¿Por qué no existe vacuna contra el ébola?
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Desde que se descubrió en 1976, el virus del ébola no había matado a más de 431 personas en un mismo brote
El País informa que la actual epidemia de ébola, que se originó en diciembre de 2013 es, según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la emergencia de salud pública más severa de los tiempos modernos. “El mundo está mal preparado para responder a cualquier emergencia sanitaria sostenida y severa, como la del ébola”, ha afirmado la directora general de la OMS, Margaret Chan. Nunca en nuestra historia más reciente un virus de nivel 4 de bioseguridad -el máximo existente- había infectado a tanta gente, a tanta velocidad y en un área geográfica tan extensa.
Desde que se descubrió en 1976, el virus del ébola no había matado a más de 431 personas en un mismo brote. Sin embargo, el escenario actual es muy distinto. Según el último recuento realizado el 10 de octubre por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de EEUU, (CDC) el actual brote de ébola ha alcanzado 8.399 casos, cobrándose 4.033 vidas. Y esto solo en África Occidental. Ahora se suma un brote no relacionado en la República Democrática del Congo con 70 casos y 43 muertes, así como la aparición del primer caso de transmisión en Estados Unidos y en España, tras haber dado positivo una de las auxiliares de enfermería que atendió a los dos misioneros repatriados, que fallecieron.
Cuando un virus de estas características se descontrola, la población suele preguntarse si existe un tratamiento preventivo (como las vacunas), o terapéutico (como la mayoría de los fármacos). Y es complicado entender por qué no existen. Sin embargo, eso no significa que no se lleven años investigando en distintos prototipos de fármacos o de candidatos vacunales.
Entre las múltiples vacunas experimentales que existen, a día de hoy hay dos que han tomado un sprint vertiginoso para llegar lo antes posible a África. Una es estadounidense, cAd3-ZEBOV, y está siendo desarrollada por la farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK) en colaboración con el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos (NIAID); la segunda, rVSV-ZEBOV, ha sido impulsada por la Agencia de Salud Pública de Canadá, aunque la licencia de comercialización es propiedad de la empresa estadounidense NewLink Genetics, de Iowa. Ambas comenzaron su andadura hace más de 15 años en los laboratorios de Gary J. Nabel en el NIAID y de Heinz Feldmann en la Universidad de Manitoba en Canadá. Como refleja su publicación oficial en la revista Nature, la vacuna americana ya protegía macacos en 2000 y 2003, aunque ha sufrido distintas modificaciones hasta el pasado septiembre. La vacuna canadiense consiguió resultados parecidos en junio de 2005. Pero, ¿por qué entonces no están disponibles todavía para humanos?
Una explicación es la financiación. Esta es una enfermedad que ha matado a unas 4.000 personas en 38 años, cuando, por ejemplo, la tuberculosis mata a unas 3.500 al día. Y esta cepa actual del virus, la más mortífera, se ha topado con un entorno global de crisis y recortes. Según el doctor Francis Collins, director del Instituto Nacional de Salud americano (NIH) en declaraciones al Huffington Post, si no fuera por los recortes “podríamos estar un año o dos por delante de por donde estamos ahora, lo que podría haber marcado la diferencia”.
Pero también hay otros motivos. Según José Esparza, estandarte del desarrollo de vacunas contra el sida desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Fundación Bill y Melinda Gates, antes de esta epidemia “no se tenía el sentido de la urgencia y no era fácil obtener evidencia de efectividad en humanos”.
La evidencia de efectividad es un factor crucial. Para probar la eficacia de una vacuna es necesario que la enfermedad esté activa. Muchas dolencias, como el sida o la malaria, tienen una prevalencia y una tasa de infección activa elevadas, lo que significa que es posible realizar pruebas de eficacia en el terreno. En el caso del ébola, a pesar de que haya habido 34 epidemias desde 1976, ninguna de ellas ha desatado la urgencia de la actual. Estos brotes nunca se han podido predecir y su número de infectados tampoco ha llegado a ser, hasta la fecha, suficientes para testar una vacuna.
Aun así, cuando una vacuna para cualquier enfermedad demuestra eficiencia en modelos animales, se estima que quedan alrededor de 10 años para que llegue a comercializarse en humanos, debido a que existen tres grandes fases de ensayos clínicos en humanos que deben pasar con éxito. En la fase 1 se estudia en pacientes sanos la seguridad y las dosis adecuadas. La fase 2 amplía el número de pacientes para estudiar de nuevo seguridad y en la fase 3 se estudia la eficacia en un gran número de afectados. “Cada fase dura al menos seis meses, y lo típico es que sea un año” señala John Aponte, investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona, que trabaja en el desarrollo de vacunas frente a la malaria. Y prosigue: “A ello hay que añadir el tiempo que se demora en diseñar los protocolos y analizar los datos, en que se suele tardar un año o un año y medio. Si quieres probar distintas dosis, o el volumen que inoculas, cada ensayo supone un año y medio. Por eso una vacuna se demora tantísimo en producirse”.