Puebla, ¿estado de paz? (I)
joomla.2009
En estos días en que fui atacado por la gripe y resulté víctima de un accidente doméstico (me trituré el dedo pulgar), bromeé sobre la posibilidad de que algún brujo contratado por el gobernador me había echado el mal de ojo. Cuando estaba en franca recuperación, en uno de los movimientos de mi cuerpo, el nervio ciático se lastimó provocándome la molestia que tarda de una a seis semanas en sanar, según la información médica a la mano. “Esto es más que un mal de ojo”, le dije a mi esposa. Y los dos reímos, yo con el dolorcillo atravesado en la espalda, y ella compadecida de mi expresión entre sonriente y lastimosa.
En esa ociosidad y en medio de las quejas que invocó el dolor de mi espalda, me puse a pensar en el poder político que adquirió Rafael Moreno Valle Rosas. Sin ser hechicero ni alquimista, pensé, el tipo puede sentenciar a la muerte civil a cualquiera que se le enfrente. O si ése es su deseo, crear un monstruo burocrático.
Así le di veinte vueltas al tema del poder hasta llegar a las conclusiones que comparto con usted, amable lector. Todas ellas partiendo de la siguiente duda:
¿Qué podríamos hacer con más de 50 mil millones de pesos anuales?
Difícilmente encontraríamos una respuesta ajena al ejercicio del poder político, la única fuente de semejante riqueza.
Esa cantidad de dinero corresponde al presupuesto del estado de Puebla, mismo que excede con mucho a cualquier expectativa personal. Más aun si lo multiplicamos por los seis años de gestión y le agregamos otros varios miles de millones de pesos, incremento que dependerá de la benevolencia del Presidente de México, quien chueco o derecho controla o tiene injerencia en los recursos económicos que produce el país.
¿En qué pensará el gobernador de Puebla, uno de los dioses sexenales (tenemos 32 en el país), cuando ve las cifras reflejadas en los presupuestos y proyectos que él aprobó? ¿Lo hará en los poco menos de seis millones de personas que gobierna?
Diría alguno de sus panegiristas: “Procurará que el presupuesto se ejerza de acuerdo con lo que determinó el Congreso local”. Pues sí, es cierto, pero el dinero forma partidas que a su vez fueron “rotuladas” y asignadas por los diputados que siguen las instrucciones de su jefe, el titular del poder Ejecutivo, el dios de los “pipopes”.
Otro tirón en el nervio ciático acompañado con mi estridente maldición cuyo poder curativo es efímero. Aspiré profundo y proseguí con mi disquisición:
¿Y las leyes?, pregunté. Se supone que el marco jurídico evita que el gobierno administre a su arbitrio los recursos públicos. Ahí están las instancias jurídicas encargadas de cuidar que el “dinero del pueblo” se maneje con la pulcritud legal que exigen los cargos públicos. De acuerdo. Sin embargo, no obstante esto que parece más obvio que la transparencia del agua pura, razoné, todos sabemos que los representantes de la ley (en sus diversas manifestaciones) son digamos que personajes “insaculados” y propuestos por el gobernador para que, conforme a la norma, sean legitimados por los diputados que fueron seleccionados, designados y son controlados por nuestro efímero dios.
El razonamiento me emocionó incitándome a realizar un movimiento brusco. Y ¡zas!, otra vez el dolor que cual descarga eléctrica se refleja en toda la espalda, incluidas las nalgas. Volví a mal pensar del poder político aderezado con el poder psíquico. Empero, una vez más deseché la idea de la brujería que, argumenté, era una práctica perseguida en la época de la Inquisición. Sin embargo…
Hay otras dudas que por incómodas difícilmente se atrevería a aclarar quien por el poder que ostenta debería hablarnos con la verdad. Primera: ¿por qué no funciona la separación de poderes? Segunda: ¿se hicieron pactos comerciales con las empresas que fueron escogidas para distintas obras públicas? Tercera: ¿se están pagando facturas a las personas morales o físicas que colaboraron en la campaña?
A estas alturas de mis lucubraciones dejé de entusiasmarme con las revelaciones que fueron apareciendo conforme se unían las hebras sueltas. Temí por otro tirón del ciático, mismo que me obligara a olvidarme del tema. Así que idealicé al gobernante viéndole como lo que es: el dios sexenal, superhombre que cuenta con el apoyo de sus arcángeles, todos ellos tan o más capaces que él. Pero sólo uno de ellos apareció en el escenario: Fernando Manzanilla Prieto, creador del “palomazo” que se convirtió en eslogan (“Estado de la paz”) y después en programa sectorial.
A estas alturas, por la emoción (o la postura de mi cuerpo) me olvidé de la tensión que corría de la cintura a las piernas. Y me vino a la cabeza las palabras de alguno de los capos internacionales que a pesar de estar preso sigue dando guerra: Marcos Camacho, mejor conocido como Marcola, máximo dirigente de la organización criminal brasileña denominada Primer Comando de la Capital (PCC). He aquí lo que dijo a su entrevistador de O Globo:
“Yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? No. Sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre “la belleza de esas montañas al amanecer”, esas cosas…
“Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social…
“No hay solución… La propia idea de “solución” ya es un error.
“¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una “tiranía esclarecida” que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal de país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta conference calls entre presidiarios…).
“Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución…”
Lo anterior sólo es una muestra de lo que pasa en el mundo y está pasando en México y desde luego en Puebla, en este caso con perfiles todavía disminuidos.
¿Puebla, estado de paz?
Se oye bien, como un eco de lo que dijo hasta el hartazgo Mario Marín. Pero de ello le comentaré en la siguiente entrega que, espero, sea redactada sin la presencia del dolorcillo ése que parece auspiciado por alguna brujería del poder.
acmanjarrez@hotmail.com
Twitter: @replicaalex