El cuero de gobernador
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Ya sabemos que Mario Marín está padeciendo de la melancolía que se presenta como una señora gorda vestida de negro dispuesta a aplastar a sus víctimas. También estamos al corriente de que a ese estado de ánimo le sigue la fiebre negra, como antes le llamaban a la depresión que solía acabar con la vida de los débiles y emocionalmente vulnerables. E igual conocemos el efecto víbora que José López Portillo sufrió al dejar el poder: es un dolor, decía López, equivalente al de arrancarse la piel, el cuero, en este caso el del poder político omnímodo y absoluto.
Sale sobrando pero hay que decir que Mario sufrirá de la nostalgia, la depresión y el dolor que se presenta a los dos minutos de haber entregado el poder. Saldrá por la puerta de atrás sin más compañía que la de sus familiares y algunos ex colaboradores o beneficiarios de los privilegios del poder, en su caso cuantificados en euros o en dólares. Sentirá la frialdad de otros que le prometieron “amor eterno” y que ahora lo verán de reojo para no comprometerse ni quemarse con la nueva clase política que, hay que subrayarlo, ojalá tenga clase. Las decepciones empezarán a colorear su nueva vida de civil sin más influencia que el recuerdo de haber sido el gobernador más vapuleado del país.
¿Es algún común? No y en seguida le digo por qué:
Alfredo Toxqui sufrió sin duda algunos de los dolores enunciados, pero con la ventaja de seguir siendo un hombre respetable tanto por su profesión como por sus actitudes con los gobernados. Incluso, gracias a su buena fama, Manuel Bartlett le pidió que fuera presidente municipal de Cholula, su terruño. Y él aceptó para después arrepentirse por las condiciones en que recibió el ayuntamiento y la desventaja de no tener el poder que tuvo.
Guillermo Jiménez Morales dejó el cargo con un estado de ánimo optimista gracias a que la política nacional le esperaba con los brazos abiertos: fue diputado federal y líder del Congreso, secretario de Pesca y primer embajador de México en el Vaticano.
Se puede decir que Mariano Piña Olaya abrió la senda por la cual ahora Mario Marín habrá de transitar. Lo digo porque Mariano se sorprendió al dejar el recinto oficial. Esto debido a que Manuel Bartlett había ordenado que le hicieran valla para que no perdiera el rumbo de la salida. La soledad fue compañera de Mariano durante el viaje hacia su casa. Y el desprestigio lo persiguió debido a las quejas y denuncias de los empresarios inconformes con su acre talante y negro sentido de humor.
Manuel Bartlett salió por la puerta grande porque había dejado la estafeta del poder a uno de los priistas más priistas, entronizado gracias al primer proceso democrático no simulado que hizo su partido. Don Manuel sería precandidato a la Presidencia de la República y después uno de los senadores más controvertidos y capaces.
Le tocó a Melquiades Morales ceder el poder a Mario Marín. Lo hizo sin aspavientos ni sobresaltos, dado que entre los dos no funcionaba la lectura de cartas y menos aun las presiones de grupos. Se conocían y conocen muy bien porque ambos pertenecen a la misma entraña y fueron lanzados a la vida pública por el mismo útero político.
Como verá el lector, el retiro de Marín agrupa los efectos nocivos que pudieron haber sufrido sus antecesores, con el agravante de estar en los anales mediáticos de la corrupción política a pesar de que, chueco o derecho y sin habérselo propuesto, su gestión haya impulsado la democracia en Puebla.
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