Elba retrata a Elba
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Elba Esther Gordillo ha dado dos muestras (más) de su ignorancia: en una carta pública, criticó a las madres trabajadoras porque, al salir a trabajar, “abandonan la formación de sus hijos”, lo que causa, según su visión, la “desvalorización” de la sociedad.
También, en lo que algunos han llamado declaraciones “desafortunadas”, sostuvo que no era sirvienta de nadie y que no aspiraba a ser Secretaria de Educación. (Yo pienso que, más que desafortunadas, son discriminatorias)
Elba Esther demuestra de manera clara que (por si alguien lo dudaba) se puede ser mujer y ser machista. No es extraña la declaración de la lideresa, si se piensa que su visión de familia es decimonónica, lo que poco tiene que ver con la sociedad en la que vivimos y en la que es necesaria y deseable la inserción de la mujer en el ámbito laboral.
Además, llama la atención que las palabras de Elba, al quererse desmarcar de las sirvientas, se hayan visto sólo como una ofensa hacia los funcionarios públicos y no como una discriminación hacia las mujeres dedicadas al servicio doméstico.
Periodistas, funcionarios y la propia Elba (que ofreció una disculpa posterior) reivindicaron la dignidad de la función pública, pero no la del servicio doméstico.
Elba, por supuesto, no es una sirvienta. No puede serlo.
Las sirvientas suelen trabajar ocho o diez horas al día, vivir en condiciones complejas, carecen de seguridad social, ayudan al sostén de su familia y tienen algo que Elba ni de cerca conoce: el valor del trabajo.
Tiene razón Elba Esther. Ella no es una sirvienta.
Las sirvientas realizan un trabajo y el Estado es incapaz de protegerlas para que sus derechos como trabajadoras se vean respetados.
No, Elba no es una sirvienta. Ha tenido a Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y, ahora, a Peña Nieto, como aliados indispensables para que protejan sus intereses y haya podido ser, por más de veinte años, la lideresa del sindicato más importante de Latinoamérica. El Estado la ha protegido y le ha permitido ensanchar su ámbito de poder a costa de la educación mexicana.
Elba tiene razón. Ella no es una sirvienta. Elba quiere al Estado y al presupuesto público a su servicio. Un sirvienta lo mínimo que quiere es “llegar” a fin de mes.
Elba no es una sirvienta. Es una lideresa sindical que, con su labor, ha denigrado al gremio y se ha aprovechado de la debilidad del Estado mexicano y de la ambición de quienes la protegen.
Elba no es una sirvienta. Ella se dice maestra, aunque su machismo, su discriminación y su ignorancia sean tales, que parezca increíble que durante 20 años haya sido una de las responsables de la educación en México.