INAH analiza El Almacén obra pictórica de la colección del Castillo de Chapultepec
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Un exhaustivo estudio de El almacén, obra pictórica considerada única en su tipo, plasmada en 16 puertas de madera de una alacena pintada por Miguel Gerónimo Zendejas en el siglo XVIII, para ornar la sala de reuniones de la Cofradía de San Nicolás Tolentino, es abordado en el libro Un almacén de secretos. Pintura, Farmacia, Ilustración: Puebla, 1797. Se trata de una pieza de gran formato que es parte de las colecciones del Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec”
Un exhaustivo estudio de El almacén, obra pictórica considerada única en su tipo, plasmada en 16 puertas de madera de una alacena pintada por Miguel Gerónimo Zendejas en el siglo XVIII, para ornar la sala de reuniones de la Cofradía de San Nicolás Tolentino, es abordado en el libro Un almacén de secretos. Pintura, Farmacia, Ilustración: Puebla, 1797. Se trata de una pieza de gran formato que es parte de las colecciones del Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec”.
La coedición del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a través del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE), es la más reciente publicación de Lucero Enríquez Rubio, especialista en Historia del Arte, y en clavecín y música del periodo barroco, con estudios en el Bach Conservatorium de Amsterdam.
En la obra, que deriva de la tesis doctoral de la autora, “se deslindan y estudian en profundidad las múltiples posibilidades de lectura de aquel complejo artefacto icónico, así como los avatares de su existencia material a las que se vio sometido durante buena parte del siglo XX. Se trata de una investigación ubicable dentro de las nuevas tendencias de la historia del arte”, cita el especialista Fausto Ramírez en la presentación del volumen.
En 1797, un ilustrado farmacéutico y botánico poblano llamado José Ignacio Rodríguez Alconedo le encargó a uno de los artistas más prestigiosos de la ciudad (Miguel Gerónimo Zendejas) la ejecución de un excepcional artefacto funcional a la vez discursivo y simbólico, para la sala de reuniones de la Cofradía de San Nicolás Tolentino, inmueble que estuvo situado en lo que hoy es la avenida Reforma, a dos cuadras del Centro Histórico de Puebla.
“Se trata de un conjunto de lienzos ensamblados en bastidores que fungían como puertas de un gran mueble donde se guardaban los archivos de la institución. A la fecha lo que conocemos de El almacén son 12.05 metros de pintura adheridos a 16 puertas —distribuidas en tres muros que ‘envolvían’ la sala—, la mayoría de 3.20 metros de altura y anchuras variables, y más de siete postes de madera pintada, en los que hay sustitución de originales, adiciones e injertos hechos en distintos momentos.
“Definí a este género como pintura de sala corporativa, esto es el espacio en el que sesiona una autoridad con jurisdicción, que plasma en los muros su ideología y que tiene varios mensajes susceptibles de tres niveles de lectura: pública, privada e íntima; uno para el que llega de fuera y otros comprensibles para unos cuantos”, abundó la investigadora.
Lucero Enríquez resaltó que es una obra de gran riqueza plástica, ya que tiene alegorías a las artes y las ciencias, retratos y paisajes, además de microgéneros, como bodegones y representaciones sociales que recuerdan los cuadros de castas; por ejemplo, en la parte central hay una escena de la Enciclopedia Francesa pero resignificada, ya que sólo se tomaron algunas figuras y les dieron otro sentido, mientras que las ciencias se identificaron con cartelas y letreros.
Mencionó que el estudio de la obra —basado en la postura del historiador británico Michael Baxandall— responde a conocer la intencionalidad, es decir, saber el contexto bajo el cual fue hecha la pintura, los objetivos que perseguía su elaboración, así como el efecto de la emisión y recepción del discurso ahí contenido.
“El almacén entró a mi vida de una manera fortuita e inesperada, la primera vez que tuve frente a mí las 16 puertas que se encontraban en el Museo Regional de Puebla, la obra me resultó incomprensible, abrumadora y dislocada. Entre más la miraba menos la entendía. Me hipnotizó porque me intrigó, no porque me gustara”.
Respecto a la metodología empleada para describir e interpretar la obra, la historiadora del arte expuso que aplicó tres niveles de análisis: el primero fue la lectura formal valiéndose de Antonio Palomino, reconocido pintor y tratadista del siglo XVIII, “puesto que a través de su óptica describí los motivos pictóricos; el segundo se vincula con el Esquema del Conocimiento de la Enciclopedia Francesa, y finalmente procedí con la metalectura, es decir, el simbolismo y la intencionalidad”.
Dicha pintura se compone de diversas escenas: Los anfitriones, Espacio de emblemas: entre la teoría y la práctica, El gabinete, El ejercicio de la profesión, Las recreadoras del tiempo, Los peldaños del ascenso, La consigna se introduce, El mensaje estratégico, Las nobles recreadoras del espacio, La gran enemiga, Novedades y traiciones: las creaciones de natura, El arte esencial, Un mosaico social y Espacio de fe: La piscina probática.
Sobre la intencionalidad, “en El almacén se presenta tanto la postura científica e ideológica de un grupo de boticarios y cofrades ilustrados de Puebla de finales del siglo XVIII, como su estrategia a seguir en la batalla jurídica para obtener su autonomía del Real Tribunal del Protomedicato de la ciudad de México, es la vez declaración de principios y representación política expresadas en una composición pictórica, cuyo mensaje iba dirigido a un reducido grupo de enterados pares y cofrades de quien la concibió”, abundó Enríquez Rubio.
Esta obra —de la cual no se ha determinado si se hizo in situ o en otro lugar— era desconocida porque estuvo en un sitio al que tenían acceso muy pocas personas, es decir, los cofrades y los boticarios, de acuerdo con diversas fuentes se sabe que ahí vivieron éstos últimos hasta 1913; poco después el poeta José Juan Tablada (1871-1945) compró la obra y la trajo a la Ciudad de México.
Cabe señalar, que una hipótesis de este trabajo es que Tablada, al tener que huir del país por la caída de Victoriano Huerta, dejó encargada la pintura a un amigo, quien más tarde la vendió al entonces Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, que estaba en la calle de Moneda.
Cuando parte del acervo de dicho recinto fue trasladado al Castillo de Chapultepec (1944), se llevaron la obra y la exhibieron parcialmente a manera de biombo, ya que los lienzos más maltratados se quedaron en la bodega. En 1976 se mandó a la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural, donde permaneció alrededor de una década. Cuando abrió el Museo de Tuxtla Gutiérrez (Chiapas) fue enviada a éste para exhibirla, y después al Museo Regional de Puebla.
“Como esta obra era del fondo de origen del Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec”, y el comodato se venció, este recinto la reclamó y la trajeron de vuelta. En 2006, ya con conocimiento de la pintura, asesoré el montaje completo de la pieza de gran formato, que actualmente se exhibe en la Sala 5”, concluyó la historiadora.