Carlo María Martini, S.J. (III)
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“Sin el perdón la vida se convierte en un infierno”,
Martini
Carlo María Martini defendió el debate de Martín Lutero en relación al celibato y a la ordenación de mujeres.
Sostuvo que la vida no empieza con la concepción.
Su libertad de pensamiento, su sentido común, su libertad interior y su congruencia, llaman la atención.
En la Iglesia, conservadora por tradición, se atrevió a pensar y a ser diferente, pero sin ofender.
Quería que el Cristianismo saliera al encuentro del otro, de los no creyentes y marginados.
“Tengo conocidos que son parejas homosexuales, hombres estimados y sociables. Nunca se me ha pedido, ni a mí se me habría ocurrido, condenarles”, dijo un día.
Renunció a su estatus de príncipe al jubilarse y se refugió en una austera residencia de la Compañía de Jesús, cerca de Roma.
Ahí, Gregorio Valerio, su secretario, y Sandro, su chofer de toda la vida, lo acompañaron en su nuevo domicilio.
Valerio recuerda todos los detalles de su habitación, humilde, un estudio sencillo, sin lujos y extravagancias.
Su colaborador se estremeció, aquella austeridad era casi insoportable. “Los jesuitas ya saben como son”, dijo con gesto indescifrable.
Estas cosas eran intrascendentes para el padre Martini, quien, de hecho, cambió desde joven su vida de comodidades.
Una vez, ya en su residencia de retiro, el cardenal se había comprometido a dar una entrevista, pero ese día estaba muy enfermo, sin fuerzas.
Un gesto confirmó su desapego a lo mundano y reveló su personalidad.
Martini llamó personalmente a la periodista para disculparse.
“Estoy en tratamiento médico. Mi salud falla, siento mucho decirte que no puedo, pero no estoy bien”.
¿Qué fue lo que realmente hizo para que su fama creciera?
La primera, fue leer el Evangelio a los jóvenes y dar espacio al silencio y a la meditación en sus vidas. Miles de personas se reunían con él para conversar y para pensar en lo que Dios quiere de ellos.
En medio del frenesí diario de Milán –junto a Turín, motor económico de Italia-, Martini predicaba con pausas, con claridad de ideas, con profundidad espiritual, con sentido humano, que impactaba a todos.
El segundo gran acierto llegó en 1987, y está bautizado como la cátedra de los no creyentes. Fueron encuentros esporádicos con intelectuales laicos para debatir sobre las razones de la duda, de la fe y del ateísmo.
Al purpurado le abrumaban los elogios, le interesaban más los comentarios críticos, porque de ellos aprendía más. Apreciaba la calma, el orden, la tranquilidad, en medio del ajetreo diario.
Martini conservó desde su infancia la afición por las excursiones a los Alpes, pero no sólo como una distracción, como vacaciones, sino que aprovechaba el contacto con la naturaleza para purificarse en las alturas y en la soledad.
Quizá para encontrarse con Dios, a quien amaba.
Gregorio Valerio le recuerda siempre correcto, incapaz de una mala palabra, aunque siempre distante. “Es un hombre pasional pero se domina. Lo consigue a fuerza de voluntad y de entrenamiento”.
Era moderado en las comidas y seguía una dieta férrea.
Pasaba horas y horas en su estudio privado, casi siempre con la puerta abierta, pero cuando la cerraba, sus colaboradores entendían que era una señal de que no debían molestarle porque estaba concentrado en algo importante.
Compartía mesa en el desayuno, en la comida y en la cena, con sus ayudantes.
Franco Agnesi, de la curia milanesa, lo define como un hombre con gran sentido del humor, aunque siempre reservado, distante. Algunos fieles decían que era un hombre insuperable en frialdad, sereno, apacible, tranquilo.
Martini siempre creyó en la razón que está en perfecta armonía con la fe.
Su educación, su historia, los golpes de la vida, hicieron de él un hombre casi impenetrable. Fue el segundo de tres hermanos y nació en una familia de la burguesía industrial.
En 1972 perdió a su hermano a quien amaba y convivía con él cada vez que podía.
Murió de un infarto cerebral y dieciocho meses después fallecieron sus padres. Estos acontecimientos lo marcaron, igual que su enfermedad.
Un amigo personal de Martini, Vincenzo Paglia, comenta que el cardenal no fue un hombre de izquierdas, ni de una visión política o revolucionaria, sino más bien evangélica.
En uno sus libros polémicos, el cardenal confiesa las dudas que lo atormentaron por años, “su dificultad de comprender las razones de Dios, al fin un misterio, para hacer sufrir a su Hijo en la cruz”.
Siendo ya obispo, Martini, considera insoportable, a veces, la contemplación de un crucifijo. Tampoco era capaz de aceptar la muerte, hasta que un día comprendió:
“Sin la muerte no nos entregaríamos totalmente a Dios. Nos quedarían salidas de emergencia abiertas”.
Soñó con una iglesia en pobreza y humildad, aunque esto no ha sido posible, pero al menos debe intentar adaptarse a las nuevas realidades, porque el mundo cambia, y el tiempo la está dejando atrás.
He querido compartirle el perfil de este cristiano, seguramente santo.
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