Las brujerías del poder
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Los políticos se manejan valiéndose de la magia que proviene de los chamanes o de los espíritus o de los hombres tocados por el hechizo del poder. Sólo así pueden rechazar las malas vibras o los conjuros de sus enemigos y adversarios, a veces también apoyados por los infaustos valedores del gobierno.
Si el columnista tuviera la seguridad de que al entrevistar a los afectados éstos podrían responder hablando con la verdad, créame el lector que ya sabríamos el nombre del “antídoto” que usaron para liberarse de maleficios que, entre otros, afectaron tanto a Myriam como a Jorge y Marcelo e incluso, por qué no decirlo, al ahora poderoso Fernando. Empero, como ellos están en el paraíso y yo por acá en el infierno diseñado ex profeso para el periodismo poblano (hablo en términos generales), sólo me concretaré a comentar cómo operaron en su favor los brujos que, contratados o gratuitamente, les arreglaron su asuntito.
Hace poco menos de una década, Fernando sintió el peso de algo que parecía vudú o santería. La canalla lo había ubicado en el ámbito del chiste cruel y malvado, cuchufleta que lo relacionaba con su paradigma y amigo Rafael. Invocó a las fuerzas sobrenaturales y éstas le recomendaron abandonar la plaza para alejarse de esas malas energías y ayudar así al prestigio de su amigo. Entonces el poder era manejado por Melquiades quien, igual que el historiador de Macondo, en ese momento representaba la fuente de las tradiciones políticas: Melquis decidió darle algunos pases fantásticos para asustar al chamuco que había empezado a sacudirlo en sus noches de terror. Y Fernando la libró para llegar a ser hoy el hombre que tiene el poder que haría feliz a cualquier brujo.
Poco después de que Fernando se librara de los alfileres y los amarres que le habían puesto al muñeco de trapo que lo representaba, Marcelo empezó a sufrir los efectos del ensalmo que le hizo el hechicero de la Mixteca: los cambios de carácter lo ubicaron cerca de la bipolaridad. Resultó así víctima de un lance hechiceril, digamos que “napoleónico”. Y su amigo del alma se vio obligado a pedirle que regresara a la ciudad de sus padres, curiosamente sede histórica de los perseguidos por la Santa Inquisición. Como auto de fe, Marcelo aceptó el destierro por seis años, lapso que al concluir le permitió dejar la cuna para encontrarse con la ventura de ser parte destacada del grupo que está en proceso de vengarse de aquellas ofensas, las basadas en criticar y burlarse del estilo de vida de los adversarios.
El tema brujeril de Jorge fue un poco más escandaloso. El nigromante que se encargó de su caso trajo de España algunos elementos para preparar la pócima que le cambió la vida. Después agregó al brebaje los tradicionales pases mágicos mediáticos. El resultado de aquel injusto caldo logró convocar la participación de la prensa y, en consecuencia, la del hechicero de las tradiciones políticas, o sea Melquiades, quien condicionó su intervención al obligado ostracismo de Jorge: “Que desaparezca del ambiente público mientras pienso qué hacer con él”, dijo. Y el afectado “desapareció”, lo escondieron, hasta que Rafael autorizó que se le hiciera una especie de limpia valiéndose de pases mágicos con ramas de pirul y un huevo de codorniz. Jorge volvió a la vida pública.
Por reciente, la historia de Myriam ha pasado a formar parte de las estrategias fallidas ya sea por peregrinas o bien porque el taumaturgo malvado no consideró que la dama recibiría la ayuda del mago de Los Pinos. Una margarita con un poco de tequila, brebaje mezclado con el dedo del poder, y listo, el maleficio dejó de funcionar.
Ya que estoy metido en este ejercicio entre juguetón y pantagruélico, adiciono lo que le ocurrió a Javier.
Este ciudadano fue adoptado por Puebla. Es el mismo que quiso relevar a su hacedor valiéndose del trabajo de algún chamán cuyo talante se basaba en el nahualismo, o sea convertir a los hombres en animales, a los animales en hombres, a los políticos en vasallos y a los vasallos en políticos.
En fin, son leyendas que habrá que comentar, pero sin involucrar la magia del lenguaje figurado. Entonces sí que se convertirán en historias.
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