Político rico, pobre político
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Las historias de éxito alientan y motivan siempre y cuando sus protagonistas no sean políticos. Ahí está, por ejemplo, el caso de Raúl Hernández cuyo prestigio creció a pesar de las descalificaciones burocráticas. O el de Salomón Jauli quien, además de muchos mares, cruzó el pantano de la política y salió limpio. Los dos personajes nos mostraron su riqueza espiritual, cada uno de ellos vinculado con la necesidad de ayudar a los demás sin buscar ningún tipo de reconocimiento.
Con los políticos pasa lo contrario. Su prestigio depende del grado de pobreza o medianía económica con el que concluyan su gestión. Si no terminan ricos pueden ser considerados hombres o mujeres de bien que cumplieron con su deber (o tontos, si el calificativo proviene de sus compañeros ricos). Pero si el dinero se les nota o lo presumen o sus familias lo exhiben, entonces son señalados como corruptos. No hay de otra: o concluyen su trabajo si haberse enriquecido, o pasan a la historia como rateros.
Cambió de tono aquella frase que hizo famosa el profesor Carlos Hank González. Y hoy un político rico es un pobre político porque una vez fuera del poder, la sociedad, sus ex gobernados y hasta los amigos que no fueron “salpicados”, se encargan de difundir el tipo de latrocinio cometido, casi siempre basado en otra frase, también famosa en el gremio burocrático: “Haz obra que algo sobra”.
Y vaya que sobra.
A esas consecuencias previsibles para quienes usufructúan los presupuestos del gobierno, se debe, en la mayor parte de los casos, la intensa lucha por el poder. El que lo ejerce pretende que lo supla un amigo o cuando menos alguien afín a la costumbre. Pone todo su empeño en la próxima elección precisamente para obtener la “patente de corso”. Es así de sencillo como funciona la tradición política. Y ocurre hasta que…
Se pierde la elección y llega al poder un político desvinculado con los compromisos de su antecesor. Es entonces cuando el nuevo mandatario se encuentra ante una terrible disyuntiva: o se hace pendejo u opera como lo establece la ley y la moral pública. Si opta por lo primero tendrá un inicio de gobierno terso, tranquilo y sin aspavientos. Pero si decide lo segundo lo hará dispuesto a meterse en las borrascas provocadas por los perseguidos, denunciados o consignados para, tal vez, salir mojado, mareado, nervioso y, ¡ah!, también renovado.
En ese escenario se moverá Rafael Moreno Valle Rosas. Él lo sabe y, si se librado de la soberbia que suele atrapar a los triunfadores electorales, seguramente está más que preocupado. Esto porque conoce las consecuencias que trae consigo el soslayar lo que la sociedad pide, exige y espera. Sin embargo, como es un tipo inteligente, intuyo que igual es consciente de la “borrasca” legal y legaloide que su gobierno tendría que enfrentar. Sin embargo, no le quedará de otra si quiere iniciar el mando con palomeos en vez de los taches ciudadanos que, por hacer uso y formar parte de las redes sociales, tienen una fuerza irrebatible y a veces anímicamente demoledora. Y en ello sin duda influye la prensa escrita cuyo plus está en crear opinión a través de sus páginas web o, en pocos casos, por su sistema de distribución.
¿Quiénes deberían preocuparse por este fenómeno sucesorio? Pues los políticos ricos que antes de llegar al poder eran tan pobres como cualquier ciudadano de clase media. Enlistarlos exigiría un doble espacio, razón por la cual le dejo al lector esa digamos que tarea lúdica y a la vez indignante. De ahí que hoy los políticos ricos sean unos pobres políticos que serán sometidos al escrutinio público. Nuestra Fuente Ovejuna pero sin consecuencias letales.