Los demonios de la educación superior
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Hace treinta años Eleazar Camarillo, líder de la CROM de Atlixco, peleó para que en su dominio no hubiera secundarias federales: “Es que los maestros son comunistas”, decía, y para evitar esa influencia educativa se valió de la figura “escuelas por cooperación”. Así fundó varias y escogió a maestros para él confiables aunque sin capacidad para enseñar.
Recordé a don Ele –como le decían– porque conforme pasa el tiempo parece aumentar aquella alergia que ocasiona la educación pública en su nivel superior. Si estoy en lo cierto podría decir que tanto Camarillo como Calderón provienen de la misma probeta ideológica ya que en ambos se manifestó el temor al progreso del pensamiento científico, político y social. Por ello el prurito del actual gobierno federal cuyos cerebros suponen que entre más profesionistas egresen de las universidades públicas, menos se podrá manipular al pueblo que para el neoliberalismo sólo es un simple y masificado consumidor.
Seguramente el lector sabe que han habido varias intentonas para reducir el subidio de las universidades y que esto se ha evitado gracias a las protestas enérgicas de los rectores del país que se manifestaron en contra de la intención reductiva que hizo famosa a la senadora panista María Teresa Ortuño: la doña propuso que todas las universidades públicas se apretaran el cinturón, palabras que le merecieron la mágica ironía de Carlos Mosiváis: éste la llamó la “nutrióloga” de la educación superior pública dado que su “tesis” era quitar la “grasita” que les sobraba a esas instituciones.
La idea esbozada no es nueva; existe desde los tiempos de Miguel de la Madrid, época en que Manuel Bartlett se dio a la tarea de estudiar cómo diablos resolver la amenaza social que presentaban las universidades públicas ya masificadas. No pudo hacer nada; sin embargo, ya como secretario de Educación Pública de Salinas, siguió estudiando el problema. El tiempo le ganó porque la “familia feliz” decidió hacerlo gobernador de Puebla, estado donde puso a funcionar su experiencia en el tema al diseñar el “Proyecto Fénix”, propósito que una vez puesto a funcionar produjo la reducción de la matrícula estudiantil. Así, de los casi cien mil estudiantes que tenía la BUAP se quedó con alrededor de cincuenta mil.
Para los emprendedores del negocio “universidades” es obvio que el proyecto tuvo “éxito”, ya que creció desmesuradamente la demanda de espacios educativos. Por eso Puebla llegó a convertirse en una ciudad llena de universidades, algunas, muchas, “patito”, y otras, las menos, de medio pelo o regulares si las comparamos con las mencionadas ayer en este espacio.
El pensamiento neoliberal –que por cierto hoy critica don Manuel Bartlett– puso a funcionar el mismo plan que inspiró a Salinas para poder cumplir con sus compromisos digamos que ideológicos. El de Agualeguas ya se había “asociado” con la Iglesia y por ello modificó los artículos de la Constitución que dieron formalidad al Estado laico (3ro. 5º. 24, 27 y 130). En el “paquete” estaba el minimizar la participación de las universidades en la vida pública para lograr que México prescindiera de sus compromisos ideológicos, tal y como en los 80 del siglo pasado lo sugirió la Heritage Fundation, la organización más conservadora de Estados Unidos.
Todo marchó bien excepto el efecto de la brida que se le puso a la universidad pública. Resultó demasiada la presión ejercida por los jóvenes víctimas de varias crisis económicas, apremio que impidió al gobierno acabar con esa “amenaza” para acomodar la enseñanza a las nuevas exigencias externas e internas cuyo argumento es que la educación pública padece una crisis de calidad y una crisis de gestión.
Y eso es, precisamente, lo que ha intentado los demonios de la educación superior pero ahora poniendo en práctica otro estilo más perverso: como falló la estrategia de desmasificación, ahora hay que desacreditar a quienes la protegen ya sea por obligación o bien por vocación educativa.
Para lograr ese insisto malévolo propósito tratan de desprestigiar a los rectores valiéndose precisamente de su representatividad social, tema éste de otra columna…
acmanjarrez@hotmail.com