Rigoberto Benítez Trujillo
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Lo escuché hablar cuando era vicerrector de Extensión y Difusión de la Cultura. Ocurrió en la Casa de los Muñecos. Lo ví como un académico sólido y capaz de transmitir su solvencia en cada una de sus expresiones verbales. A su lado estaba el entonces rector Enrique Doger Guerrero y Melquiades Morales Flores, a la sazón gobernador del estado. Ambos lo miraban con admiración valorando, quizá, su incontrovertible talento.
Después lo traté de cerca y pude confirmar la primera y grata impresión que me había causado. Nos hicimos amigos y lo seguí periodísticamente. Sus comentarios fueron definitivos para justipreciar el alcance de los estudios demoscópicos.
La última vez que platicamos largo y tendido fue en La Pícola Italia, uno de sus restaurantes preferidos. Le pedí que me explicara el proceso electoral que llevó a la presidencia a Blanca Alcalá Ruiz. Estuvo de acuerdo y lo hizo con la bonhomía que le brindaba a sus amigos.
“Quiero que me edites el libro sobre el caso Blanca”, me dijo después de dos copas del vino español que él había escogido. Y me explicó las razones de su satisfacción profesional, mismas que deseaba dar a conocer debido al éxito de su propuesta y manejo de, entre otras estrategias, la “minería de datos”. Lo pactamos y quedamos de volver a reunirnos con Héctor Hernández Sosa, amigo común y –Rigoberto lo reconoció– copartícipe del triunfo de Blanca Alcalá.
“Héctor no puede ir a nuestra reunión –me comentó apesadumbrado días después– porque Blanca lo llamó a una de esas reuniones que empiezan tarde y terminan a deshoras. Pero tú y yo nos reunimos como habíamos quedado, en el mismo lugar y a la misma hora”. Ahí lo esperé y nunca llegó porque –más tarde lo supe– tuvo que ir de urgencia a ver a su médico.
Lo volví a encontrar en la conferencia magistral que impartió Héctor Aguilar Camín en el salón de Cabildos del Ayuntamiento de Puebla. Estaba en un lugar apartado, discreto. Su semblante reflejaba alguno de los dolores que le provocaba su enfermedad. Antes de despedirse con la discresión que acostumbraba, hizo una certera crítica al discurso de Aguilar Camín. Y cuando los asistentes aplaudieron al orador, Rigoberto aprovechó para salir del recinto aquel. Ya no lo volví a ver.
El sábado pasado me eteré de su fallecimiento. Recordé su expresión fraterna. Incluso pude escuchar en mi mente algunos de sus comentarios; uno de ellos, en el que ponderó a su esposa Nora Zarco. Rememoré entonces cómo su voz grave de barítino adquirió una tesitura amable cuando habló de la capacidad literaria de su compañera: “Nora siempre me sorprende con sus comentarios sobre los libros que analiza; es una lectora voraz”, dijo dejando ver las chispas que salen de la mirada de los hombres enamorados.
La referencia a sus estudios de violín fue otra de las confidencias de Rigoberto, la que nos identificó con el a veces incomprendido gusto por la música clásica, actitud común entre los gobernantes con oído de artillero. De esta forma conocí su faceta del melómano, de hombre sensible, sentimientos que por cierto contrastaban con su ruda apreciación crítica sobre el sindicalismo que maltrató a su padre, un electricista miembro de Tendencia Democrática.
En alguna de las conversaciones que tuvimos, me confió que a veces le quitaba el sueño la amistad que había consolidado con los Enriques (Doger y Agüera). Tenía que procurar –dijo– que uno no se enterara que hacía trabajos al otro, ya que los dos se enemistaron. Me confió asimismo que admiraba la calidad fraternal y la inteligencia de ambos: “Crecimos juntos en la academia”, explicó mostrando los cautelosos destellos del entusiasmo que suele producir el éxito universitario.
Este es, pues, un breve trazo del impacto fraternal que produjo la inteligencia de Rigoberto Benítez Trujillo. Como muchos de sus amigos, yo también lo extrañaré lamentando siempre su prematura partida y, por ende, la ausencia de su indiscutible talento.
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