Teresa de Jesús de Los Andes (I)
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Juana Fernández del Solar es la primera santa chilena y la primera carmelita descalza americana canonizada. Fue la cuarta Santa Teresa del Carmelo. Le antecedieron Teresa de Ávila, de Florencia y de Lisieux.
Nació el 13 de julio de 1900, en el seno de una familia acomodada muy cristiana, en Los Andes, Chile.
Fue bautizada en la Parroquia Santa Ana de la ciudad de Santiago. Todos la conocían como Juanita.
Su infancia se desarrolló en el seno de una familia profundamente católica sus padres: Miguel Fernández y Lucía del Solar, sus tres hermanos: Miguel, Luis e Ignacio y dos hermanas, Rebeca y Lucía. La familia gozaba de muy buena posición económica y social.
Juanita realizó sus estudios en el Colegio del Sagrado Corazón de Santiago. Entre sus estudios, la vida familiar y su apostolado de caridad con los más pobres, se desarrolló su intenso amor por Jesucristo.
Ella despertó a la vida de la gracia siendo todavía muy niñita. Asegura que a los seis años atraída por Dios empezó a volcar su afectividad totalmente en Él. “Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí” (Diario, n. 3, p. 26).
Juanita poseyó una enorme capacidad de amar y ser amada junto con una extraordinaria inteligencia. Dios le hizo experimentar su presencia, la cautivó con su conocimiento y la hizo suya a través de las exigencias de la cruz.
Desde niña comprendió que el amor se demuestra con obras. Se miró con ojos sinceros y sabios y comprendió que para ser de Dios era necesario morir a sí misma y a todo lo que no fuera Él.
Su naturaleza era totalmente contraria a la exigencia evangélica: orgullosa, egoísta, terca, con todos los defectos que esto supone, como nos sucede a muchos. Pero lo que ella hizo, fue librar batalla encarnizada contra todo impulso que no naciera del amor.
A los 10 años era una persona nueva, consiguiendo en poquísimo tiempo transformar su carácter por completo.
En la celebración del Sacramento de la Eucaristía recibió de Dios gracias místicas de locuciones interiores que luego se mantuvieron a lo largo de su vida. La inclinación natural hacia Dios, desde ese día se transformó en amistad, en vida de oración.
Con la abundante gracia de Dios y con la generosidad de joven enamorada se dió a la oración, a la adquisición de las virtudes y a la práctica de la vida según el evangelio, de tal modo que en cortos años llegó a un alto grado de unión con Dios.
Cristo fue su único ideal. Se enamoró de Él, y fue consecuente hasta crucificarse en cada minuto por Él.
La santidad de su vida resplandeció en los actos de cada día en los ambientes donde se desarrolló su vida: la familia, el colegio, las amigas, los inquilinos con quienes compartía sus vacaciones y a quienes, con celo apostólico, catequizó y ayudó.
Siendo una joven igual a sus amigas, éstas la sabían distinta. La tomaron por modelo, apoyo y consejera. Juanita sufrió y gozó intensamente, en Dios, todas las penas y alegrías con que se encuentra el hombre.
Jovial, alegre, simpática, atractiva, deportista, comunicativa. En los años de su adolescencia alcanzó el perfecto equilibrio psíquico y espiritual, fruto de su ascesis y de su oración. La serenidad de su rostro era reflejo de Aquel que en ella vivía.
Cuatro años más tarde recibió interiormente la revelación que determinó la orientación de su vida: Jesucristo le dijo que la quería carmelita y que su meta debía ser la santidad, consagrándose a Dios como Carmelita Descalza.
Su deseo se hizo realidad cuando ingresó al pequeño “Monasterio del Espíritu Santo de las Carmelitas Descalzas de Los Andes”, en la V Región de Valparaíso, diócesis de San Felipe, el 7 de mayo de 1919.
El 14 de octubre hizo su primera profesión, tomó el Hábito y recibió el nombre de Teresa de Jesús.
Sólo once meses llevaba en el convento cuando murió de tifus a las 19:15 horas del 12 de abril de 1920, a la edad de 19 años. Profesó, antes de fallecer como religiosa carmelita “in articulo mortis”.
Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad y 6 meses para acabar su noviciado canónico y poder emitir jurídicamente su profesión religiosa. Murió como novicia carmelita descalza.
Fue, después de todo, una vida breve y sencilla, pero viviendo el amor en gran medida. Hablaba familiarmente con Dios y así aprendió a serle fiel. “Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca.”, escribió.
Siempre preocupada por los demás, en su vida laica fue organizadora de misiones y catequista de niños en los fundos donde ella veraneaba, así como también estaba muy preocupada por los enfermos y los pobres, tanto en el campo como en Santiago. En el monasterio nunca dejó de orar y sacrificarse por la conversión de los pecadores.
Ha sido definida como una joven “alegre y equilibrada”, que disfrutaba de la naturaleza, el deporte y las amistades, que cultivó con gran intensidad y mantuvo, a través de cartas, en el monasterio.
Con grandes aptitudes intelectuales y una belleza deslumbrante, era muy halagada, incluso pretendida por algunos jóvenes a quienes rechazó por ser “muy superficiales”, siendo que ella se había consagrado desde pequeña a su “todo adorado”, Jesucristo. Sin embargo, estas alabanzas de la gente ella debió contrarrestarlas con gran esfuerzo en pos de la humildad necesaria para amar y servir a Jesucristo.
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