No es el nombre
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Felipe Calderón se despide con una broma de mal gusto: quiere cambiar el nombre al país y que sea sólo México, así de simple, en lugar de Estados Unidos Mexicanos.
Habrá quienes estén a favor de lo propuesta de Calderón y están en su derecho. Lo cuestionable es el cambio per se y el momento de presentarlo.
La nota periodística es lo más importante para Calderón y piensa que, en estos días, es mejor que la gente se distraiga discutiendo sobre el tino de cambiar el nombre del país.
Al Presidente le estallan en las manos asuntos de mayor calado, como la situación económica del país y la crisis en materia de seguridad pública (el ámbito que atrajo la mayor atención de Calderón y su equipo).
El Presidente quiere que se pase por alto que su Secretario estrella y su supersecretaría de Seguridad tendrán como colofón de sexenio una patada en el trasero, cortesía de su Majestad, Enrique I.
Las reformas que emprende el peñanietismo no hacen sino confirmar lo que sólo los obstinados calderonistas defienden: el desastre en materia de seguridad, que bien se manifiesta en el atentado contra diplomáticos estadounidenses. La investigación, los desmarques y las acusaciones entre las instituciones de seguridad pública del país son reflejo de la política en materia de seguridad. Una catástrofe.
En política las coincidencias son pocas y el arranque reformador del Presidente es solo un distractor. Si el Presidente tuvo seis años para proponer un cambio de nombre (no menor, pues el simbolismo es trascendente), ¿por qué proponerlo en su momento más débil?
Calderón hace esta propuesta justo en el momento en que todo lo que realiza causa risa y se ve con poca seriedad. La primera pregunta, y tal vez la más importante, es si al Presidente ¿no se le ocurrió otra cosa para acabar el sexenio?
El cambio es banal, no en sí mismo, sino en relación con otros cambios. Hoy que el país se ha desangrado con 60 mil muertes entre narcos (es claro) e inocentes (también), todos ellos mexicanos, la única lógica para el cambio que propone Calderón -fuera de la mediática- es que a “sus” 60 mil muertos, aquellos que se le atribuyen a su errónea estrategia, sean de otro país, de uno que ya no exista, de uno que ya fue.
Pero a Calderón la historia lo ha juzgado muy pronto.
Por eso está listo para huir.
Es como Echeverría: puede que nunca pise la cárcel, pero el ostracismo será su guarida natural.
Sería mejor que Felipe empiece por cambiar su propio nombre. Le propongo uno, tan largo como el que ahora tiene: “el Presidente que intentó hasta el último momento”.
Sólo eso: intentó.
TIEMPO EXTRA:
THE OATH (NY: Doubleday, 2012) es una obra de Jeffrey Toobin que analiza la relación entre el Presidente Obama y la Corte Roberts, marcada desde el primer instante en que se convirtió en el cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos de América. Desde el juramento mismo.