La casa de las muñecas
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A pesar de sus múltiples y millonarias remodelaciones, todavía hay quienes recuerdan que a la residencia donde vivirá Rafael Moreno Valle Rosas le decían “La casa de las muñecas”. Pero no piense usted mal. Así la llamaron porque el entonces gobernador Carlos I. Betacourt destinó una habitación especial para guardar los cientos de muñecas de trapo, porcelana, madera, pasta y sololoy que su esposa Teresita, sus dos hijas y él mismo compraron durante varios años hasta formar la valiosa colección cuyo paradero se desconoce.
Don Carlos ordenó que el gobierno comprara el predio y se construyera el inmueble. Una vez que concluyó su gestión, los agradecidos diputados emitieron el decreto por el cual el gobierno donaba la casa al ex gobernador. “¡Pobrecito don Carlitos! –deben haber dicho aquellos legisladores– No tiene donde guardar sus muñecas”. Y por unanimidad votaron por la afirmativa: ¡Había que obsequiarle la casa pagada con el dinero del pueblo, faltaba más!
Así empieza la historia de Casa Puebla, inmueble lleno de fantasmas que poco a poco sacaremos a relucir. Mientras, le adelanto que por ahí deambulan energías como la de Piña Olaya y la de Bartlett y la de Jiménez Morales y la de Melquiades, todas opacadas por las “preciosas vibras” de Mario Marín. Por eso la costumbre de la remodelación ordenada por el que llega: hay que exorcizarla para iniciar la mudanza sin la presencia de los ruidos extraños que ahí siguen, adosados a los muros de la casona.
Me faltó decirle que en un acto de contrición republicana, aquel don Carlos, el de las muñecas, decidió vendérsela al gobierno del estado, entonces a cargo de Alfredo Toxqui, cuya ánima también debe andar por los rincones de Casa Puebla. ¿En cuánto? En mucho dinero, tanto como para que Betancourt pudiera construir varias casotas de muñecas.
Fue Jiménez Morales el que la amplió y le dotó de espacios lúdicos, como la mesa de billar donde se apostaron desde el sueldo nominal hasta las “nalguitas” en disputa (perdone pero así decían los jugadores a las muñecas). Por cierto, la mesa se quedó porque para sacarla había que destruir una pared. A Jiménez se debe la construcción del helipuerto que Piña no usó porque le daban miedo los helicópteros.
Mariano tuvo a bien ponerle el sabor a galería, pero no de espantos sino de arte: ordenó al “manotas”, entonces delegado del INAH, que le llevara varios cuadros, mismos que después hubo que requerir con amenazas judiciales.
Manuel Bartlett es el gobernador que le da el toque señorial asistido por el arquitecto Mauricio Romano del Valle. Ahí pasa el presidenciable sus momentos de soledad acompañado por el “Negro”, su perro consentido. Y ahí decide el destino sexenal de los poblanos que lo recuerdan como el gobernador Angelópolis.
Bueno, pues a esa casota llegará Rafael Moreno Valle Rosas el próximo día 1 de febrero. Quizá lo haga acompañado de algún chamán o brujo o sacerdote especializado en exorcismos políticos. No vaya a ser que en alguno de sus intersticios esté guardada una de las botellitas de coñac cortesía del héroe Nacíf. O que en las madrugadas se escuche el plañir de la llorona, la que sea. O que exista un túnel secreto como los que construyeron los curas del siglos XVI y XVII para sin ser vistos ir al convento de su predilección. O que se hayan quedado oídos y ojos de los espíritus chocarreros cuyo apego al poder va muy de acuerdo con la colección de muñecas.
“Bienvenido, esta es su casa –le dirán los fantasmas–. Pero sólo por seis años”.