La Franja, Puebla, contaminada por intromisión de los políticos
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Años de malos resultados en el Puebla de la Franja se explican por la intromisión de los políticos, quienes han visto en el fútbol local una vía rápida para hacer negocios, intentar mejorar su malograda imagen o legitimarse ante una sociedad harta ya de los vicios y corruptelas en el servicio público.
Política y Fútbol, fenómenos sociales de orígenes y reivindicaciones excluyentes, hoy se encuentran unidos en una simbiosis que en los hechos no ha sido más que la receta para el desastre.
Ni los políticos han logrado su cometido al prostituir el balompié, ni en lo deportivo se han dado los resultados que se esperaban con el apoyo del dinero y la estructura del poder público.
Todo lo contrario.
Otra vez el fantasma del descenso, la frustración social y el tiradero de dinero que en buena medida tiene su origen en el pago de impuestos ciudadanos.
Penoso.
El tema no es nuevo, pero ha llegado ya a niveles de auténtica desesperación.
Desde aquellos oscuros tiempos de Piña Olaya, cuando el guerrerense gobernador de Puebla siguió el mandato de Televisa y para evitar una madriza mediática en su contra, emprendió una guerra sin cuartel contra Emilio Maurer y el equipo, que lo obligó inclusive a jugar como local fuera del estadio Cuauhtémoc.
Una vez consumada la estrategia de sacar a Maurer de la Federación, con cárcel de por medio, Piña tuvo mucho que ver en la venta del equipo a dos títeres del consorcio televisivo como lo fueron aquellos hermanos Thoma Kiwus, quienes protagonizaron una de las etapas más oscuras del fútbol poblano.
Luego llegó Bartlett y con la consigna de borrar cualquier cosa que estuviera relacionada con su antecesor, obligó moralmente a su constructor consentido, José Abed Rouanett, a quedarse con el equipo.
Abed, sobra decirlo, se quedó con los más atractivos contratos de obra pública de aquel sexenio.
El ridículo fue mayúsculo: se modificó el color de la tradicional franja azul a naranja, los colores distintivos de la constructora del entonces nuevo capo del fútbol poblano y el equipo ocupó el último lugar de la tabla en aquel penoso torneo 95-96.
Luego Melquiades, ya como gobernador, tuvo mucho que ver en el proceso de convencimiento para que los empresarios Francisco Bernat y Enrique Regordosa se quedaran con semejante papa caliente.
Por debajo del agua, el gobierno de Melquiades generó siempre esquemas para inyectarle recursos al Puebla, lo que no fue suficiente para evitar los dos descensos que caracterizaron la patética era Bernat.
El desaseo en el manejo financiero del club y la desesperación de los socios, entre ellos ya la famosa “chiquillada”, le abrió la puerta a la compra del 49% del paquete accionario del equipo por parte de Mario Marín, a través de Ricardo Henaine.
La inyección de dinero público fue en esta ocasión descarada y sólo generó el encono y la división entre los socios.
Bernat, encarcelado por Henaine por presuntos malos manejos, no tuvo más remedio que “vender”, dejando el control absoluto del fútbol local en manos del marinismo.
Y en este contexto llegó la transición política a Puebla.
En su discurso de toma de posesión como gobernador, Rafael Moreno Valle etiqueta a Henaine como enemigo personal del nuevo régimen y así comienza un estira y afloja de dos años que culmina con la salida de facto del “empresario”.
El socio minoritario del Puebla, Jesús López Chargoy, se convierte entonces en el alfil del gobernador para tener el control absoluto del equipo.
Constructores consentidos en la gestión de Enrique Agüera, los hermanos López Chargoy le entran al quite e inyectan recursos gracias a la intermediación del hoy ex rector.
El gobierno de Moreno Valle adquiere un súbito interés por el fútbol.
Se le da forma a un ambicioso proyecto de remodelación del estadio, Puebla se convierte en sede del premundial Sub 20 de la Concacaf y la asistencia del gobernador y su equipo más cercano se vuelve casi una constante.
Aún así, en lo deportivo, el ridículo continúa.
Y puede ponerse peor, gracias otra vez a la cochina política.
Nada bien cayó en Casa Puebla la candidatura de Agüera y serán los López Chargoy quienes sufran parte de las consecuencias.
Por presiones de muy arriba, Carlos Hugo López Chargoy decidió sorpresivamente retirar su participación accionaria del equipo y refugiarse en su otro club: el San Luis, lo que sin duda deja a su hermano en una situación económica francamente complicada.
Además, se maneja con insistencia que a partir de la próxima campaña el Puebla tendrá que pagar renta por utilizar el estadio Cuauhtémoc, inmueble propiedad del gobierno estatal.
Claro, si antes no se da el tercer descenso.
Por cierto, la pésima decisión de traer a Lapuente como técnico tiene también un trasfondo político.
Y es que, cuando José Luis Sánchez Solá estaba prácticamente amarrado para regresar al banquillo, desde Casa Puebla vino la orden de no contratarlo.
“Cualquiera menos él”-fue la consigna.
Una vieja pero profunda rencilla con el consentido del morenovallismo explica lo anterior.
Ni hablar
Como puede ver, desde que el fútbol poblano se convirtió en la prostituta de ocasión del poder político, el desastre y los malos resultados han sido la constante.
A los políticos poblanos no les importa lo deportivo, mucho menos la afición.
Ven el fútbol poblano como un botín político más, sin importarles el importante papel que este deporte juega en el ámbito social y familiar.
No saben que pronto, muy pronto, podrían pagar un enorme costo por no entenderlo.
latempestad@statuspuebla.com.mx
Twitter: @ValeVarillas