¿Qué, porqué, para qué celebramos?
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Vamos a celebrar los 200 años del inicio de la guerra, por la independencia nacional –del inicio, reitero, no de la “consumación”, que fue el año de 1821, fecha y año, sólo desde la cual, se puede hablar de “independencia”- y 100 del mismo de la rebelión de los “maderistas” poblanos contra el régimen político del General Porfirio Díaz, porque, para nosotros, los mexicanos de todas las tendencias políticas, son fechas significativas e importantes.
Vamos a celebrar los 200 años del inicio de la guerra, por la independencia nacional –del inicio, reitero, no de la “consumación”, que fue el año de 1821, fecha y año, sólo desde la cual, se puede hablar de “independencia”- y 100 del mismo de la rebelión de los “maderistas” poblanos contra el régimen político del General Porfirio Díaz, porque, para nosotros, los mexicanos de todas las tendencias políticas, son fechas significativas e importantes.
Esas dos fechas, junto con la de la promulgación de la Constitución de 1857, constituyen los momentos estelares que han conformado a este territorio donde nacimos, como país, y, a quienes han vivido en este suelo, desde las mismas, como “mexicanos”.
Las tres fechas, nos dan “identidad”, independientemente de que, en cada etapa, hayan existido y aún existen, grupos e individuos, que no piensan igual que sus contemporáneos. Lo cual es bueno, porque son la diferencia y garantía de progreso, porque sólo de la contradicción surgen nuevos resultados. Así, esos tres momentos “estelares”, críticos y trágicos, en solución de continuidad, han producido lo que somos en la actualidad y los rasgos comunes que nos identifican frente a otros hombres y países.
Eso es lo que celebramos y debemos hacerlo con entusiasmo para decirnos a nosotros mismos, que, a pesar de nuestras diferencias internas, somos una “comunidad nacional”. Que aquí estamos y nos negamos a desaparecer de la historia, disolviéndonos. Eso es lo que tenemos que celebrar y para eso. Para reafirmar nuestra creencia de que es mucho más lo que nos, que lo que nos separa y divide.
Que queremos seguir siendo mexicanos y no queremos ser norteamericanos, ni franceses, ni de ninguna otra nacionalidad. Sólo mexicanos.
Como un acto volitivo, consciente y razonado, porque creemos que vivir aquí, al margen de nuestras respectivas condiciones sociales, económicas y culturales, vale la pena.
Porque queremos decirnos a nosotros mismos que, si bien nacer en un país determinado, es un accidente de la naturaleza, como el de ser negro o blanco, o amarillo o cobrizo, etc. O haber nacido varón o mujer, y también es cierto que, por ello, una “nacionalidad” se puede renunciar, cambiar por otra, tener dos o ninguna –ser “ácrata”- nosotros, si queremos tener esta y nos gusta más que ninguna otra. Y así queremos seguir siendo. Simplemente “mexicanos”.
Y que sabemos porqué y para qué.
Porque no desconocemos nuestros orígenes pre-colombinos, con toda su diversidad y riqueza. Y su atraso y nomadismo. Porque nos sabemos resultado de un hibridismo posterior, que no se circunscribe al que se realizó, de grado o por fuerza, con los llegados de un solo lugar.
España, sino que se completó, a lo largo de 500 años, con negros, asiáticos y otros europeos. Y de toda esa abigarrada mezcla, se produjo, surgió, una nueva formación social, económica y genética, que somos los mexicanos actuales. Sin detrimento de ninguna y rescatando lo mejor de todas.
Porque no desconocemos la magnitud de nuestros problemas actuales y somos conscientes de que sólo los podemos resolver, entre todos, sin exclusivismos. Pueblo y gobierno. Iniciativa privada y sector social. Hombres y mujeres. Los de todos los credos religiosos y los que se dicen o proclaman ateos. Todos. Para salir adelante como país. Y en beneficio de las nuevas generaciones de mexicanos, aún de los que no han nacido.
Si tenemos qué y porqué celebrar. Falta entusiasmo.
Y las razones son también claras y evidentes: no hay inversión, no se termina el desempleo. No hay capacidad de consumo pero millones de personas necesitan lo indispensable. No se acaba con la corrupción ni se termina con la impunidad. Hay una guerra.
Las fiestas del Bicentenario y del Centenario deben de ser y constituirse en un armisticio para reflexionar cuál es el mejor camino que se necesita y por el cual tenemos que transitar, todos juntos. Y, en los armisticios hay, siempre, fiestas. Y a las fiestas se asiste con alegría.
Estas fiestas son nuestras. Celebrémoslas con juvenil entusiasmo, con madurez serena. Todos juntos y a tiempo.