Inocencia electoral
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¿Cuánto se necesita para comprar 5 millones de votos? Un especialista se hacía esta pregunta y, a través de la reducción al absurdo, trataba de demostrar con números que es imposible que en la pasada elección presidencial se hayan comprado tal cantidad de votos.
No cuestionaré al analista, respetable por demás, sino la inocencia que gira a su alrededor. Si en este país no se pudieran comprar millones de votos, no tendríamos el complejo sistema electoral que tenemos.
Lo más complicado es saber cómo se pudieron haber comprado millones de votos.
La tristeza en que hemos caído es que, en este país, una elección pudo haber estado manchada por la compra de millones de votos, pero si éstos no se traducen en una afectación real al resultado final de la elección, entonces nada hay que hacer.
Me explico: la nulidad abstracta por violaciones a principios constitucionales puede ser una llamada a misa. López Obrador puede demostrar que MONEX, Soriana, Televisa, y demás joyas electorales son ciertas y que hubo compra de votos (incluso de millones), pero si a juicio del Tribunal eso no trasciende al resultado final de la elección, la elección será declarada válida.
Ese es el escenario en el que le hemos dado mayor importancia a la certeza electoral que a la limpieza de la elección. Certeza entendida ahora como el destinatario final del voto (comprado o no).
Para el sistema electoral mexicano, pues, es más importante saber si un voto se compró para determinado candidato que si un voto se compró (así, simple, sin calificativos)
Si Peña ganó por 6 millones de votos, el Tribunal Electoral tiene que llegar a la convicción de que, sin con la compra de votos, Peña no hubiese ganado, cuando lo mejor sería plantearse el asunto en otros términos:: ¿cuánto fraude está dispuesto a permitir el Tribunal para decir que la elección es válida?
Ya en el 2006 el Tribunal dijo que la elección había sido puesta “en riesgo” por el Consejo Coordinador Empresarial y por el Presidente en turno. Para quien quiera justificar ese acto como un acto institucional y que quería evitar una crisis institucional, el 2006 es suficiente.
Repetir ese mismo argumento en 2012 sería validar que somos una sociedad donde el fraude es permisible hasta cierto punto.
¿Cuánto? Dependiendo. Si hoy el candidato gana por 30 puntos, pues son 30 puntos. Si gana por 10, son 10.
Tal vez, y esa es la responsabilidad histórica del tribunal, sea el momento de asumirnos como un país donde no cabe el fraude (o, si se quiere evitar la urticaria de los puritanos, donde no quepa la compra de votos), aunque ya sé que quien peca de inocente en este punto soy yo, pero debo confesar que prefiero mi inocencia, a la de aquellos que ven en el elector al único responsable del sentido de la votación.
En un México con tanta desigualdad, su inocencia puede también llamarse perversidad.