El matavalets anticipó su salida del penal gracias a sus influencias
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La liberación de Humberto Alan Ibarra Meza, el ex subdirector de Seguridad Vial que asesinó a un acomodador de autos e hirió a otro con alevosía y ventaja, es un claro ejemplo de la oblicua justicia mexicana, que suele aplicarse con todo su peso –y a veces con saña, como sucedió con los campesinos de Atenco o con los integrantes de la APPO– sobre ciudadanos inocentes o delincuentes menores, sin influencias, pero cobija a quienes gozan de algún cargo de poder o tienen una buena una “palanca” en el servicio público.
Vamos por partes: el Matavalets –que así es conocido en el argot periodístico– pisó la calle el fin de semana anterior. El Poder Judicial poblano honró así la más atávica tradición del “sabadazo”, es decir: la de cometer injusticias en días que suponen poca atención de la opinión pública, para que pasen desapercibidas.
Porque el de Ibarra Meza ha sido uno de los más escrutados por los medios en los años recientes.
Cuentan que desde su ingreso al Centro de Readaptación Social de Puebla se jactaba de que la suya sería una estancia sumamente breve y presumía algunos privilegios, entre ellos que continuaba en la nómina de la corporación a la que servía hasta antes del crimen y, por tanto, le seguían pagando rigurosamente los cheques correspondientes, que alguien recibía y cobraba por él para hacerle llegar después el efectivo.
Verdad o mentira, lo cierto es que el vaticinio de Humberto Alan Ibarra Meza se cumplió y en esa buena fortuna podría haber estado ligada a las influencias de sus hermanos, Jorge, quien funge como director de Tránsito Municipal en San Martín Texmelucan –una de las más corruptas de la entidad, célebre por las extorsiones que practica sobre los tianguistas– y Carlos, quien se desempeña como funcionario en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.
Los pretextos, digo, los argumentos que la juez Séptimo de lo Penal, Rosalba Elena Zarate Herrera, esgrimió para soltar a Humberto Alan Ibarra Meza, son una joya: la señora consideró que el reo cometió el homicidio en un “estado de emoción violenta” durante una riña, es decir, que no había las agravantes de premeditación, alevosía y ventaja.
Pero testigos de los hechos aseguran que la noche del 8 de julio de 2006 las cosas sucedieron de otra manera:
Al salir del uno de los más concurridos antros de “la isla” de Angelópolis, Humberto Alan Ibarra Meza estaba drogado, fuera de sí por una mezcla de cocaína y alcohol.
El estado que padecía el entonces subdirector de Seguridad Vial Estatal le impidió controlar su vehículo y chocó en el estacionamiento con otro auto que, para su mala suerte, conducía el acomodador José de Jesús Huitzil.
Según las versiones conocidas, Ibarra Meza tomó al valet por el cuello e hizo a quemarropa cinco disparos con su arma de cargo. Luego, accionó más veces el gatillo apuntando contra la gente que había atestiguado el asesinato. Uno de esos proyectiles se impactó en la pierna de otro valet, Juan Manuel Velásquez Quiroz.
Se puede conceder sin admitir, como suelen decir los leguleyos, que Humberto Alan Ibarra Meza no cumplió con la condición de premeditación que acredita el crimen, pues es muy seguro que esa funesta noche el asesino sólo buscaba meterse un coctel de drogas lícitas y prohibidas para perderse, divertido, entre sus pensamientos y la muchedumbre del antro.
Sin embargo, a juicio de varios abogados consultados, las agravantes de alevosía y ventaja son claras, pues el homicida llevaba un arma que sabía manejar a la perfección, por la investidura de su puesto público, mientras que el interfecto estaba totalmente desarmado y vulnerable, ya que su oficio no era el manejo de pistolas y asuntos de similar violencia, sino simplemente conducir con precaución.
Ahora que el Matavalets es nuevamente un ciudadano en libertad, han comenzado a arribar a las redacciones de los medios algunas filtraciones que no parecen descabelladas, dado el perfil del protagonista de esta historia y el historial del sistema de justicia poblano.
La más inquietante de las especies diseminadas asegura que el asesinato no lo cometió Ibarra Meza… con su arma de cargo, sino con la de otro importante funcionario a quien el Matavalets habría protegido a cambio de jugosas prebendas a su salida de prisión.
Los informes –anónimos, como suelen suceder casi siempre en estos entuertos– no dejan de recalcar que los cuatro años que elMatavalets estuvo tras las rejas los purgó como don Vito: fumaba habanos, portaba vistosos relojes, vestía prendas de marcas fastuosas y hasta calzaba borceguís de piel de cocodrilo.
No era para menos: de quién sabe qué forma el homicida se agenció la tienda del área de estancia del penal de San Miguel y también regenteaba la venta de tarjetas telefónicas. En este negocio, según cuentan, el Matavalets empleó al máximo sus dotes empresariales, pues dispuso que varios reclusos vigilaran los teléfonos para que cualquiera que necesitara usarlos comprara sus productos, so pena de graves consecuencias en caso de utilizar tarjetas llevadas por las visitas.
Los informes aseguran que el asesino se convirtió en un próspero hombre de negocios dentro de la cárcel, al punto de que también llegó a apoderarse de una ferretería en la que aprovechó como sólo él supo las ventajas de un mercado cautivo de artesanos.
Los episodios y pinceladas sobre la vida y obra de Ibarra Meza en la cárcel son muchos más, pero este espacio, aunque poca, conserva su decencia y no quiere perderla en aras de un juicio que la ciudadanía y la justicia ya perdieron.