Solidaridad selectiva
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Lesly Mellado May
Llevé unas latas, yo deposité en el banco, te juro que intenté adoptar un niño pero me dijeron que no se puede, yo le hablé a un amigo haitiano para preguntar si su familia estaba bien.
Así somos los mexicanos. Corrió solidaridad, letras y angustias en todos lados porque nuestra SEP, las televisoras, pues, nos contaron y recontaron la tragedia en Haití por el sismo.
Pero Haití ya era una tragedia antes del terremoto, igual que Hueytlalpan y Eloxochitlán, municipios poblanos que según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo tienen el mismo bajo índice de Desarrollo Humano; en palabras cristianas: la gente no tiene un ingreso digno que le permita tener buena salud y educación.
¿Alguien se conmovió? No, porque la tele nunca nos dijo que ahí, en esos tres sitios tan lejanos hay condiciones de pobreza e insalubridad que ofenden.
Mientras las televisoras hacían alarde de la solidaridad mexicana, en los diarios se publicaban férreas críticas a la “solidaridad selectiva”, en pocas palabras, a la hipocresía de este país que llora por Willy y Cabañas pero ni se inmuta por una de las raíces de la violencia que nos acosa: la pobreza.
Recordé que al ingresar a la universidad tuve como vecinos de salón a unos haitianos; los poblanos descendientes de los Ángeles procuraban mantenerse lejos. Y esos mismos que teniéndolos junto no les regalaban ni siquiera un saludito (vaya, ni un ligero movimiento de cabeza) ahora sí fueron a dar un donativo para los “hermanos” de la isla.
Hubo quien hasta intentó adoptar un niño haitiano, pero no se pudo, porque como todavía no saben si son huérfanos de a deveras o si un día aparecerá su familia a reclamarlos, pues no los pueden entregar a almas caritativas mexicanas.
(Recordé un cuento de Enrique Serna sobre una solterona de primer mundo que un día extraviado miró una trágica escena en la televisión: un niño desamparado por el sismo de 1985 en la ciudad de México. Así que pidió vacaciones y llegó a la capital de país para pasar varios días en busca de “Roger” -así lo bautizó ella- para adoptarlo).
Confieso, lo más que hice fue hablarle a quien fuera mi vecino de salón para preguntarle si su familia estaba bien. Me respondió que ahora viven en Canadá y que nada malo les ha ocurrido.
Confieso, aunque siempre fui muy saludadora con él y un tiempo su consultora en español, nunca tuve la decencia de preguntarle por su país, quizá porque en esos años recorría la sierra norte y la mixteca escribiendo de la miseria y la riqueza, la misma de la que él huyó. Tan lejos y tan cerca.
Los agravios de la muerte
Este domingo murió Tomás Eloy Martínez. Retomo una frase que escribió sobre su amigo, el entrañable Augusto Roa Bastos: “Es una muerte que me agravia en primera persona”.