Non AMLO onus
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La cultura cívica de este país se ve reflejada de manera singular en la consigna de muchos analistas, partidos y medios para que el candidato de la izquierda en la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador, acepte su derrota.
Ella también refleja la poca credibilidad y la falta de fortalecimiento de las instituciones. La consigna es un llamado político a dejar de lado el Estado de derecho e imponer el oficio político. La cita entre el Presidente Calderón y Peña Nieto es la cereza del pastel. Si buscaban desacreditar y dejarle un rol secundario al Tribunal Electoral, lo han logrado.
El Presidente del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, dijo que AMLO era un mal perdedor y muchos medios y analistas le han secundado, como un coro de quienes buscan estar en el ánimo del candidato que obtuvo más votos en la elección. Esto ultimo, que Peña obtuvo más votos y ganó, no ha sido desmentido por López Obrador: la impugnación de la elección tiene como trasfondo el reconocimiento de que el resultado no favorece a AMLO.
López Obrador, resulta ser, no está impugnando que los votos se hayan contado mal, sino que, esencialmente, alega que la elección estuvo llena de irregularidades permitidas por el árbitro electoral (responsable solidario del desastre poselectoral mexicano). Alega que la elección fue inequitativa.
Una joya más fue cortesía del diario español El País, considerado por muchos el mejor diario en español, al afirmar que López Obrador es un lastre y un perdedor, y que la izquierda debe cuestionarse sobre si su líder debe ser un perdedor. (olvida la forma en que “perdió” la elección de 2006 y olvida ejemplos como el de Lula –a quien también llamaría un lastre)
El País, como Coldwell y el coro que apela a la proclamación al unísono de que Peña ganó, en realidad no tratan de que López Obrador diga que Peña ganó, sino que quieren que reconozca que el proceso fue limpio. Y en eso, se equivocan ellos y se equivocaría López Obrador si lo hace.
Peña ganó porque obtuvo más votos. Lo que está en juego es si el proceso por el que Peña ganó fue democrático. Es de desear una sentencia del Tribunal Electoral que anule la elección ante el cúmulo de irregularidades que se perciben, pero la historia de este tribunal pocas esperanzas dan de que eso suceda. Lo que al menos se espera es que el Tribunal sostenga lo que solo los necios no quieren ver: que Peña ganó en un proceso donde el rebase de los topes de campaña fue la piedra angular y en el que los medios de comunicación (sobre todos los de mayor cobertura) hicieron una campaña a favor del candidato triunfador. Si eso es o no suficiente para anular la elección, será cuestión de interpretación. Pero una decisión en la que ello no se tome en consideración, sería tanto como invitar a una ceguera colectiva.
¿Puede el Tribunal posicionarse de tal forma? Por supuesto. En 2006 dijo que el Presidente Fox (titular de un poder formal) y el Consejo Coordinador Empresarial (un ente privado) habían puesto en riesgo la elección. ¿Por qué no hacer lo mismo en 2012? ¿Por qué no decir que Televisa hizo un acuerdo con Peña Nieto y le empujó día y noche para influir en su elección como Presidente y que eso tiene consecuencias graves, si a las experiencias berlusconianas nos remitimos? ¿Por qué no decir que el hecho de que la mayor televisora del país te apoye tan cínicamente no es lo mismo al apoyo de cualquier otro ente público o privado?
Si en Francia o en Alemania salieran a la luz la mitad de los casos de compra de votos y gasto ilegal de promoción que han surgido en el debate poselectoral mexicano, nadie sostendría que es un “mal perdedor” el candidato que ponga en duda la elección.
En México, en cambio, quieren que desista, acepte el resultado y sea “un buen perdedor” . Si quieren que se diga que Peña ganó, la frase se les debería regalar: sí, Peña ganó. Cosa distinta es que no se tenga derecho, también, a decir que ganó “a la mala” y a impugnarlo ante un Tribunal creado para eso, para dirimir controversias electorales.
Lo que no entienden el PRI y el coro de “paleros” es que no se trata de que se decida sobre si Peña ganó, sino si el proceso fue democrático. En ello va dejar atrás nuestros fantasmas de fraudes electorales. Independientemente del partido, si las elecciones se siguen ganando de esa manera, la palabra democracia seguirá siendo eufemismo en este país, por más que El País, los “intelectuales”, el PRI, el IFE y el Tribunal sostengan lo contrario.
No se trata de AMLO, aunque hoy sea él (¿quién más?) quien pueda impugnar la elección y reclamar el derecho de todos a una elección limpia. Es más allá de AMLO; más allá de que, del otro lado, esté el Partido de siempre; más allá de los “intelectuales” en quienes late un corazón tricolor; más allá de que se le considere un lastre o un mal perdedor.
Lo que queremos es una elección limpia. Y que, entonces sí, si quieren, que gane Peña.
En una elección completamente democrática.
Porque no es por AMLO mismo (Non AMLO onus) sino por la democracia que algunos quieren ver consumada, aunque, para otros, estemos lejos de conseguir.
Ps. De risa la posición del IFE. Cree que Peña y todos los candidatos fueron tratados igual por los medios, por el hecho de haber tenido la misma cobertura (minutos). ¿Quién dijo que fue cuestión de cantidad? Durante 5 años fue cuestión de calidad (de trato hacia Peña)