RMV llegó como demócrata pero se convirtió en un autoritario del pasado
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En noviembre del año pasado, el gobernador Rafael Moreno Valle asistió como invitado a la fiesta de cumpleaños del líder panista en la cámara de diputados federal, Luis Alberto Villarreal, en el rancho de un influyente empresario en San Miguel Allende, Guanajuato.
El mandatario poblano arribó a una pista de aterrizaje cercana a bordo de un Learjet desde donde descendió para subirse a su helicóptero Agusta que ya lo esperaba para trasladarlo al lugar del festejo. Ahí, bajó para tomar el asiento de atrás de su suburban negra, escoltada, a fin de atravesar de la calle a la puerta principal.
Éste es el Moreno Valle que no escatima absolutamente nada en su comodidad, imagen y seguridad personal. El mismo que, en cambio, es capaz de amarrar la más importante inversión extranjera de la historia de Puebla: más de mil 200 millones de dólares en la instalación de la planta automotriz alemana AUDI.
Las dos caras de un gobernador que llegó con la más alta aceptación popular, pero que sus desplazamientos aéreos de su casa al trabajo lo alejan de los problemas cotidianos de los poblanos que padecen el estrangulamiento de sus obras que traerán, sin duda, beneficios palpables, a mediano y largo plazos.
Es un gobernador que perdió piso social. El jefe político que a sus incondicionales les dispensa toda clase de privilegios, mientras que a sus críticos la horca y el cuchillo.
Su gobierno ejecuta el encarcelamiento de un ex alcalde de Palmar de Bravo, Pedro Barojas, por un presunto peculado de 750 mil pesos, mientras que al edil de Tlatlauquitepec, Porfirio Loaeza, destituido por el Congreso por un desfalco de 19 millones de pesos, lo mantiene en el cargo y hasta le consigue la denominación de “Pueblo Mágico” a su municipio.
La diferencia es que Barojas es operador de su odiada, la panista Ana Teresa Aranda, y Loeza es un incondicional de su causa. A los amigos, la Ley y gracia, a los enemigos, la Ley a secas.
Luego de tomar posesión, desintegró secretarias fusionadas para hacer más eficiente el aparato administrativo y obtener ahorros por 250 millones de pesos, pero que dos años después volvió a unirlas “para acabar con la ineficiencia y obtener economías por 70 millones de pesos”.
Moreno Valle ordena el despido de más de 7 mil burócratas porque hay que cuidar el erario, pero los funcionarios de primer nivel de su gabinete gastan a manos llenas, obtienen espléndidos bonos y algunos hasta cocinero tienen para atenderlos en las “agotadoras jornadas”.
El gobernador estableció desde su primer día de mandato que nadie estaría por encima de la Ley, pero carece de permisos de obras y recurre a la demolición del patrimonio arquitectónico para transformar una zona del centro histórico en un atractivo turístico mundial.
Esta dicotomía también se percibe al interior del gabinete. La burbuja original morenovallista fue desplazada por una corte de aduladores que para todo resaltan su grandeza con el clásico “sí, señor”.
En pocas palabras, llegó como un demócrata y se ha convertido en lo que tanto prometió combatir: autoritario del pasado.
Los contrapesos ya no pesan.
Este análisis contiene pinceladas que van dibujando un nuevo Maximato en Puebla.