Las pifias de Blanca Alcalá
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No cabe duda: Manuel Bartlett acertó con Blanca Alcalá Ruiz cuando decidió nombrarla titular de la Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social del gobierno poblano.
El PRI tampoco falló al designarla candidata, primero a diputada local y después a presidente municipal, contiendas que ella ganó sin mácula.
Vaya, hasta me atrevo a decir que los electores acertaron al votar por ella para que fuera la primera alcaldesa en la historia de la segunda capital más conservadora del país, ciudad que en sus casi 500 años nunca había sido gobernada por una mujer.
A ninguno de los padrinos políticos que metieron las manos por Blanca, podrá achacársele algo negativo.
Acertaron y fueron emocionalmente gratificados.
¿Y entonces qué diablos pasó?
Según el columnista, una de las pifias de Blanca Alcalá ocurrió cuando ésta tuvo a bien delegar parte de los controles y responsabilidades políticas y por ende algo de su poder, errores que salieron a relucir una vez que se realizó el relevo constitucional. Supongo que ninguno de esos traspiés estuvo o está relacionado con la corrupción que han tratado de endilgarle, tanto sus enemigos políticos como los “artilleros del fuego amigo”.
Se trata, pues, de resbalones atribuibles a la buena fe de Blanca y, en algunos de los casos, a su temor hacia las acciones malévolas del ex gobernador Marín. Es lo que salta a la vista de acuerdo a los siguientes hechos:
Primero se dejó llevar por el influjo de los poderes fácticos que le exigieron su mochada consistente en contratos, prebendas y posiciones dentro de la administración municipal. Sus argumentos pudieron haber obedecido a la supuesta influencia que aún tienen las cofradías y los grupos constituidos, precisamente para negociar los presupuestos del gobierno, el que sea. De ahí que parte de las decisiones de su administración hayan respondido a la coacción que, por poner un ejemplo, hizo famosa a la entonces Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material de la Ciudad de Puebla, apremio que puede definirse con las siguientes frases: “Tú me das, y yo te aplaudo. No me das, y yo te critico”.
Entre esos estiras y aflojes que llevan el tufo rancio que envuelve a los miembros ultramontanos de la sociedad angelopolitana, se dio el celo político y la tozuda maña burocrática del mandatario estatal con el que cogobernó: éste nunca asimiló el triunfo de Blanca a quien había palomeado como candidata pensando en que saldría derrotada. De ahí que después quisiera cobrarle a la presidenta el daño emocional que le había producido Enrique Doger Guerrero, el munícipe que olímpicamente rechazó la propuesta marinesca para trabajar al alimón, pero sometiéndose a la política financiera del poder Ejecutivo; es decir, a la imposición del tradicional diezmo.
El otro problema que tiene Blanca con el Ayuntamiento de Eduardo Rivera Pérez, surgió por el estilo de una parte de su equipo de trabajo. Esto porque unos se valieron de la confianza de la presidenta, mientras que otros se despacharon con la cuchara grande, todos aprovechando las frecuentes ausencias de la Jefa. Es obvio que dedicaron su tiempo a juntar una buena cantidad de pesos para ayudarse a sobrellevar el desempleo y la presencia de gobiernos antagónicos, el estatal y el municipal.
A partir de este escenario en el cual Alcalá podría resultar víctima de la confianza en sí misma más el temor a Mario Marín y el desproporcionado respeto a los poderes fácticos, podemos decir que Luis Ernesto Derbez Bautista, rector de la Universidad de las Américas Puebla, acertó al brindar su aval y confianza a la conducta pública de la destacada ex alumna de la institución que dirige. No sacó diez pero tampoco reprobó. Y cuando una mujer lucha contra la misoginia rampante, lo que haga es digno de reconocimiento.
El negrito del arroz lo encontramos en la ambición política de Blanca, interés que al parecer se ha convertido en una obsesión. Esto debido a que para ella todo lo que se publica podría significar un atentado contra su carrera política. Y además porque en esa, digamos que desesperación, ha decidido protegerse con el manto de personas cuya honorabilidad está en entredicho, algo que seguramente no tomó en cuenta Luis Ernesto Derbez.
Imagínesela como candidata al Senado acompañada por Jorge Estefan. ¡Uf! Esa sí que sería la gran pifia que la convertiría en presa fácil para el PAN-gobierno, cuya estrategia seguramente se basará en el desprestigio de los oponentes priistas.
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