Espionaje a la poblana
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Los “espías” del gobierno se comportan como la indita aquella que se acuclilla para orinar y cierra los ojos con la idea de que así ya no la verán. Lo digo porque el espionaje oficial es un tema tan secreto como conocido; algo que todos saben que existe aunque quienes lo manejan aseguren que nadie está enterado.
La obviedad del espionaje ha mostrado que, en el mejor de los casos, el paquete incluye la observación de grupos y líderes, la intervención telefónica tradicional y escaneada, el análisis de columnas y artículos, la escucha de conversaciones mediante micrófonos de largo alcance, los sistemas satelitales, el chisme dizque fundamentado, el “hackeo” de cuentas de Internet”, y el cruce de información con otros grupos en cuya estructura también hay “espías”.
Hace dos años, la Secretaría de Gobernación federal dio cuenta de un programa denominado “El semáforo”, mismo que proponía llevar a cabo lo que se conoce como información preventiva (escribí sobre ello). El proyecto sembró la semilla y algunos gobiernos estatales copiaron la idea dándole nombres congruentes con la ciencia informática. Digamos que se modernizaron para espiar a los ciudadanos con perfiles “peligrosos” –entre ellos los periodistas– y que en el esquema también figuran los fenómenos sociales que muestran la posible presencia del crimen organizado.
La modernización es uno de los frutos de las milpas aquellas barbechadas por los regímenes priistas, época en que la red de espionaje se constreñía a las burdas intervenciones telefónicas (pájaros en el alambre) y a la información vertida por los “orejas” de Gobernación, dependientes de la Dirección Federal de Seguridad.
Poco antes, Gustavo Díaz Ordaz ya había consolidado el espionaje telefónico gracias a la colaboración del jefe de la CIA en México, míster Winston Scott.
El procedimiento que incluyó otras vertientes de información, llegó a modernizarse hasta adquirir la definición de Seguridad Nacional, CISEN, ente donde confluye la experiencia de muchos años y de varias personas que incluso consiguieron doctorarse en Israel, Estados Unidos e Inglaterra. El Mossad, la CIA y el MI6 británico, pudieron haber sido las mejores escuelas para esa actividad.
Bueno, pues ahora le platico que uno de esos espías sin conflicto fue maestro del pie de cría de nuestros modernos investigadores u orejas o agentes. Me refiero a Óscar de Lassé, especialista en el fisgoneo profesional, un hombre cuya experiencia la obtuvo gracias a la beca que le otorgó el entonces secretario de Gobernación Manuel Bartlett. Óscar hizo escuela y uno de sus alumnos de “maestría”, quizás el más destacado, fue Rubén del Castillo.
Del Castillo es un universitario egresado de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Le tocó ser algo así como el nuevo impulsor de la modernidad investigadora que algunos aldeanos (como el que esto escribe) seguimos llamando espionaje. Propuso el sistema de información que funciona o está por funcionar en el gobierno de Rafael Moreno Valle Rosas. Un pequeño Cisen cuya filosofía (si así se le puede llamar) es prevenir para evitar los conflictos políticos que pongan en riesgo la gobernabilidad (es obvio que lo rebasó el tema de las juntas auxiliares).
Imaginemos, pues, que en cada municipio hay un especialista en detectar posibles problemas políticos, criminales y sociales. Y que este personal observa, espía, pregunta, escucha y analiza lo que pasa en su entorno, todo ello valiéndose de algún cargo público o privado que disfrace su chamba. Y que una vez obtenidos los datos, estos son vaciados al ordenador que contiene el programa que los administra, separa, ubica y desbroza para que ingresen en el sistema que, diría Jenaro Villamil, forma parte de la “conectividad” gubernamental.
Gracias pues a esa “conectividad”, todos los poblanos podríamos llegar a estar “conectados” para integrar el sesudo sistema de información preventiva del gobierno poblano. Sí, así es. Pero no tiene usted de qué preocuparse si sus conversaciones han sido, son o serán grabadas. Para defender su intimidad acostúmbrese a hablar en clave o de plano con el léxico de los jóvenes. Si hace uso de ese vocabulario, le aseguro que nuestros paisanos y modernos “orejas” se verán obligados a, cuando menos, llevar un diplomado en la NSA (Agencia Nacional de Seguridad, por sus siglas en inglés), organismo en el cual laboran los criptógrafos más fregones de Estados Unidos y del mundo.
Broma, seriedad o tragedia aparte, casi le puedo asegurar que el gobierno de las “acciones que transforman” logrará que su sistema de espionaje –camotero o no– se inserte en la globalización de lo que podríamos llamar: el acecho y la vigilancia institucionalizada, actividad esta que, gracias a la orientación de míster Winston Scott, “modernizó” nuestro paisano Gustavo Díaz Ordaz.
Como verá el lector, Puebla debería ser la sede de los avatares del espionaje pero aplicándole el sabor de las recetas “a la poblana”.
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