A vueltas con la cultura
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Me sorprendió leer el artículo de Mario Alberto Mejía el día de ayer. En él critica a quienes, con más o menos argumentos, alzan la voz contra la desaparición de la Secretaría de Cultura.
No obstante, hace una excepción y menciona a los dos Palou, junto con Efraín Castro Morales, como verdaderos Secretarios de Cultura.
Le asiste la razón a Mario Alberto, en el sentido de que los Secretarios de Cultura no han sido verdaderos Secretarios de Cultura, sino burócratas de “medio pelo”.
Sin embargo, parece que el destacado periodista pasa por alto la importancia de las instituciones: las excepciones que él señala como verdaderos Secretarios de Cultura, lo fueron –al menos en parte- gracias a la existencia de la institución.
Mejía aprecia muchos de los desatinos que se tienen en materia de cultura, sólo que también habrá que ver también cuáles han sido los aciertos y, en todo caso, analizar si el contar con una estructura burocrática dedicada a la promoción y desarrollo de la cultura ha servido para lograr esos aciertos.
Nadie duda que haya que dar un giro que revitalice las funciones de la Secretaría de Cultura. Lo que se duda es que la desaparición de la Secretaría sea una respuesta adecuada.
Afirma Mario Alberto que las bibliotecas suelen “estar vacías”, los libros suelen estar “amarillentos y olvidados”, y “[l]as letras y las páginas, simplemente no leídas”, lo cual es correcto. Ante ello, preguntaría: ¿Qué bibliotecas son las que se encuentran vacías?, ¿Cuántas se han construido en los últimos 20 años? ¿Cuántas pretende construir el nuevo gobierno? Si las bibliotecas están vacías es, entre otras cosas, aunque no exclusivamente, por la falta de actualización de su acervo. También influye la cercanía de las bibliotecas respecto del lugar de estudio de la población, la comodidad para leer y estudiar en ellas, y un etcétera considerable.
El que las bibliotecas estén vacías, que no haya lectores, que los libros se encuentren olvidados y las páginas queden intactas desde la imprenta, es un fenómeno complejo, que puede encontrar solución con programas en materia de cultura adecuados. Si no es la Secretaría de Cultura la que se encargue de ello, ¿quién será la encargada? Es eso lo que habrá que preguntar al Gobierno de Moreno Valle. Si se pretende sólo tener una unidad de cultura dentro de la Secretaría de Educación, habrá que preguntar: ¿será suficiente esa unidad para cumplir los fines que culturalmente necesita cubrir el Estado?; ¿En cuánto tiempo piensa evaluar los beneficios/perjuicios –reales y no hipotéticos, como hasta ahora se presumen- que acarrea el cierre de la Secretaría de Cultura?
Estoy convencido de que no debe haber elefantes blancos en la administración poblana, pero, si ha habido excepciones en las que esas instituciones han funcionado -siguiendo a Mejía-, entonces parecería que no se trata de un problema de la institución, sino de la elección de las personas adecuadas. Si ello es correcto, la desaparición de la Secretaría de Cultura es injustificada, porque lo que habrá que esperar es que se encuentren a las personas adecuadas.
No se trata de rasgarse las vestiduras –como bien lo critica Mario Alberto- sino de analizar no sólo las ventajas económicas de cerrar la Secretaría de Cultura, y conocer las ventajas que en materia de cultura eso acarreará o lo que se pretende que eso acarree. Creo que Mario Alberto ha pasado por alto la importancia de las instituciones, aunque, no por ello, sus críticas sean desatinadas respecto del vergonzoso papel que los Secretarios de Cultura han protagonizado en los gobiernos poblanos.