Hacer del amor una misión
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La modernidad de nuestros tiempos parece haber enmarcado hoy un modo de vida mucho más práctico y proclive para la interacción humana; el desarrollo tecnológico ha derivado en una serie de opciones y soluciones que facilitan y resuelven la convivencia al posibilitar atender de manera expedita y oportuna varios de los asuntos personales y profesionales que el día a día nos demanda.
La modernidad de nuestros tiempos parece haber enmarcado hoy un modo de vida mucho más práctico y proclive para la interacción humana; el desarrollo tecnológico ha derivado en una serie de opciones y soluciones que facilitan y resuelven la convivencia al posibilitar atender de manera expedita y oportuna varios de los asuntos personales y profesionales que el día a día nos demanda.
En fracción de segundos podemos estar en contacto con personas que habitan en el otro lado del mundo y compartir información con sólo un “clik” desde el dispositivo móvil; pareciera que los avances tecnológicos y el desarrollo en los mismos han generado un oportuno escenario para facilitar la vida personal y profesional, sin embargo la gran paradoja es que, aparejado a todas estos avances, vivimos también una oleada de incomunicación personal, de gran vacío existencial y de soledad sobreinformada, ¿qué nos ha llevado a esta tensión que coloca hoy por hoy la comunicación humana en dos polos completamente opuestos?
La reflexión respectiva hizo eco en mi cabeza y resonó en mi corazón, mientras escuchaba el mensaje que el Dr. Fernando Fernández Font SJ, Rector de la Universidad Iberoamericana Puebla, compartía con los asistentes a la Ceremonia de Graduación de los alumnos de Licenciatura, celebrada hace unos días.
“Ser persona es vivir en plenitud, compartir lo que se es y comprometerse, ser consciente y responsable de lo que se dice, se hace y se actúa, traducirlo en una mayor capacidad para decidir; agradeciendo la vida como un don”; así expresaba el Padre Rector el desafío de la convivencia humana.
Vivir en plenitud no implica estar todo el tiempo felices o en paz, sino reconocer primeramente que cada uno de nosotros posee una alforja donde atesora lo que es, y ésta se ha llenado no sólo de lo que somos y tenemos sino también de lo que hemos compartido y de quienes nos han acompañado en nuestro peregrinar. El primer paso es reconocer de que está llena nuestra alforja, con quien la hemos llenado, de qué y para qué la hemos llenado; ser conscientes delo que somos, aceptarlo, reconocerlo y, sobre todo, agradecerlo.
Experimentar la amistad y el amor es parte de nuestra condición humana, y sin duda un regalo para nuestro crecimiento como seres humanos; el amor ethos, filios, agápe o en cualesquiera de sus acepciones es una posibilidad de mirarnos a través de los ojos de los demás; no es casual entonces que la definición de amistad se aluda a significados como “ame cum” siempre al lado de, o “animi custos” guardar el alma.
La formación profesional juega un papel clave en este desarrollo personal, sobre todo cuando ésta posibilita espacios para la convivencia y la conciencia de la realidad; cuando a través del diálogo, la tensión y los desafíos del ambiente de aprendizaje se adquiere una visión trascendente del mundo, una mirada crítica sobre lo que ocurre que potencia la búsqueda de la verdad teniendo como centro de acción a las personas y a los medios justo en esa dimensión: como vehículos de acción e intermediarios. Sin duda para que el desarrollo de la persona se de en plenitud, el complemento ideal es experimentar la amistad y el amor.
Ser persona implica también (re)descubrir un par de dones más: la palabra y el conocimiento. La palabra alude a la fe a confiar, es decir fiarse en el otro, por el otro o a través del otro, entendiendo al conocimiento como una forma de trascender a la realidad, como esa mirada estratégica que permite dar lectura de forma más integral al mundo y todo cuanto nos rodea. Caminar del conocimiento a la palabra, de la mirada crítica e integral que nos permite entender la realidad a la relación con uno mismo y con los otros, teniendo como fundamento el amor.
El amor es el primer regalo que nos constituye como personas, es un obsequio otorgado desde que somos concebidos y que experimentamos a lo largo de la vida; el amor suele confundirse con la codependencia o el hedonismo; se exponencia y desvirtúa a través del consumismo y el materialismo; sin embargo la manifestación más amplia del amor nos lleva a experimentar la libertad, el respeto, la confianza, la prudencia, la tolerancia, la paciencia; libres de ataduras y egoísmos el amor genuino nos mueve a interesarnos genuinamente por el otro tal como es, y se aprende a experimentar a través de la inspiración, el afecto y el agradecimiento; agradecer es por ende reconocer y es el primer paso para tender al otro, para experimentar la caridad y el amor.
Cuando el ser humano logra vivir y experimentar la libertad en lo que hace y decide, es capaz de vincularse de forma más amorosa consigo mismo y con los demás, es entonces el momento ideal para ponerse al servicio de los otros, así, de manera natural, llega la oportunidad de crecimiento y desarrollo personal, esa es la llamada del amor y es el momento indicado para hacer del amor, más allá de un sentimiento o de una decisión, un camino, una filosofía de vida, una misión.
La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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