Estudiantes de la UPAEP contradicen a su rector sobre bodas gay
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Una de las voces poblanas que con más rabia desdeñó los resolutivos emitidos por la Suprema Corte de Justicia de la Nación en materia de reconocimiento legal de las uniones conformadas por personas del mismo sexo fue la del rector de la UPAEP, Alfredo Miranda.
Una de las voces poblanas que con más rabia desdeñó los resolutivos emitidos por la Suprema Corte de Justicia de la Nación en materia de reconocimiento legal de las uniones conformadas por personas del mismo sexo fue la del rector de la UPAEP, Alfredo Miranda.
Congruente con su formación conservadora, argumentó cuestiones muy similares a las que hemos escuchado por parte de los diferentes grupos sociales que se han manifestado en contra del actuar de los magistrados que conforman en máximo tribunal en materia judicial que existe en México.
Con un problema.
En su despiadada crítica, basada en criterios de índole estrictamente personal, habló invariablemente de una postura de tipo institucional.
Apelo a los valores que la UPAEP tiene como institución educativa, a la formación que intentan inculcar a los alumnos y del perfil de académicos que eligen para lograr esta misión.
Todo esto, sin aplicar los mecanismos necesarios que le permitieran saber a ciencia cierta la opinión que sobre el tema tienen los alumnos de la universidad, a quienes pretende formar bajos estos preceptos.
De acuerdo con la encuesta del BEAP que hoy se publica en este medio, más del 70% de los alumnos de la UPAEP no están en contra de que en México sean legalizadas las uniones entre personas del mismo sexo.
Contundente.
De ese porcentaje, más del 56% se manifiestan abiertamente a favor de la medida, aunque su rector piense distinto.
Esto demuestra que la moral particular, personal, de Alfredo Miranda no refleja necesariamente la opinión de la mayoría de quienes conforman la comunidad universitaria, a pesar de que se declare a nombre de ella.
Como si fuera un todo.
Como si estuviera prohibido disentir.
Por un lado marchan los objetivos de la rectoría y por otro muy distinto las necesidades de su estudiantado.
La voz de Miranda no es la de sus estudiantes.
Lo anterior podría parecer normal.
Históricamente, los grupos más duros de la derecha en el mundo han intentado convertir asuntos de moral privada en leyes de observancia obligatoria para todos.
La homogeneización de la sociedad no sólo les da la tan anhelada tranquilidad espiritual, sino que les permite que sea más efectiva su intentona de dominación.
Algo similar sucede con la Iglesia católica y sus fieles.
Desde hace décadas, la mayoría de ellos le pide a sus guías morales una postura más abierta en temas como el uso de anticonceptivos, las relaciones sexuales prematrimoniales, el celibato y que deje atrás su histórica cruzada en contra de las minorías sexuales.
Se han topado con pared.
Sin embargo, que estas pinceladas de intolerancia se den al interior de una universidad es preocupante.
Las instituciones educativas deberían de ser, por definición, el espacio ideal para confrontar ideas y generar un debate inteligente y propositivo sobre cualquier tema de relevancia social y tendría que ser prioridad de un rector el tomar las medidas necesarias para garantizar lo anterior.
Es claro que así lo pide la mayoría de estudiantes de la UPAEP.