente Felipe Calderón Hinojosa, así como en el centenario estuvo presente el mexiquense Adolfo López Mateos.
En 1962 se inauguró la autopista México-Puebla, de 130 kilómetros, de cuatro carriles y con más de una decena de puentes.
Hoy, como en el centenario, también se inauguraron muchas obras en todo el territorio poblano.
La mayor parte de los poblanos celebran que el gobernador Rafael Moreno Valle haya organizado esta conmemoración con un programa de obras y actividades de corte nacional e internacional.
Las actuales generaciones, testigos de estos grandes acontecimientos habrán de platicarlo en el bicentenario: un gran gobernador, con visión de futuro, supo homenajear a Zaragoza y a sus soldados que defendieron a la patria.
En otro espacio será bueno dar testimonio de cómo el Ejército Mexicano no sólo estuvo integrado por zacapoaxtlas o xochiapulcas y tetelenses, sino por muchos soldados de Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Morelos, Tlaxcala y Veracruz.
Entonces, el alto clero, de las pocas diócesis que existían, simpatizaba con la invasión o la rechazaba.
El cabildo eclesiástico tapatío organizó una gran manifestación en contra de la intervención francesa. Por ese hecho, el Presidente Benito Juárez, el 30 de agosto de 1862, al decretar la desaparición de los cabildos, exceptuó al cabildo de Guadalajara.
Entonces, la Puebla de los Ángeles, después llamada de Zaragoza, era una ciudad de apenas 150 mil habitantes.
Por los ríos Alseseca, San Francisco y el Atoyac aún corría agua cristalina. El templo de El Carmen estaba a las orillas de la ciudad y tenía su propio panteón.
El obispo Juan de Palafox seguramente miraba su catedral y su ciudad con gran preocupación por la lucha fratricida y por la invasión del poderoso.
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